No es extraño leer que tras un suceso o atentado hay un joven que se ha radicalizado a través de las redes sociales. Yihadismo, lobos solitarios, incels, TikTok, Telegram, 4chan, foros con imágenes violentas, tiroteos retransmitidos en directo… Estos términos se pueden interrelacionar sin problema en hechos acaecidos los últimos años.
Serie como adolescencia han ayudado a que algunas personas tomen contacto con esas realidades, también a llenarles de preocupación respecto al uso de los móviles por parte de los más jóvenes.
Pero hay lugares peores, más oscuros y difíciles de entender. No hablo de cuestiones políticas, sino de gente que comparte asesinatos, secuestros, accidentes y cualquier vídeo o imagen de difícil visionado… por simple ocio.
la novela Amigdalatrópolisrecientemente publicado por Caja Negra, nos muestra un acercamiento a estos mundos. El protagonista es un joven que vive aislado en su habitación, trabaja como programador y pasa el día viendo los contenidos que comparten en un foro de imágenes gore. Como un drogadicto que necesita su dosis, no hace otra cosa más que consumir. Está insensibilizado: no disfruta ni le provocan emociones, solo quiere verlas. Mientras, su madre le ruega que salga y haga vida en común con ellos.
Aunque no queramos verlo, esa gente existe. Devorados por la necesidad de más violencia, más sangre y mayor distancia respecto a una sociedad por la que han ido perdiendo empatía. No hace falta entrar en el internet más oculto, en casi cualquier plataforma se pueden ver contenidos realmente desagradablesoh ilegales, si se sabe buscar.
Y lo que es peor, no hay casi nadie que plantee soluciones reales o capaz de ello, ni a nivel tecnológico ni a nivel político. Luego nos preguntaremos por los valores de las próximas generaciones.
