Como tanta gente, la joven sevillana Bárbara Bulnes se compró un ejemplar de cumbres borrascosas para leer el libro antes de ver la película de Emerald Fennel. Lo abrió y se topó con palabras como “antonomasia” y “estaño” y confesó que el libro se le había apoderado. No lo entiendo. Hizo un vídeo y lo colgó en Tik Tok. Lo que le sucedió a continuación a Bulnes fue una versión redux de cuando la influencer María Pombo admitió en una historia que no tenía libros porque no lee: una reacción en cadena y varias reacciones a las reacciones. Se la llamó tonta, mal leída y ejemplo de una generación que ha crecido desalfabetizada por las pantallas. También hay quien la defiende porque ella simplemente hizo un vídeo, no pidió ser símbolo de nada.
Bulnes no es la única que está encontrando difícil la novela de Emily Brontë. En Reino Unido se calcula que solo el año pasado, las ventas del clásico subieron un 469%, la mitad de ellas seguramente tras publicarse el primer tráiler con Jacob Elordi resguardando de la lluvia con sus manos a Margot Robbie. En España, la plataforma de segunda mano Milanuncios ha notificado un incremento del 455% en las búsquedas del libro en comparación con los medios de antes del estreno. Otra creadora de contenido sobre libros en Tik Tok, Laura Heath con el usuario @elitereading, se preguntaba: “¿Es este libro demasiado difícil o es que yo soy tonta? El crítico Liam Kelly en El telégrafo contestó a su pregunta con este titular: “Por qué la Generación Z es demasiado estúpida para entender Cumbres borrascosas”.
En universidades de élite los estudiantes no consiguen leer un libro entero aunque sea lectura obligatoria
No se trata sólo de Cumbres borrascosas. A diario se publican datos que apuntan a una crisis de la alfabetización, desde la desastrosa puntuación que vienen obteniendo los alumnos catalanes en comprensión lectora en los informes PISA a los artículos que recogen que en universidades de élite en Estados Unidos los estudiantes no consiguen leer un libro entero aunque sea lectura obligatoria de la asignatura. Esas alertas conviven con otras informaciones no menos ciertas. Según el Barómetro de Hábitos de Lectura del Ministerio de Cultura, los jóvenes de entre 14 y 24 años son el grupo poblacional que más lee, y muy especialmente las mujeres. Es fácil comprobarlo visitando Goodreads o acudiendo a clubes de lectura en librerías y festivales. Las lectoras jóvenes, voraces y entusiastas existen y se han multiplicado. Otra cosa es que, a algunas, les cueste entender “antonomasia”.
Paula Juanpere Dunyó es profesora de Estudios Literarios en el Máster de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona. Es decir, a su aula solo debería llegar una comunidad de lectores hipercualificados, preparados para analizar y cotejar libros complejos sin problemas. Aun así, ella también ha detectado cambios en su alumno. “En los últimos años he notado que una parte de los alumnos de primer curso se agobia mucho con el listado de lecturas obligatorias y se sorprende por que les pedimos leer libros enteros, o se queda sutilmente si encuentran un texto demasiado largo. Piden lecturas más cortas para facilitar el trabajo”, dice. También tienen, dice, más arrojo a la hora de hacer ver que se ha leído. “He visto que se atreven a presentar a solicitudes sin haber leído las lecturas obligatorias, especialmente el dossier teórico, y tiran de comentario hecho en clase u otras informaciones. Y que hay menos costumbre de ir a la biblioteca. Si un libro no se encuentra online, es como si no existe”. La profesora insiste en que junto a esos alumnos convivan otros que leen “mucho y muy bien”.
Desde la Universidad a menudo se descarga la responsabilidad en la Secundaria. Llegan a los grados sin costumbre de leer libros enteros, dicen, porque no lo han hecho antes. Ahí también hay distintas visiones, que solo convergen en un punto: los alumnos leen diferentes a como lo hacían hace diez o quince años. Para Guido Sender, profesor de Filosofía en primero y segundo de bachillerato en el IES Les Corts de Barcelona, la comprensión lectora se ha deteriorado “por distintos motivos, pero también por el impacto de la tecnología. Los alumnos tienen más dificultades para completar una tarea con frases largas, para entender conceptos abstractos, argumentar…”. Sender es muy crítico con la actitud permisiva de algunos docentes hacia el uso de Chat GPT por parte de los alumnos y pide a los suyos resúmenes hechos a mano. “He tenido broncas con algunos alumnos, me intento hacer adolescente explicando, como si yo no pudiera aceptar que han inventado una máquina que hace mejor mi trabajo”, dice.
Música y cine
Cada vez menos tiempo
En 2004, el tiempo que una persona dedicaba a una tarea en su computadora estaba en torno a los dos minutos y medio antes de irse a otra pestaña. En 2012, se había recortado a los 75 segundos, y la distracción probablemente provenía de otra pantalla, la del teléfono inteligente. En las últimas mediciones el tiempo que el cerebro humano concede a un contenido antes de pasar a otro es de unos 40 segundos, según la investigadora Gloria Mark, de la Universidad de California Irvine.
