De todas las veces que el fútbol me ha salvado la vida, la que más aprecio es quizás la más simple de todas. La más rutinaria ya la vez la más efectiva: la de haberme ayudado a librarme de la sensación de domingo por la tarde. Desde niño. La infancia sigue siendo ese lugar de la memoria en el que paladeamos las gestas deportivas. El eco de los goles vividos (¿y marcados?) de chaval, igual que la impronta de las películas vistas en un cine (al menos para unas cuantas generaciones), sigue latiendo hoy igual que lo hizo entonces. Si no más, acrecentado por el paso del tiempo y la nostalgia, como le ocurre al que esto escribe, corneado con doble trayectoria: futbolherido y lanceado de muerte por el cine a partes iguales.
Nos pasamos la vida tratando de evitar los domingos por la tarde, y así el ser humano inventó las vidas de repuesto del fútbol y el cine para sobrevivir. Pero la realidad acaba por dominar el fútbol. Al menos en el cine, lo sobrenatural también mete goles: Eric Cantona como espectro bueno en Buscando a Eric, Robert Redford salvado del limbo en El mejor, esa cancha de béisbol para las leyendas frente a la casa de Kevin Costner es Campo de sueñoso el caddie (Will Smith) en La leyenda de Ensacador Vance. Sin olvidar al Barbanegra guason de Mi amigo el fantasma…
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En la semana en que se entregan los premios Goyamientras la Copa de Europa sigue su curso y la Liga se acerca al túnel de los 10 últimos partidos del Sabio de Hortalezaa mi equipo no le salva el realismo mágico de las películas. Sin embargo, incluso en los amargos días de derrota deprimente de mi equipo (y el Espanyol pierde mucho más a menudo de lo que mi salud aconseja), cuando parece que el espíritu de tarde de domingo va a ganarle al fútbol, de pronto aparece un asidero: siempre queda un partido que terminar, un gol por descubrir, un resultado esperanzador de los rivales que esperar, un resumen por ver en un programa a esas horas que van de la cena del domingo a la madrugada del lunes en los que refugiarse a sagrado y respirar de alivio.
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