Yo tenía quince años y ya hacía cuatro que vivía, junto con mis hermanos, en casa de mis abuelos en Girona cuando ese lunes por la tarde apareció, en el paseo de la Rambla gerundense, Joan, el mozo de la farmacia familiar. Muy nervioso y contundente en la instrucción, me emplazó a volver a casa rápidamente y me acompañó por la pequeña avenida de obligado recorrido para los ciudadanos de la inmortal ciudad de provincias en sus paseos de fin de semana.
– “¿Sabes dónde está tu hermano? Hay que encontrarlo. Tu abuela quiere que vayas a casa inmediatamente”.
Era el 23 de febrero de 1981. El teniente coronel Antonio Tejero, junto a un numeroso grupo de guardias civiles, había entrado en el Congreso “perpetrando” un golpe de Estado que duró 18.
Recuerdo perfectamente esas horas. En mi familia se paró todo. Se nos añadieron mis tíos y primos y nos situamos todos en la salita de la televisión a seguir, con el alma en vilo, los acontecimientos.
Los mayores estaban nerviosos, preocupados, angustiados ante lo que veían y escuchaban. Se trasladaban, inevitablemente, de nuevo en la encrucijada de un conflicto civil que obliga a algunos de los adultos allí presentes a dejar España. En la memoria de todos estaba el doloroso exilio de ocho años de mi abuelo tras una denuncia por “rojo, separatista, judío y masón” que le obligó a huir a Francia horas antes de que los nacionales entraran en Girona en febrero de 1939.
La ansiedad fue difícil hasta que el entonces rey Juan Carlos I salió por TVE, con el uniforme de capitán general y defendió, por encima de todo, la Constitución, desautorizando a los “golpistas”. Solo entonces, en mi familia -y seguro que en muchísimas otras- se respiró con tranquilidad y se dio por hecho que la normalidad democrática seguiría el incipiente y precario camino iniciado.
El 23-F, Juan Carlos I, en ese momento y con ese discurso, nos salvó a todos de una nueva contienda
Esta semana, por fin, se desclasificaron parte de los documentos vinculados al golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Y parece ser que, más allá de las especulaciones y conjeturas que interesa a unos ya otros ponerse encima de la mesa como algo certero para legitimarse en sus estrategias y afán por cargarse, de manera torticera, al actual régimen democrático, el entonces Rey de España no promovió ni alimentó el intento armado de desestabilización democrática. Más bien lo que estamos viendo es que parece cierto lo que todos los ciudadanos vimos la madrugada del 23 al 24 de febrero de 1981: al jefe del Estado dando un mensaje contundente e inequívoco que, ahora sabemos con más seguridad que nunca, evitó una segunda guerra civil en el siglo XX.
Hoy por hoy parece ser que los secretos de Estado guardados y finalmente revelados, demuestran esa hipótesis y hacen evidente que, en el proceso en que se juzgó a los militares golpistas, los abogados, jueces, procuradores, clientes y periodistas que estuvieron presentes y tuvieron acceso a todo el contenido del sumario no encontraron ninguna frase, ningún apéndice ni ninguna declaración que demuestre que Juan Carlos I estuvo detrás de esa ignominia que pretendía romper el orden institucional y llevarnos a todos, de nuevo, a la desesperanza.
La deplorable conducta posterior del entonces Rey en numerosas de sus actividades y actuaciones no debe eximirle de la responsabilidad que le toque asumir reputacionalmente para con la sociedad. Ahora bien, la realidad y la objetividad pasa por saber y decirlo muy claro que ese día, Juan Carlos I, en ese momento y con ese discurso, nos salvó a todos de una nueva contienda.
Por la mañana del martes 24 de febrero de 1981 la despensa de casa amaneció llena legumbres, harina y aceite…. El susto había pasado.
