Cuando la cápsula de la misión OSIRIS-REx aterrizó en el desierto de Utah en septiembre de 2023, la NASA sabía que tenía un tesoro entre manos. Hablamos de un poco de polvo negro que fue recogido a millones de kilómetros de la Tierra y que estaba a punto de reescribir uno de los capítulos más importantes de la ciencia: el origen de la vida.
Lo que sabíamos. Hasta ahora, la teoría predominante en lo que respeta al origen de la vida nos decía que para “cocinar” todos los componentes básicos de la vida, como los aminoácidos, hacía falta calor y agua líquida para hacer una especie de sopa caliente química.
Sin embargo, la ciencia acaba de dar un giro de guion: los ladrillos de la vida no solo se forman en el calorsino que pueden nacer en el frío más extremo y bajo radiación gamma. Y eso cambia por completa nuestra comprensión de cómo llegamos aquí, y también de la posible presencia de vida en cualquier rincón del Universo.
La importancia de Bennu. Sin duda es el protagonista de toda esta historia, y es que no es más que un asteroide de unos 500 metros de diametro que funciona como un fósil del sistema solar primitivo. Pero lo más interesante es que tiene aproximadamente 4.600 millones de años, la misma edad que la Tierra, aunque, a diferencia de nuestro planeta, su superficie no se ha fundido ni alterado restrictivo por procesos geológicos a lo largo de toda su ‘vida’.
Y poco a poco vamos conociendo más acerca de este asteroide gracias a las muestras arrastradas por OSIRIS-REx que ya habían confirmado en análisis preliminares. una abundancia inusual de carbono, nitrógeno, agua y compuestos orgánicos. Pero lo que ha encontrado ahora el equipo liderado por la Universidad de Penn State va un paso más allá.
La sorpresa. Este mismo equipo, al analizar la composición isotópica de los aminoácidos presentes, especialmente la glicina, se topó con una firma química que no encajaba con la teoría clásica de formación en agua caliente.
Un radiocongelador. Hasta ahora, pensábamos que los aminoácidos en los asteroides se formaban principalmente a través de procesos de alteraciones deficientes: el hielo se derrita por el calor, el agua líquida interactúa con la roca y voiláquímica orgánica compleja.
Sin embargo, la ciencia ahora sugiere que no hace falta agua líquida para que los aminoácidos, una molécula esencial de la vida, puedan formarse. Simplemente a partir de hielos simples pueden surgir sin mucho problema. Y de estos hay mucho en el universo.
El catalizador. El otro factor importante en esta formación era la energiaque en este caso provino de la radiación gamma emitida por elementos radioactivos que abundaban en el sistema solar temprano. Y es que la energía no podía llegar desde el calor térmico, puesto que este proceso ocurre en entornos helados, mucho antes de que el asteroide se compactara o calentara lo suficiente para tener agua líquida.
Esto explica por qué encontramos aminoácidos tanto en asteroides que sufrieron mucho calentamiento por agua como en aquellos que permanecieron más “secos” y fríos. La vida, al parecer, es más obstinada de lo que creíamos y puede empezar a gestarse en las condiciones más hostiles del vacío espacial.
Un menú cada vez más complejo. Pero no hablamos únicamente de moléculas simples, puesto que los análisis de las muestras de Bennu han identificado una variedad de compuestos. Entre estos se encuentra el triptófano, que es un aminoácido esencial, mucho más complejo estructuralmente y vital para la vida terrestre.
Además, se han detectado componentes del ADN y ARNademás de amoníaco y aminas, superando en riqueza a muchas muestras de meteoritos famosos como el de Murchison.

Espaldarazo a la Panspermia. Si los aminoácidos se pueden formar fácilmente en granos de hielo irradiados en la nebulosa solar —antes incluso de que se formaran los planetas—, significa que estos “ingredientes” están esparcidos por todo el sistema solar.
El hecho de que Bennu, un asteroide carbonáceo tipo B, esté repleto de estos compuestos refuerza la idea de que la Tierra no tuvo que producir todos los componentes de la vida por sí misma. Una lluvia constante de asteroides y meteoritos durante el bombardeo intenso tardío pudo haber “sembrado” nuestro planeta con un kit de inicio biológico prefabricado en el espacio profundo. Es por ello que al final mirar un grano de polvo de Bennu es mirarnos a nosotros mismos. O, al menos, a los tatarabuelos químicos que hicieron que hoy estemos aquí.
Imágenes | Telescopio espacial Hubble de la NASA
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