El reciente paso dado por el Concejo Metropolitano de Quito para ordenar y reactivar la zona de La Mariscal abre una discusión necesaria sobre el tipo de ciudad que se quiere construir y, sobre todo, sobre cómo se logra hacerlo sin repetir errores del pasado.
La aprobación del plan urbanístico marca un punto de inflexión para un sector emblemático, golpeado durante años por el deterioro urbano, la inseguridad y la pérdida de su función residencial.
La Mariscal necesita decisiones firmes, ejecución sostenida y un plan que incluya a quienes ya viven ahí.
La Mariscal fue durante décadas un espacio de encuentro, dinamismo cultural y actividad económica. Su progresivo declive no se explica solo por el paso del tiempo, sino por la falta de políticas integrales que armonizarán la convivencia entre vecinos, comercios y entretenimiento.
La pandemia del covid-19 aceleró ese desgaste, dejando locales cerrados, calles vacías y una percepción de abandono que aún pesa sobre el sector.
En ese contexto, la ordenanza plantea aprobada una hoja de ruta que merece atención. La regulación de bares y discotecas, la eliminación de la preexistencia para ciertos giros y la incorporación del plan Cero Tolerancia buscan responder a una demanda ciudadana clara: recuperar el orden y la seguridad.
Al mismo tiempo, la ampliación de actividades permitidas y el énfasis en vivienda, cultura y educación apuntan a diversificar la vida del barrio y reducir su dependencia del entretenimiento nocturno.
Uno de los elementos más relevantes es la apuesta por convertir a La Mariscal en un distrito de innovación, capaz de atraer emprendimiento, tecnología e investigación.
La experiencia internacional muestra que estos procesos pueden ser motores de revitalización urbana si se los gestiona con equilibrio. En Bogotá, por ejemplo, zonas donde operan grandes empresas tecnológicas como Google conviven con restaurantes, bares, espacios culturales y servicios que dinamizan la economía local sin borrar la identidad del barrio.
Ese espejo regional deja una lección clave: la innovación no florece en enclaves aislados ni en territorios excluyentes. Para que el plan de La Mariscal tenga éxito, debe integrar a quienes ya viven y trabajan allí, evitando procesos de expulsión silenciosa por encarecimiento del suelo o cambios abruptos en el uso del espacio.
La participación vecinal, la protección de derechos adquiridos y el fortalecimiento del comercio barrial son condiciones indispensables para que la transformación sea sostenible.
Los incentivos para edificar en altura y atraer inversión privada pueden contribuir a la reactivación económica, siempre que se acompañen de una planificación responsable y de infraestructura adecuada.
Los datos recientes sobre nuevas licencias, eventos y reducción de incidentes muestran señales alertadoras, pero aún frágiles.
La Mariscal tiene la oportunidad de reinventarse como un espacio donde convivan tecnología, emprendimiento, cultura y vida cotidiana.
Convertir esa promesa en realidad dependerá menos de la norma escrita y más de la capacidad de ejecutar un plan integrador, con visión de largo plazo y sensibilidad social, con el Municipio a la cabeza, donde se necesita un decidido liderazgo y ejecución oportuna. Solo así el barrio podrá recuperar su vitalidad sin perder su alma.
