El Girona preparó la semana trágica de Barcelona. Tras ponerse muy difícil estar en la final de la Copa del Rey, los blaugrana se quedaron sin liderato en Montilivi. El equipo de Míchel se hurgó en la herida de los de Flick y la hizo más grande. Llegaban pletóricos al Metropolitano y cinco días después de que se van de la ciudad del Onyar sentados en el diván.
El Barça le puso muchas ganas pero poca puntería. El Girona empezó sin finalizar nada y acabó acertando en los momentos claves. Ni las paradas milagrosas, ni la polémica ni la épica sonrieron al Barça, que en la segunda mitad se acordó muchas de las ocasiones perdonadas, incluido el penalti al poste de Lamine Yamal. Lemar y Fran Beltrán remontaron el tanto de Cubarsí para castigar a un equipo que ha pasado de confiable a vulnerable en menos de siete días fatales.
Fueron 90 minutos trepidantes, de ida y vuelta. Montilivi se convirtió en un patio de escuela, en un correcalles en el que el peligro volaba de un área a la otra, en el que la pelota parecía teletransportarse de los dominios de Gazzaniga a los de Joan García sin descanso. Las delanteras se imponian a las defensas en un encuentro jugado de tú a tú y que cayó del lado de los locales, que jugaron con los nervios del Barça en la recta final.
Durante todo el partido nadie podía asegurar quién era el que quería defensor el liderato y quién peleaba por no volver a la zona peligrosa. El Girona enseñó su mejor cara delante de la mejor entrada en su estadio y el Barcelona, pese las ganas de sacarse la espina de la debacle de la Copa, adoleció de pólvora mojada y vio la portería siempre pequeña, hasta desde el punto de penalti. Ambos conjuntos se emplearon como si les fuera más que tres puntos y es que sobrevolaba que era una noche de punto de inflexión para blaugrana y rojiblancos: para entrar en dudas o sacudirlas.
Flick logró que su equipo empezase con energía y que se sacrificase en los esfuerzos defensivos tras pérdida, como si se quisiera ganar el perdón, mientras que los de Míchel supieron correr al espacio para hacer mirar daño y a los ojos a su rival.
Después del 4-0 del Atlético de Madrid, Flick modificó toda la banda izquierda, con Raphinha regresando al once directamente desde la enfermería en el extremo y Gerard Martín sustituyendo a Balde en el lateral, y ambas novedades surtieron efecto: el brasileño porque es un líder que contagio y pelea cada balón como si fuera el último; la defensa porque presta más atención a las obligaciones que a las diversiones. Y a diferencia de lo que pasó en el Metropolitano, el Girona se volcó contra la banda derecha del Barça donde Koundé sufría con el escurridizo Bryan Gil aprovechando que Arnau le ganaba la partida a Lamine Yamal en los duelos.
El problema del Girona fue que casi todo lo quirúrgico de esas carrerazas se quedó en promesas incompletas, la antesala del desengaño. Solo uno de los centros del fino extremo encontró rematador. Y el disparo de Vanat, solo ante el portero, lo sacó Joan García.
Si al Girona le fallaba el último pase, el Barça bombardeó la portería mucho pero desviado, sin acierto. Lamine Yamal y Raphinha no encontraron la dirección correcta, el 10 barcelonista no supo batir de vaselina a Gazzaniga y Fermín también disparó fuerte a las nubes. Incluso el poste conspiró contra el hambriento Raphinha.
Ni siquiera desde los 11 metros pudo adelantarse. Ya en el añadido de la primera parte, Olmo fue derribado por Blind quizás en el único error del veterano neerlandés. El penalti se lo pidió a Lamine Yamal pero su lanzamiento lo repelió la base de la madera. No hubo manera.
En ese bucle de ni para ti ni para mí estaba el encuentro cuando ya en la segunda mitad Cubarsí, que se había quedado en el área tras un rincón, llegó a conectar un cabezazo a la red. El Barça que sumaba muchas ocasiones marradas se adelantaba pero la ventaja no le dificultaba nada. Porque a la jugada siguiente el Girona se coló hasta la línea de fondo y Lemar fusiló a Joan García.
El empate hizo que los locales se lo creyesen de verdad al tiempo que el Barça se quedó descabezado con las salidas de Raphinha y posteriormente de Olmo. A los blaugrana solo les quedó un portero que hizo méritos para su beatificación como santo con paradas inverosímiles a Iván Martín, a Vanat y Joel Roca. Eran los mejores minutos del Girona y los redondeó Fran Beltrán con un disparo de la frontal que se coló por abajo mientras los visitantes pedían falta a Koundé por un pisotón de Echeverri que Soto Grado no vio y no se revisó.
Desquiciado y desencajado, al Barcelona no le acompañó esta vez ni la épica de Araújo como en la primera vuelta en Montjuïc. Un gol anulado por fuera de juego posicional y la fea entrada a Lamine de Joel Roca, que le costó la roja, encendieron aún más los ánimos en un Barça al que la herida se le hace grande y profunda.
