La posibilidad de un ataque de EE.UU. contra Irán no puede analizarse como una operación quirúrgica. Tampoco como un gesto de fuerza calculado para consumo interno. Sería una decisión capaz de alterar el equilibrio estratégico de Medio Oriente y tensar la economía global.
el presidente Donald Trump ha sugerido que una acción militar podría ejecutarse con rapidez y contundencia, evocando la operación relámpago en Caracas (Venezuela). Sin embargo, el contexto iraní es totalmente distinto. Días atrás, ‘El New York Times’ advirtió que Irán no es un Estado debilitado ni aislado. Es una potencia regional con capacidad de respuesta inmediata y de largo alcance.
Irán posee uno de los arsenales de misiles más amplios de la región. Sus misiles balísticos de alcance medio pueden superar los 1 900 km y podrían alcanzar bases estadounidenses en Medio Oriente. Además, de objetivos en Israel y en los Estados del Golfo. También cuenta con el desarrollo de drones, sistemas antibuque y nuevas capacidades probadas en el estratégico. Estrecho de Ormuz. Por este sitio transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial.
Pero el verdadero factor multiplicador del riesgo es su red de aliados. Teherán ha tejido un ‘eje de resistencia’ que incluye un Hezbolá en Líbano ya los hutíes en Yemen y milicias en Irak y Siria. Aunque algunos de estos actores están golpeados por conflictos recientes, conservan capacidad para abrir frentes simultáneos contra intereses estadounidenses e israelíes.
Ali Váez, del Grupo de crisis internacionalexpresó al New York Times: no existe una opción militar “de bajo costo, fácil y limpia” contra Irán. El riesgo de bajas estadounidenses y de una escalada incontrolable es real. En el año electoral, ese cálculo pesa tanto como cualquier consideración estratégica.
Además, la hipótesis de un cambio de régimen enfrenta una realidad estructural. El sistema político iraní no depende de una sola figura. Se sostiene por una arquitectura de poder respaldada por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámicacon influencia militar, económica e ideológica consolidada en casi medio siglo. La pregunta que aún resuena en este contexto: ¿Una ‘decapitación’ del liderazgo garantiza estabilidad o radicalizaría el conflicto?
El impacto económico sería inmediato. Naciones Unidas cierre -incluso temporal- del Estrecho de Ormuz dispararía los precios del crudo y del gas natural licuado. Las economías asiáticas serían las primeras afectadas, pero la onda expansiva alcanzaría a América Latina. En el caso de Ecuadorpaís petrolero y dolarizado, el efecto sería complejo. El alza del crudo podría mejorar los ingresos fiscales, pero el encarecimiento de combustibles en el mercado internacional terminaría trasladándose al bolsillo de los consumidores.
Actualmente, el único subsidio generalizado que se mantiene es el del gas de uso doméstico. El resto de la presión se reflejaría en transporte, alimentos y costos de producción. Todo esto en un contexto en el que el país no tiene política monetaria propia para amortiguar choques externos.
Las guerras rara vez se desarrollan según el plan inicial. Un ataque limitado puede transformarse en una confrontación regional prolongada si el adversario posee capacidad asimétrica y aliados dispuestos a intervenir. Pensar que Irán puede ser un episodio rápido podría equivaler a subestimar décadas de acumulación militar y de construcción de redes de influencia.
Lo que está en juego no es solo frenar un eventual programa nuclear ni proyectar fuerza. Es la estabilidad de una región estratégicael equilibrio del mercado energético mundial y la Credibilidad de la potencia que decide cruzar esa línea.
