“¡Me gusta el olor a napalm por la mañana!”. Basta con mencionar a Robert Duvall para que esta frase icónica se dibuje en la mente del espectador. Ahí estaba, a pecho descubierto y con un Stetson del Séptimo de Caballería, en medio del anaranjado campo de batalla de Apocalipsis ahora (1979), explicando que el napalm olía “a victoria”. En una pose mucho más discreta, le recordamos también como Tom Hagen, el consejero de los Corleone en la trilogía. El Padrino. Robert Duvall es indisociable de las cimas de Francis Ford Coppola, con quien empezó a trabajar a partir de Llueve sobre mi corazón (1969), y para el que hizo también una breve aparición en La conversacion (1974). “Es uno de los tres o cuatro mejores actores del mundo”, dijo de él el director estrella del Nuevo Cine Americano.
Prototipo del buen americano medio, Duvall siempre fue republicano y conservador
Sin embargo, Duvall no se puede resumir en estos gloriosos títulos, pues intervino en más de 140 películas y series, incluso dirigiéndose a un puñado de largos, comenzando por un documental sobre una familia dedicada al rodeo, No somos la jet set (1974). Le sentaban bien los Stetson y las camisas a cuadros. El western fue, de hecho, uno de los géneros en los que más se prodigó, llegando a participar en clásicos como valor de ley (Henry Hathaway, 1969), donde se tiroteó con John Wayne, u Campo abierto (Kevin Costner, 2003), pasando por la serie de los 80 paloma solitariadonde lució la estrella del Texas Ranger Gus McRae, su papel favorito, y por otra serie, Los protectoresque le valió el Emmy al mejor actor. El Oscar le llegó por dar voz al cantante Mac Sledge en tiernas misericordias (Bruce Beresford, 1983), uno de los mayores clásicos para cualquier aficionado al country en el que Duvall cantó hasta cinco canciones. En sintonía con ese marcado carácter americano, siempre fue republicano y conservador.
Fue la única vez en la que alzó la dorada estatuilla. Pero había sido nominado en otras seis ocasiones. Como actor principal, por camino al cielo (1997), otra película escrita y dirigida por él mismo para dar vida a un misterioso predicador itinerante, y por El don del coraje (Lewis John Carlino, 1997), en la que encarnaba a un militar orgulloso de sus galones, pero frustrado por no haber entrado en combate. Las dos tenían un notable toque de humor, y desbordaban de humanidad, como él mismo, prototipo del buen americano medio. Como secundario, también fue nominado por los dramas judiciales Acción civil (Steven Zaillian, 1998) y el juez (David Dobkin, 2014). Lo raro es que no le cayera nominación por su papel del cínico ejecutivo de televisión Frank Hackett, en la visionaria Red, un mundo implacable (1976), obra maestra de Sidney Lumet en la que Duvall soltaba: “La televisión es una industria volátil en la que el éxito y el fracaso lo determina el rating semanal”.
Entre sus muchos trofeos, también se cuenta un Globo de Oro por haber sido nada menos que Stalin en el telefilme homónimo de Ivan Passer. Fue una de las pocas ocasiones en las que se le vio con pelo (postizo, evidentemente), además de con el mostacho del dictador. Robert Duvall fue uno de esos hombres a los que la alopecia castigó tempranamente. es Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962), su primera película, todavía lucía algo de pelo, aunque con entradas dramáticas.
Acababa de cumplir los 30. Nacido en San Diego, hizo el servicio militar y se trasladó a Nueva York para dedicarse a la interpretación, codeándose con los entonces desconocidos Gene Hackman y Dustin Hoffman, con los que llegaron a compartir piso y con los que mantuvieron amistad hasta el final. Se profesionalizó como uno más del Gateway Playhouse, una troupe de Long Island, luego vino la televisión y, por fin el cine, al que llegó por recomendación del dramaturgo Horton Foote, feliz de haberlo visto protagonizar su obra. El llamador de medianoche.
Con Hoote, Duvall entabló otra amistad duradera, sembrada de grandes colaboraciones, ya que el escritor no sólo escribió la adaptación de Matar a un ruiseñor sino también el guion de tiernas misericordias. También trabajaron juntos en La jauría humana (Arthur Penn, 1966), adaptación de su novela homónima, en la que Duvall volvió a tener un pequeño papel, y muchos años después en Convictos (1991), otra historia de Hoote, ambientada en la Gran Depresión, que esta vez tuvo a Duvall como gran protagonista. Cabría citar al menos su participación en MEZCLA (Robert Altman, 1970), GRACIAS 1138 (George Lucas, 1971), confesiones verdaderas (Ulú Grosbard, 1981), Bandera (Dennis Hopper, 1988), El mejor (Barry Levinson, 1988), Días de trueno (Tony Scott, 1990) The Paper (Detrás de la noticia) (Ron Howard, 1994), y nos quedamos cortísimos.
Robert Duvall estuvo cuatro veces casado. Pero nunca tuvo hijos, en una ocasión dijo que lo suyo eran “balas de fogueo”.