No es fácil poner nombre a las cosas. Por eso nuestros antepasados tenían a los santos como manantial inagotable para bautizar a las criaturas o cuando había que poner nombre a un edificio oa algún lugar. Sin ir demasiado lejos, en la Barcelona del olimpismo, para el palacio de deportes que diseñó el arquitecto japonés Arata Isozaki en Montjuïc se recurrió al patrón de Catalunya, Sant Jordi, un nombre que ha funcionado, con títulos periodísticos como la cantante “llenará tres Sant Jordis”.
Decía que no es fácil poner nombre a las cosas, y la prueba es que hay empresas que se dedican a ello, utilizando el anglicismo. nombrar, gerundio del verbo nombrar, que no significa otra cosa que “poner nombre”. En las redes se suelen reproducir nombres exitosos, porque son ingeniosos, o poco logrados, porque acaban dando mala publicidad a quien los ha escogido. Con la etiqueta #mastersofnaming (maestros en poner nombres), se dan casos como un sex shop que se llama SexCiències, unas semillas de ficus de la marca MagniFicus o la Cantina Turner.
La elección de nombres para los galardones o los aeropuertos es una decisión no siempre exitosa
Se sabe que, según la leyenda más extendida, los premios Oscars se llaman así porque Margaret Herrick, bibliotecaria y posteriormente directora ejecutiva de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, dijo que la estatuilla se parecía a su tío Oscar. Y, a raíz del éxito de la colonización internacional norteamericana vía gran pantalla, países con una cierta industria cinematográfica han querido emular los premios de Hollywood y han creado los suyos.
Hoy la lista es larga, con aciertos como el Oso de Berlín, el León veneciano o la Concha donostiarra, que hacen referencia a motivos propios de cada lugar. En el caso de las academias española y catalana, elige un artista para usar su nombre considerando que es una gran decisión. La obra artística tanto de Francisco de Goya como de Antoni Gaudí tiene méritos sobrantes para simbolizar lo que hoy es conocido como el séptimo arte y devenir el icono del galardón.
Hace más de cuarenta años, un profesor y poeta de Nueva York, con quien coincidí en una estancia en el país del Tío Sam y del Tío Oscar, quedó maravillado de que en los billetes emitidos por el Banco de España aparecieran escritores como Juan Ramón Jiménez o Clarín, en lugar de políticos, como pasó en todos los billetes de EE.UU. Por ello considero una decisión equivocada echar mano de políticos (Suárez o Tarradellas) para los aeropuertos, en lugar de presumir de los grandes nombres de las artes, como proponía Miquel Molina con Joan Miró para El Prat. Miren los aeropuertos italianos: Galileo Galilei, Federico Fellini, Marco Polo…
La cultura siempre es refugio sanador.
