El primer requisito que Mark Rosenblatt, autor de ‘Gigante’, exige al actor que encarne a Roald Dahl, el protagonista de la obra, es que tenga más o menos ochenta años; José María Pou lo cumple. Además, pide que se mueva con dificultad; José María … Pou lo hace, como cualquier persona de su edad. La tercera exigencia es que mide al menos 1’90; José María Pou supera esa altura. «Así que cuando leí la obra -dice el actor catalán- pensé que estaba escrita para mí». ‘Gigante’ se estrenó en el Royal Court de Londres en noviembre de 2024; la producción española de ‘Gigante’ vio la luz en Barcelona en julio del pasado -«se ha visto antes en España que en Broadway», presume Pou- y llega este jueves al Teatro Bellas Artes de Madrid, donde estará hasta el 12 de abril. La dirección es de Josep Maria Mestres y acompañan a Pou en el escenario Victória Pagés, Pep Planas, Clàudia Benito, Aida Llop y Jep Barceló.
«La función -relata el actor- transcurre durante un día de verano de 1983. Rosenblatt recrea una reunión en casa de Roald Dahl que sucedió realmente. Hay que recordar que Dahl combatió contra los nazis en la II Guerra Mundial y tenía cierto resentimiento contra Israel por su comportamiento después de haber luchado para defenderlos. Y en 1982, cuando Israel invadió el Líbano y llevó a cabo las matanzas de Sabra y Shatila, esto le hizo llevar al extremo su antipatía contra el pueblo israelí; y cuando un año después la revista ‘New Statesman’ le pide una reseña sobre un libro de un reportero con imágenes de aquellas matanzas, Dahl se libera de sus fantasmas y escribe un texto donde dice barbaridades. y se declara antisemita además de antiisraelí, como ya había dicho antes. Y pedía incluso la destrucción total del pueblo de Israel y la desaparición total de los judíos del mundo. Automáticamente todos los libreros ingleses y estadounidenses amenazaron con no seguir vendiendo sus obras -un antecedente de la actual ‘política de cancelación’-; y lógicamente sus editores se alarmaron muchísimo. Son ellos, Tom Maschler, británico, y Felicity ‘Liccy’ Crossland, estadounidense, y judía, quienes se reúnen con él para intentar poner paños calientes y evitar el boicot a sus libros, para lo que le piden que escriba otro artículo dando marcha atrás o al menos disculpándose… Y en torno a esta reunión gira esta función».
Dice José María Pou (cuando actúa en Cataluña usa su nombre catalán, Josep Maria, y cuando lo hace en Madrid usa el castellano, «que es como se me anunciaba al principio de mi carrera») que el gran acierto del texto es el debate que se plantea. «Sentados a la misma mesa, cuatro personas discuten entre dos opiniones absolutamente contrapuestas; se trata de un debate intelectual y moral de altura, muy superior, donde yo creo que radica el éxito de la función». La obra, añade, «es una defensa de la libertad de opinión. Todo el mundo tiene derecho a opinar lo que crea ya enfrentarse al mundo para defender lo que realmente son sus creencias. En eso consiste la honestidad, aún sabiendo que la expresión de esas opiniones te puede traer consecuencias negativas; pero ser fiel a uno mismo ya lo que cree me parece fundamental, y esa es una de las cosas que defiende la función».
La obra plantea un debate que hoy en día es difícil de encontrar. «Solo hay gritos, interrupciones y una batalla por imponer lo tuyo sobre el otro», dice el actor. Cada día se escucha menos al semejante, algo imprescindible para vivir en sociedad. «Esa necesidad de escuchar es, creo, una de las causas del éxito actual del teatro; el público se ha reencontrado en él un refugio. Esa forma de sentarse formando parte de una comunidad, con gente que no conoce, pero que sabe que están viviendo lo mismo que él y al mismo tiempo, une mucho afectivamente. Sabes que quien está a tu lado ha tomado la misma decisión que tú, el mismo día, a la misma hora y en un mismo lugar, sin haberte puesto de acuerdo con él, y eso crea un grupo».
Continúa Pou: «El silencio y la obligatoriedad de escuchar en el teatro, de prestar atención -sobre todo cuando hay un texto que te apela directamente-, es uno de los grandes éxitos del teatro, más allá, estoy seguro, de las puestas en escena, de los adelantos tecnológicos, incluso le diría que de la mayor o menor calidad de los intérpretes. El hecho de que te cuenten una historia y digerirla rodeada de personas a las que no has visto nunca, ya lo mejor no volverás a verlas nunca, te produce consuelo. En estos momentos en que vivimos en el mundo con una angustia terrible, en que no sabemos qué va a pasar esta tarde, toda esa desazón desaparece en el teatro porque sientes sientes que no estás solo, que estás rodeado de un montón de personas. El público no hace esa reflexión pero está en el fondo y le alegra mucho ver que cuando entra en el Bellas Artes, por ejemplo, otras 500 personas han tomado la misma decisión que él de venir a ver esa función ese mismo día; se siente reconfortado, siente que no está solo».
«En estos momentos en que vivimos en el mundo con una angustia terrible, en que no sabemos qué va a pasar esta tarde, toda esa desazón desaparece en el teatro porque sientes sientes que no estás solo, que estás rodeado de un montón de personas»
La palabra sigue siendo la columna vertebral del teatro. «Las tecnologías se han impuesto incluso en el teatro, algo con lo que no estoy en desacuerdo; el teatro debe incorporar todos los adelantos y abrirse a los lenguajes más modernos que pueda para conseguir sus objetivos. Pero quizás haya una excesiva fiebre de nuevas tecnologías en el teatro, donde el hecho de encontrarse con una función donde hay unos personajes que dicen un texto que entiendes, que compartes, que da placer escuchar y que lo haces en silencio, en silencio es una de las circunstancias que explican el gran éxito del teatro en este momento; el teatro como refugio, como consuelo».
