El amor se siente en el aire. Y también el desamor, a juzgar por tres partidos que corren solos y distanciados de sus respectivos candidatos presidenciales.
PAÍS PARA ALGUNOS
La separación de bienes es cada vez más evidente en País Para Todos, sobre todo tras el escándalo de la franja electoral, asunto donde Carlos Álvarez estuvo a punto de renunciar a su candidatura.
Incluso hubo el rumor de una separación completa, con golpe de Estado incluido, hace poco más de una semana. El runrún tenía dos versiones contrapuestas. En una de ellas, la troica conformada por Sheput, Falconí y Príncipe planeaba darle un golpe a Vladimir Meza, dueño del partido. En otra, el cómico y su productor le quitaron el piso a Meza para ofrecerle el partido a otro candidato expectante. Ambas versiones fueron abiertamente desmentidas.
Lo que sí parece ser cierto es que el partido le hace honor a su nombre. La división ubicaría a Martín Soto y Julia Príncipe en el ala del cómico. Quizás por eso Álvarez solo se ha dedicado a promocionar a su gente, es decir, a quienes consideran sus invitados en las listas. A los ya mencionados se les suman Susana Castañeda, Daniel Ponce y la exactitud cómica Sara Manrique. Esta última, de pasado farandulero, ha pasado desapercibida para la prensa. Con todos ellos ha grabado sendos vídeos promocionales.
En el otro bando está el partido orgánico. Todos nucleando alrededor de Vladimir Meza. Para efectos prácticos, cada grupo hace su propia campaña por su lado. “Es una situación parecida a la que sucede en el APRA”, dice un comentarista desde adentro.
ESTRELLA ROTA
Ante la muerte de Haya de la Torre, en 1979, el partido sufrió una crisis de identidad. En 1980 hubo dos mítines del Día de la Fraternidad. Y el Caso Lamberg terminó por agudizar las contradicciones y acelerar la renovación del APRA, golpeando a viejos jerarcas como Jorge Idiáquez y Fernando León de Vivero. El surgimiento de Alan García terminó por concretar el recambio en el viejo partido. Tras ganarle la Secretaría de Organización a Carlos Enrique Melgar, el joven Alan jubiló a la generación anterior a la suya. Eso le trajo muchos enemigos, desde sus coetáneos hasta los más viejos, donde estaban quienes antes lo ningunearon, como Javier Valle Riestra.
¿Qué hizo Alan para compensar el odio que había generado? Llamó a ciertos sectores estratégicos, incluyendo a los más viejos que se habían alejado de Haya por su supuesta “derechización”. Buscó a Carlos Delgado y Magda Portal, pero el primero falleció muy pronto y la segunda se negó a volver. También llamado al propio Valle Riestra, quien había dejado el APRA rebelde y volvió al redil. Finalmente, llamó a Luis Felipe de las Casas, exembajador velasquista, y lo trajo de vuelta (años después, el “sectario” Luis de las Casas fallecería en el Congreso, defendiendo la estatización de la banca de Alan).
Alan tendió puentes con sus exenemigos, con los más viejos (puso al mayor de todos, Luis Alberto Sánchez, de vicepresidente), con sus exrivales contemporáneos e incluso con los exapristas que se habían ido con Velasco. He ahí un ejemplo para el joven Enrique Valderrama si es que aún quiere seguir en carrera electoral y no está pensando ya en la secretaría general. Valderrama anda demasiado separado de los viejos jerarcas del partido que han comenzado incluso a atacarlo. Tal vez Valderrama crea que esas críticas solo polarizan con su figura y lo refuerzan. Lo cual es cierto en el corto plazo. Pero en el largo, el partido terminará implosionando.
PPC SIN CHIABRA
Tras el asunto de Velasco, el PPC decidió tomar una distancia saludable del general Roberto Chiabra. Por eso sale a hablar siempre alrededor de la figura joven de Javier Bedoya Denegri. En la interna pepecista hay quienes creen que lo de Chiabra fue un error. Y para variar, nadie quiere asumirlo. Quizás por eso es notorio que el candidato hace su campaña por cuerdas separadas del partido. Y como es una alianza de Unidad Nacional, en medio del caos, pasa piola.
No deja de ser lamentable este divorcio, sobre todo considerando la elocuencia de Chiabra, quien es bastante más versado que José Williams. Williams, sin embargo, ha sabido capitalizar este traspié. Y por eso ha criticado en más de una ocasión a Velasco. Convendría comprender que el supuesto “velasquismo” de Chiabra no es más que institucionalismo militar. En esa línea, es probable que Chiabra también sea indulgente con Odría y Sánchez Cerro. Ojalá el joven Bedoya fume la pipa de la paz con Chiabra, tal como su abuelo hizo lo propio con Velasco en una escena de realpolitik. Todo sea por el bien del viejo partido que corre el riesgo de desaparecer.