Con ese diámetro de atención, parece casi imposible que podamos completar el visionado de, por ejemplo, las 2 horas 29 minutos que dura ‘Marty Supreme’, nominada a nueve Oscar este año. Y de hecho, ni siquiera las personas que han escogido estudiar cine y hacer de ver películas su profesión lo están logrando con facilidad. En 2024, la Universidad de Indiana estudió cuántos de sus alumnos de cine acababan las películas asignadas por sus profesores y solo el 20% lo lograba, según recogía un artículo de ‘The Atlantic’ titulado “Los estudiantes de cine que ya no pueden ver películas”. Los foros de internet están llenos de consejos un tanto deprimentes que intercambian usuarios para lograr acabar una película en casa, desde dejar el móvil en otra habitación, hasta cronometrarse pausas (en el móvil, es de suponer) a tomar notas a mano. Quien más, quien menos se ha autodiagnosticado un declive de la atención en los últimos años, y no hace falta llegar a ese nivel de autocastigo que parece desligar la cultura de la noción de placer para corregirse. “A mí las series se me hacen largas y hay demasiados momentos de relleno para mantener la atención. Necesito piezas que me permitan pasar un tiempo conectada y recogida, rechazo la sensación de comida rápida”, dice la promotora cultural Aïda Camprubí. Aunque parte de su trabajo consiste en estar al día de nueva música y cine, decidió ignorar las listas de reproducción y centrarse en escuchar discos enteros, además de ver películas sobre todo en el cine. “Creo que mi cuerpo se ha rebelado y se ha vuelto resiliente a la comida rápida cultural”, dice.
Sabe que es una excepción con lo de las discotecas. Casi nadie escucha ya un álbum entero y las canciones se han vuelto más cortas para ajustarse a Tik Tok. Si en los noventa la canción pop media duraba en torno a los 4 minutos, en 2019, tras la introducción de la red social, ya se había reducido a poco más de tres minutos. Los temas de K-Pop, de grupos como Blackpink, no suelen superar la marca de los dos minutos 20 segundos. Según el crítico y promotor musical Quique Ramos, “cada generación escucha música con lo que tiene” y cree que la cultura del snippet, es decir, escuchar a trocitos, también está generando estilos musicales nuevos e interesantes. “Todas esas canciones de BB Trickz o de Pink Pantheress vienen de ahí, o de artistas como Els Cundits, que mezclan cualquier género en una misma canción sin que nadie les rechine”.
Las herramientas de inteligencia artificial han cambiado la forma de leer de manera fundamental. Tienden a la optimización, a destacar solo lo que parece importante ya ordenarlo en listas de puntos no conectados, los famosos viñetas, por lo que se pierde el contexto y la capacidad de navegar por un texto que fluctúa. Ya en 2005, un estudio realizado a cabo por el investigador Zimiung Liu, de la San José State University, en Estados Unidos, delimitó el nacimiento de una nueva manera de leer, relacionada con la lectura en soportes digitales. La definición como no lineal, diagonal, basada en encontrar palabras clave y descubrir el resto. Los ojos discurren por los párrafos en forma de F o de Z. Veinte años más tarde, hay ya varias generaciones que aprendieron a leer de esa manera y eso afecta a su relación con el texto.

Ana F. Cebrián también es profesora, e investigadora –acaba de publicar su tesis, Fábulas del desarrollo. Franquismo y capitalismo (Akal), sobre los elementos sobrenaturales en el llamado “milagro económico” español–, da clases de Literatura en un instituto público de Jaca (Huesca) desde 25 años. “En todas las épocas ha habido gente que lee mucho y gente que no lee nada. La diferencia es que ahora tienen más acceso a libros diversos, más espacios donde se habla de libros y redes con prescriptores”. Cebrián coordina un club de lectura en su centro en el que participan alumnos y profesores y allí le llegan peticiones de textos que se hacen virales, como la propia cumbres borrascosas ya veces sin imprevisibles: “Hace poco se puso de moda Noches blancas, de Dostoyevski, que lo han leído mucho, y El mito de Sísifo de Camus”. Como prueba, muestra una nota manuscrita, en la clásica hoja arrancada de una libreta de espiral en la que una alumna le pedía lecturas de unas 20 autoras que le interesan, y que van desde Emily Dickinson a Cristina Peri Rossi pasando por Mariana Enríquez. Esos perfiles se mezclan con los lectores de género, muy porosos a las novedades y muy activos con sus lecturas. “Hay muchas chicas que leen romance, libros como los de Rebecca Yarros, y hacen sus propios ficciones de fans (textos propios tomando personajes de sagas conocidas)”. Observa también una clara brecha de género en la lectura, que no es nueva, pero se ha exagerado, aunque cultiva a un grupo de chicos lectores que suelen pasar del manga a los ensayos de divulgación sobre temas específicos. Sobre la polémica en redes en torno a la influencer Bárbara Bulnes, dice: “Los que critican deberían aprender de lo que los adolescentes recomiendan en lugar de gruñir tanto”.
Para el escritor y analista cultural Adrián Vieitez lo que ha ocurrido en redes es una muestra del señalamiento en el discurso digital. “Detrás de esa idea de que ‘los jóvenes no saben leer’ hay una voluntad de conservación de formas de discurso de otro tiempo. Cuando un escritor X se echa las manos a la cabeza y gesticula airado, la empatía difícilmente puede circular”.
Bulnes, por cierto, respondió a las críticas a su vídeo en redes rodando otra vestida de época y hablando en una supuesta jerga del siglo XIX en el que se rotulaba como “la chica que no sabe leer”. Cumbres borrascosas”. Eso también es optimización zeta: si la vida te da escarnio, haz contenido.
