A las 16.30 de este sábado, hora de Washington, Donald Trump anunció la muerte del líder supremo iraní con un mensaje sin matices: «Jamenei, una de las personas más malvadas de la Historia, está muerto». Lo presento como un acto de «justicia para el … pueblo de Irán» y también para «todos los grandes americanos», y lo enmarcó como el resultado de una operación conjunta con Israel: «No pudo escapar de nuestra inteligencia y de nuestros sistemas de seguimiento altamente magnético y, trabajando estrechamente con Israel, no hubo nada que él, ni los otros líderes que han muerto con él, pudieron hacer».
El presidente se convirtió así en el ataque en algo más que una campaña de castigo o disuasión. Por primera vez, la Casa Blanca proclamó públicamente que el objetivo de la operación había alcanzado la cúspide del poder en Teherán. Y al atribuir la acción a una coordinación con Israel, Trump subrayó el carácter de guerra compartida con un aliado regional, en un momento en que la Administración intenta vender la ofensiva como defensa preventiva y apoyo a la seguridad israelí.
La muerte de Alí Jamenei, un jefe de Estado en ejercicio, coloca el episodio en un terreno histórico inédito, pues es la primera vez que un dirigente de ese rango muere en hostilidades directas de Estados Unidos, y el hecho confirma que la operación ha rebasado el umbral de la contención para entrar en la lógica de la decapitación directa del poder. Ya no se trata solo de degradar capacidades militares o frenar el programa nuclear.
Trump, de hecho, dejó claro que las hostilidades no se detuvieron con ese golpe. «El bombardeo intenso y de precisión comenzará, sin interrupción, durante toda la semana o el tiempo que sea necesario», escribió, y elevó el objetivo final a un lema de ambición total: «para lograr nuestro objetivo de paz en todo Oriente Próximo y, de hecho, en el mundo».
El mensaje alterna amenaza y oferta para provocar una fractura interna. Trump afirmó que está recibiendo señales de deserción dentro del aparato de seguridad iraní. «Estamos oyendo que muchos de su Guardia Revolucionaria, su Ejército y otras fuerzas de seguridad y policía ya no quieren luchar y están buscando inmunidad por nuestra parte», sostuvo. Y remachó el ultimátum con una frase diseñada como consigna: «Como dije anoche: ahora pueden tener inmunidad; Después solo tendrán muerte».
A continuación, el presidente presentó la muerte del líder supremo como la ventana que su estrategia necesita. «Esta es la mayor oportunidad para el pueblo iraní de recuperar su país», afirmó, y dibujó un escenario de transición improvisada: «Ojalá la Guardia Revolucionaria y la policía se fusionen pacíficamente con los patriotas iraníes y trabajen juntos como una unidad para devolver al país la grandeza que merece». En el mismo párrafo, añadió que ese proceso «debería empezar pronto» y subrayó la destrucción acumulada en pocas horas: «no solo ha muerto Jamenei, sino que el país ha quedado, en un solo día, muy destruido e incluso obliterado».
El mensaje de Trump en redes completa el giro iniciado en el vídeo nocturno de Trump, cuando llamó al «gran y orgulloso pueblo de Irán» a «tomar el control» de su destino.
Con ese salto, Estados Unidos entra en la fase más inestable del conflicto. La respuesta iraní queda abierta a represalias contra bases e intereses en la región, presión sobre rutas marítimas y comercio, y una escalada menos visible mediante milicias aliadas, sabotajes u operaciones cibernéticas. Trump, en cambio, fija su apuesta en una idea simple: el líder ha caído, el bombardeo seguirá y el régimen debe colapsar desde dentro, sin desembarco norteamericano.