El teatro es un arte vivo, hecho por seres vivos. «Yo me río de la inteligencia artificial; los actores de teatro nos reímos de la inteligencia artificial. A mí no me preocupa, ni debe de preocuparle a ningún actor; en el cine y la televisión es posible que lleguen a colar -seguro que ya lo han hecho-, pero en el teatro… Imposible; el que sale a escena es una persona viva, con sentimientos, con una personalidad especial muy distinta de la de los demás, que nunca podrá reproducir una máquina. A mí me molesta, aunque la entiendo, cuando me preguntan si no me canso de repetir cada día lo mismo. ¿Cómo les puedo enseñar lo que es el teatro? Yo nunca repito la misma función; primero, por algo fundamental y muy fácil de entender: el martes no soy la misma persona que el lunes, y lo que me ha pasado entre los dos días ha cambiado mi personalidad y por tanto cambia mi manera de enfocar el personaje ese día aunque yo no me dé cuenta».
Además, añade el actor, «el teatro es, por encima de todo, un diálogo entre el escenario y el público, una comunión perfecta. Si uno de los elementos de esa comunión es distinto, aún cuando el tema de la conversación sea el mismo, nunca se puede reproducir la misma conversación, nunca. Hay gente que no lo entiende. Por eso la inteligencia artificial no podrá nunca con el hecho teatral, porque éste parte de la vida encima del escenario y de compartir vida auténtica unos y otros. Los actores de teatro, frente a la inteligencia artificial, somos los grandes beneficiados, y podemos decir que no nos van a tocar las narices. Seguro».
Ya antes de conocer el texto, José María Pou estaba seducido por él, pero cuando lo leyó no tuvo dudas. «Me volví loco, parece mentira que sea la primera función de un autor, porque está construida con el mayor conocimiento de eso que antes se llamaba, y ahora mucha gente ya ni conoce ni utiliza, ‘carpintería teatral’. Está construido como las grandes obras de Arthur Miller o de Tennessee Williams, es un teatro que ya no se hace, ya no se construye así. Ahora los textos se hacen de otra forma, hay más ‘patchwork’, y ‘Gigante’ está construido con sabiduría teatral: cuánto tiene que durar una escena, cuándo debe de alcanzar un clímax, cuándo ha de rebajar la tensión, cuándo debe entrar un personaje, cuándo debe irse… Era una función perfecta».
Había otro motivo íntimo… «Yo había pensado dejar el teatro después de ‘El padre’, una función que me ha dado muchas satisfacciones. Pero luego pensé que unir mi biografía y mi último trabajo a la palabra gigante, que la han usado tantas veces para referirse a mí, podía ser una buena ocasión para despedirme».
Sesenta años sin parar
Pero esa despedida es solo una nebulosa en la cabeza de José María Pou. «Es algo que no tengo claro -admite-. Hay un pequeño prurito mío personal, que puede que tenga algo de orgullo personal o de vanidad…. Voy camino de los 82 años, llevo casi sesenta sin parar en los escenarios; debutó en 1968. Y quiero guardarme un mínimo momento para mí, creo que me merezco un momento que no compartiré con nadie. He mantuvo siempre mi vida privada al margen, pero mi vida profesional es pública y yo quiero guardar íntimamente el disfrute de mi última función; no lo quiero compartir con nadie, ni con los compañeros, no quiero que nadie sepa que esa va a ser mi última función. A lo mejor es algo retorcido, pero quiero ser yo el único en saberlo; Caerá el telón, recogeré mis cosas, diré adiós, me iré a mi casa y no volveré a pisar un escenario. Es una idea que me seduce mucho… Ahora, también le digo que llevo el oficio de actor en mi ADNy yo sé que por mucho que esté absolutamente convencido de haber pisado por última vez el escenario, si aparece un texto que me seduzca, sacaré fuerzas de flaqueza de donde haga falta y lo haré… Y como no habré anunciado nunca que aquella función que hice era la última, solo lo sabré yo, no romperé ninguna promesa… Es un juego que me llevo yo».
«Lo único que siempre me ha guiado han sido las historias; más que actor me considera un contador de historias. Y cuando me levanto cada mañana y me siento en la cama, el primer pensamiento es: ‘José María, si ya has cumplido, ¿por qué tienes que seguir?’»
«Ya llevo seis funciones diciendo, se acabó, esta es la última -añade Pou-, pero no por desafecto hacia el teatro, sino porque llevo tiempo pensando que ya he cumplido. Si me pusieron en este mundo para hacer algo, en estos 58 años ya lo he hecho, y creo que no lo he hecho mal. No tengo ambición de nada más. Lo único que siempre me ha guiado han sido las historias; más que actor me considera un contador de historias. Y cuando me levanto cada mañana y me siento en la cama, el primer pensamiento es: ‘José María, si ya has cumplido, ¿por qué tienes que seguir?’»
«He elegido las funciones no para mi lucimiento personal -sigue-, sino porque eran historias, sí, con un héroe central, pero que yo, como actor y como ciudadano, me sentí comprometido, porque creo que es mi labor, a brindarle al público historias que le ayudarán. Ese es mi concepto de la profesión de actor. Ahora, a medida que uno cumple años, y si no uno es un trozo de madera o de corcho, tiene que ser consciente de que le quedan menos años, de que las facultades van mermando y de que, bueno, llega un momento en que esto se acaba». Y concluye con una sonrisa en su reflexión: «En los últimos diez años he notado, quizás porque uno va cumpliendo años, un respeto y un cariño enorme del público. Y eso me conmueve profundamente».
