En los últimos dos años, en muchos consejos de administración de medianas y grandes empresas en México se vivió una suerte de algarabía tecnológica derivada de la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA). La consigna era clara: implementarla y usarla a toda costa.
Sin embargo, aunque se estima que las inversiones en IA en México han superado los 450 millones de dólares, según guarismos privados, principalmente en modelos generativos, licencias y consultoría especializada, los resultados no han sido los esperados.
Estamos frente a un fenómeno identificado por los analistas como “el abismo del ROI” (Return on Investment): una brecha crítica entre la inversión masiva en tecnología y la incapacidad de obtener beneficios financieros tangibles o medibles.
Muchas empresas destinaron grandes cantidades de recursos a licencias, consultoría y talento especializado; Sin embargo, sus márgenes de ganancia no se han movido o, en algunos casos, han disminuido, debido al incremento de los costos operativos asociados a estas implementaciones. En una realidad pragmática, seguimos observando procesos del siglo XX que intentan ser optimizados por algoritmos del siglo XXI.
Entre los principales obstáculos que han enfrentado las corporaciones destaca la implementación cosmética: la adquisición de herramientas generalistas para áreas que ni siquiera contaban con datos digitalizados, limpios o estructurados.
No es posible entrenar un modelo de IA para una cadena de retail si la información de inventarios permanece dispersa en hojas de cálculo desconectadas o, peor aún, en la memoria de un gerente de planta.
La IA no es una varita mágica, es un multiplicador, y cuando se multiplica sobre una base de datos deficiente, el resultado sigue siendo cero.
La urgencia por colocarse la medalla de “empresa innovadora” ha llevado a muchos directores generales a priorizar la interfaz sobre la infraestructura, aun cuando esta última no estaba preparada para soportar ese salto tecnológico.
Desde el punto de vista del negocio, la verdadera oportunidad no reside en los modelos que responden preguntas, sino en los agentes que ejecutan tareas.
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La realidad de la IA en México: del entusiasmo al rigor operativo
Las empresas que sí están reportando retorno de inversión son aquellas que dejaron de pedirle a la IA que escribiera correos electrónicos y, en su lugar, le delegaron la gestión de la logística, la automatización de la cobranza o la optimización de procesos críticos. De acuerdo con estudios del sector, las organizaciones que aplican IA operativa han logrado reducir costos hasta en un 20% y acelerar procesos clave entre 30% y 40%.
En el sector financiero, por ejemplo, los agentes autónomos ya no solo califican prospectos: hoy analizan riesgos, ejecutan cierres de contrato y reducen el ciclo de venta en más del 35%, todo en cuestión de segundos.
La receta es clara y poco indulgente: auditar cada peso invertido bajo métricas de negocio implacables. Si un proyecto de Inteligencia Artificial no reduce costos operativos o no incrementa el margen bruto en un plazo máximo de seis meses, no es innovación, es un desperdicio de recursos.
La soberanía digital y la formación de talento local son las únicas defensas reales contra la obsolescencia. La IA dejó de ser una promesa: hoy exige pasar del entusiasmo ciego al rigor operativo.
Para combatir la llamada “eficiencia fantasma”, lo que importa no es la rapidez con la que se redactan informes gracias a la IA, sino si esa capacidad se traduce en vender más o gastar menos. La eficiencia que no impacta directamente en el estado de resultados es, en la práctica, inexistente.
Cruzar el abismo del ROI no es solo un reto tecnológico, sino un imperativo de liderazgo. Se trata de dejar de ser consumidores de suscripciones y convertirse en ejecutores de eficiencia; de abandonar el ruido de la moda digital para enfocarse en la productividad operativa.
La verdadera innovación no se mide por la cantidad de algoritmos que utiliza una empresa, sino por el número de procesos que ha logrado transformar en activos rentables. La IA no es un adorno en los informes: es una herramienta estratégica que solo tiene valor cuando genera resultados medibles.
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