En tiempos donde la tecnología promete “mejorar” cualquier cosa —incluidos los conciertos—, todavía existe un tipo de artista que mira esas promesas con sospecha. No porque odie el progreso, sino porque no está dispuesto a cambiar la esencia del show por una comodidad digital.
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Ese es el tono que dejó Sebastian Bach al hablar de música en vivo y de inteligencia artificial: Si el público paga por una experiencia real, entonces debe recibir algo real..
El rockero contra el “karaoke premium” en el escenario
La conversación ocurrió en una entrevista con Elizabeth Zharoff en el canal de YouTube. La voz carismática. Ahí, Bach abordó un tema que cada tanto vuelve como un riff pegajoso: el uso de voces de apoyo pregrabadas (y otras pistas) durante presentaciones en vivo.
Su crítica no fue tibia. Para él, cuando un show depende de coros o partes vocales que no están siendo interpretadas en el momento, el resultado se siente como una puesta en escena poco honesta. En su mirada, hay algo difícil de ignorar: la canción cambia de “humana” a “perfecta” justo cuando llega el estribilloy el truco se nota.
Bach también planteó un punto práctico: trabajar con pista de clic y una estructura rígida noche tras noche puede volver la experiencia más mecánica. Y, en un género que se alimenta del caos controlado, eso suena casi a sacrilegio.
El dilema del “dinosaurio” y la trampa de la comparación
Lo más interesante es que su postura no viene solo desde la crítica externa. Bach reconoce una contradicción que muchos músicos sienten: cuando “todos lo hacen”, aparece la presión de sumarse para no quedar atrás.
En otras palabras, entiende la tentación. Si otras bandas pueden ahorrar energía, simplificar rutinas y sonar siempre impecables, ¿por qué él tendría que seguir calentando, esforzándose y arriesgándose a fallar? Aún así, su conclusión es tajante: esa no es su forma de ganarse la vida. Prefiere el desgaste real a la perfección enlatada.
“Odio la IA”: cuando la tecnología deja de ser herramienta
El tema escaló cuando habló directamente de inteligencia artificial. Bach fue directo al punto con una frase breve y sin doble lectura: “Odio la IA”. No lo dijo como una provocación simpática, sino como una postura.
Su molestia no se limita a lo musical. También apuntó a un fenómeno común en redes: imágenes “falsas” hechas con IA que simulan encuentros o momentos que nunca pasaron. Según contó, incluso ha dejado de seguir cuentas por publicar ese tipo de contenido. Para él, ese material erosiona algo básico: la confianza.
Y ahí aparece su idea central, casi como regla de oro: la única forma de saber si algo no es IA es confiar en quien lo publica o lo crea. En su caso, promete mantenerse al margen. No por falta de capacidad técnica —aunque admite que no le interesa aprender—, sino por convicción: prefiere “estupidez real” antes que inteligencia artificial.
Real versus artificial: la pelea que recién empieza
La postura de Bach resume un choque generacional y cultural, más que tecnológico. No es solo “IA sí o no”, sino qué se considera auténtico en una época de simulaciones convincentes. En el rock, donde el error también es parte del encanto, la promesa de perfección puede sentirse como una traición al espíritu del escenario.
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Al final, su mensaje suena simple: menos filtros, menos atajos y más banda tocando de verdad. Puede que no sea la opinión más cómoda, pero sí una que enciende la discusión. Y, tratándose de rock, a veces eso es exactamente lo que se busca.
