Publicada originalmente en 2014, la novela Electrónica de Enzo Maqueira Fue reeditada este año a partir de una propuesta que el sello español Dosmanos le hizo al autor. La historia narra, con pluma nostálgica, y desde un solo ángulo –cuyas particularidades revelará el curso de la lectura–, a una profesora universitaria de treinta y cortos que con ímpetu se exponen, entre otras cosas, a la desilusión. Casi como un estilo de vida, casi como sinónimo de juventud.
Entre la noche y la monotonía de los días, Esta cruzará protagonista el umbral de la primera adultez. en busca de que, incluso fuera de la fiesta, el aire siga empedernido de la noche y su éxtasis: tanto el amor como los químicos producirán, a lo largo del relato en los personajes centrales, distintos tipos de adrenalina y de pasión.
Esta historia, que al tiempo de su publicación original. disparó debates que alcanzaron lo televisivo en relación a la literatura local, y los hábitos y consumos de la primera mitad del siglo XXI, pone en la mesa las distintas cartas que se juegan en el amor. Y, todo aquel que lo lea, de seguro con alguna se sienta identificado.
En una tarde lluviosa, una cafetería de Villa Urquiza es el refugio de una charla en la cual el escritor de 48 años, que también publicó novelas como Higiene sexual del soltero y Hágase usted mismoanaliza desde nuevas perspectivas al libro que marcó un antes y un después en su carrera: “Pasé de que me leyera mi mamá a tener lectores reales y ser reconocido por mis pares”, dice. Podría decirse de esta historia, que trasluce al hecho de crecer como, quizás, estar finalmente listo para dejar de chocarse con las piedras que ya suscitaron varias caídas. Y abrir paso, en todo caso, a toparse con otras.
–Pasaron 11 años entre la publicación original y esta última reedición. Tu edad es diferente a la de la protagonista del relato, que atraviesa la famosa crisis de los 30, década por la cual pasabas cuando lo escribiste. ¿Mantenés la idea del amor que refleja la novela?
-Si. Seguimos entendiendo el amor como una oportunidad para volver a vivir. La más evidente decepción amorosa del libro es la que la profesora tiene con un joven mucho menor que ella. Esa obsesión, que se puede confundir con amor, tiene que ver con la idea de redimirse: con encontrar una nueva vida, que es lo que pasará cuando te enamorarás. El problema es cuando no sabes distinguir si es amor, obsesión o calentura, cuando uno es muy joven se suelen mezclar todas. El amor es el gran antídoto contra la muerte, mientras estás enamorado, es raro que te preocupes por si te vas a morir. El otro gran duelo del libro es de la protagonista con su novio oficial que, como toda relación estable de muchos años, se transforma en una suerte de jaula donde no hay mucho margen de movimiento. La protagonista está todo el tiempo duelando: por un lado su juventud a través del enamoramiento con Rabec, y por el otro, la perspectiva de “vivieron felices y comieron perdices”, cuando se da cuenta de que su vínculo con Gonzalo está amesetado y no va a salir de ahí salvo que sea finciendo demencia, que es algo que durante muchas generaciones se hizo. Electrónica retrata la época en la cual una generación se empezó a preguntar si el amor para toda la vida realmente existía. Y si era necesario sostenerlo toda la vida en nombre del cuento de hadas. Creo que la muerte de la pasión de alguna manera es enfrentarse ante una propia muerte metafórica.
–¿Qué inspiró a esa protagonista?
–Mi propia crisis de los 30, mi propia noción de la finitud del amor en tándem con la pasión. Por otro lado, tomar conciencia de lo que yo pensé en ese momento que era el final de la juventud, cuando tus amigos hacen su propia vida, te empezás a ver menos, las cosas que te hacían reír o te divertían te dejaban de funcionar, como en este caso ir a fiestas electrónicas o las drogas, que ya no te pegan. Después me di cuenta que hay otras juventudes posibles.
–Como veinteañera me pregunto qué pasa después.
–Esta es una época de mucho culto a la juventud, hay una necesidad desesperada de aferrarnos a ella, da pánico sentir que la vas perdiendo. La sociedad valora la juventud y descree totalmente, subestima y menosprecia la adultez, ni siquiera digo la vejez. Nadie quiere ser adulto. Eso nos lleva a suponer que todo lo que hacen las juventudes está bien y es acertado y ahí van las consecuencias: tenemos a un presidente que parece adolescente, por ejemplo.
–¿En qué se parece el contexto de publicación original y este?
–A mi generación, que es la de la profesora, le dijeron: no tenes guerras, dictaduras, no te falta nada, te pagamos la escuela, tenes techo, entonces sé feliz. Y lo único que tuvimos como enseñanza respecto de alcanzar la felicidad, en un momento de caída de las instituciones –la religión, el matrimonio, la familia, todas esas ideas que teníamos como sinónimo de felicidad–, fueron las publicidades, donde veías que si fumabas un cigarrillo, si ibas a una playa hermosa, si manejabas un auto, si tenías un celular o si tomabas la cerveza con amigos, ibas a ser felíz. El ideal de felicidad nos quedó pegado al consumo: de objetos, experiencias, personas, drogas. Pero el mandato de las nuevas generaciones no parece tanto ser feliz, sino más bien tener plata. Los pibes de 20 ahora andan hablando de cómo son millonarios y lo último que ves es gente feliz, sino seria, incluso agresivos que desde ese lugar te habla de generar riqueza y de sus vínculos como si fueran intercambios comerciales: ¿qué estás ofreciendo vos, qué te ofrece ella? Por otro lado, cuando yo escribí Electrónica Estábamos en pleno kirchnerismo y éramos una generación que había crecido en el menemismo, con el neoliberalismo salvaje como faro, con Estados Unidos como emblema, con la idea de tener para ser y de consumir para alcanzar la felicidad. Con la despreocupación, la pizza con champagne, la boludez. Después vino el kirchnerismo con ideas como la unidad, el amor vence al odio, el regionalismo, la solidaridad, la construcción colectiva, el regreso de la política frente al discurso antipolítico de los 90. Los personajes de Electrónica están viviendo cómo su alrededor pedalea en el aire, hay una incertidumbre con respecto al mundo que los rodea, que no es el mismo mundo en el cual crecieron. Esa incertidumbre es típica de la Argentina, que en una época va para la derecha y en otra para la izquierda. No sabemos bien en qué dirección está yendo el país y por lo tanto la sociedad.
