Lo primero es lo primero; los seres humanos somos primates y la verdad es que la mayor diferencia que tenemos no es la inteligencia, hay otros seres inteligentes; ni la capacidad de usar herramientas, las hormigas lo hacen. En realidad, nuestra mayor diferencia específica es mover el dedo pulgar; sí, algo tan elemental nos ha permitido empuñar palos que, conociéndonos, los usamos como armas y milenios después para coger un lápiz y escribir. Curiosamente, ahora las personas usan los pulgares para chatear desde el celular. Evolución le dicen…
Segundo, el identificarnos con los animales es tan antiguo como nuestra presencia aquí. En las pinturas rupestres se descubren personas con yelmo de bisonte y las crónicas posteriores hablan de guerreros premunidos de yelmos que daban fuerza animal a su capacidad de combate. En nuestro territorio la iconografía es abundante sobre el culto y la identidad animal, siendo el jaguar un tótem favorito desde muy temprano.
Y es que nuestra relación con los otros animales ha sido complicada. Son parecidos y no lo son. En un principio, en el paleolítico nos encontramos ante una competencia desigual; es decir, estábamos mal equipados para enfrentar a los mamuts y los tigres dientes de sable. No teníamos garras ni colmillos, nuestra piel estaba casi desnuda. No es sino con la intervención de la cultura que pudimos hacer ropa, armas y utensilios con los que no solo ganamos la competencia de la supervivencia, sino que también, qué tiernos, extinguimos a muchas fieras que nos hacían el pare.
Desde entonces hemos proyectado en los animales nuestros valores. Primero como dioses, luego como esclavos y hoy día casi como iguales. Vamos a las tiendas de mascotas, que abundan, y compramos ropita humana, les damos comida especialmente balanceada y decimos que “están alegres”, que “están resentidos” o, si por accidente les pisamos la cola en el hogar, les decimos: “Perdón”. Yo antes de salir a la calle le digo a mi perrita: “Ya vuelvo” y siento que se queda resentida. Hoy por hoy, se han vuelto nuestro espejo, donde ponemos en ellos valores humanos de inocencia, pureza y sabiduría.
El chamanismo selvático acepta que el especialista es poseído por el espíritu animal y ello le da poder especial. Nuestra fantasía pop nos hace soñar con El Hombre Araña, con poderes de ocho patas, y con Batman, un adulto disfrazado de un murciélago cargado de simbolismo de terror.
Therian viene de la palabra griega therion, asociada a ‘bestia’ o ‘animal’; y antropo, que significa ‘humano’, está asociada a la identidad que deviene el estar relacionado con un espíritu animal con el cual la persona se identifica y hace, eventualmente, que adopta una conducta no humana. Mientras los furrys se ven de manera lúdica o artística; el therian reclama una identidad espiritual que la persona no escoge. Solo la vive.
Es interesante, pues se suma a las muchas identidades de un mundo sumido en Internet, en individualidad y con mucha necesidad de pertenecer a un grupo. Una necesidad de ser visto y querido y una necesidad de vivir una libertad que es negada en un mundo tan hipervigilado. Es una forma de buscar un espacio, de articular un lado salvaje y animal, imaginado y romantizado desde la perspectiva humana. Se puede ser therian por muchos factores; y en todo caso, cada quien tiene su motivo, su búsqueda o su particularidad.
El peligro es que en esta proliferación de identidades se banalice otro tipo de búsquedas, como la importante lucha que se da en el interior de la comunidad LGBTH+, especialmente en un país ultraconservador como el nuestro. Comentarios como “si tú piensas que ese es tu género, entonces yo puedo pensar que soy un gato” son considerables despectivos. Diferenciemos: una cosa es una identidad con otra especie y otra muy distinta es la de un grupo de personas que son víctimas de la homofobia, transfobia y una serie de prejuicios que atentan contra su libertad y sus derechos. Al final, podemos vivir nuestras diferencias, pero respetar nuestra igualdad ante la ley. Los animales racionales dicen que somos.