–¿Qué significó para vos el libro? ¿Consideras que se enmarca en algún tipo de movimiento literario?
–Como alguien que toda la vida deseó ser escritor, ser leído y tener reconocimiento, todas esas cuestiones vinculadas al ego, por supuesto es un libro que me pone contento. Marcó un antes y un después: pasé de que me leyera a mi mamá a tener lectores reales y ser reconocido por mis pares. Es un libro que trata de retratar una época, una generación, una problemática, una cultura que pone sobre la mesa una serie de debates. Creo que hace un aporte de comprender quiénes somos o quiénes fuimos. Está inmerso en una tradición histórica argentina que viene del grupo de Boedo para aquí: literatura de clase trabajadora, de la calle, con una mirada sociológica sobre el aquí y ahora.
–En ese sentido, ¿qué tendencia del mundo literario te gustaría que llegue a su fin?
–Hay quienes desde cierto lugar de autoridad te dicen qué es arte y qué no. Creo que eso es justamente todo lo antiliterario: el arte es libertad total y esa libertad incluye hacer la pelotudez más grande que se te ocurre, o la más básica, o elevada y compleja que quieras. Por otro lado, nunca hay que dejar de lado el mercado, que en el arte plástico por ejemplo, yo veo que lo tienen muy en cuenta. Está a la vista de todos, y en la literatura parece que si vendes mucho ya no es arte o literatura, y si vendés poco sí.
–Le pasó un poco a Sosa Villada…
–Le está pasando a Mariana Enríquez ahora. ¿Por qué? Porque le va bien. Y ahora que Gabriela Cabezón Cámara ganó el Premio Nacional del Libro seguramente le empezará a pasar lo mismo. Sosa Villada vende un montón, la gente quiere leerla. Ella también habla de un mundo nocturno, a veces de desborde y placer. Dentro del ámbito literario hay un odio a lo distinto de lo que en su momento fue el cánon que bajaba de Puán, de la academia. En mi caso, pese a que escribía, para esa gente era vista como outsider por no ser un ratón de biblioteca, por tener una vida, coger, drogarme, militar, ser ciudadano del mundo. Ya no hay un canon, no hay un panteón. Ahora estamos todos en el lodo manoseados, como dice “Cambalache”. Me paso con Electrónica en su momento, el primer libro que más o menos vendió bien para mí, de golpe tenía por todas partes gente que me pegaba. Ser artista supone exponerse, y hay que tener un ego muy grande para desnudarse ante los demás.
–¿Dirías que quienes no se exponen tanto es porque no tienen tanto ego?
–No necesariamente. Pero para animarte necesitas sí o sí un ego muy grande. Si no tienes un ego enorme, difícilmente te animes a escribir, a publicar. Pero lo digo en buen sentido. Ahora, el problema es cuando el ego te lleva a la frustración. Escribo, nadie me da bola, entonces al que sí le dan bola lo odio, digo que es un pelotudo, que escribe mal, que no es literatura, etcétera. Es muy normal, todos estuvimos ahí en algún momento, pero la energía negativa hay que usarla como motor de creación. el odio en redes es terrible.
Enzo Maqueira. Foto: Antonio Becerra–Y para un escritor, ¿cómo influye la presencia en las redes?
–Hay una gran diferencia entre escritores con redes y escritores de redes. La literatura todavía es un ámbito en donde no hay demasiado lugar para gente que venga de otros espacios. Vos podés venir de la televisión y escribir muy bien, pero no deja de venir de la televisión. La literatura te hace pagar un poco ese precio. Podes venir de las redes, tener muchas ideas, y escribir una novela que puede ser muy buena y capaz de vender muy bien pero hay cierto sector al cual no vas a acceder: el de la gente que viene escribiendo de toda la vida, leyendo toda la vida y formándose en literatura. Me parece muy bien que nadie tenga acceso a esa esencia de literatura pura que prevalece a pesar del tiempo y las tecnologías. La literatura es muy celosa de sí misma. Escritores con redes, está buenísimo. Escritores de redes, ya no es lo mismo, ahí estás pensando más en el like, en la repercusión, en cuántos seguidores vas a tener, que en la obra en sí. No quiero decir que no sea literatura, pero creo que tiene más validez trascender eso.
Enzo Maqueira básico
- Nació en Buenos Aires, en 1977.
- Es autor del libro de crónicas y relatos. Historias de putas (2008) y de las novelas ruda macho (2010), El impostor (2011), Electrónica (2014) y Hágase usted mismo (2018), ganadora del Premio Especial Ricardo Rojas de la ciudad de Buenos Aires. Su obra se ha traducido al inglés, francés, portugués e italiano.
- Colabora habitualmente con diversos medios gráficos nacionales y extranjeros, como el diario Clarín y las revistas Anfibia, Vice y Quimera (España), entre otros.
Electrónicade Enzo Maqueira (Dosmanos).
