El merecidísimo triunfo de los domingos es de todos y para todos. No solo la magistral película de Alauda Ruiz
de Azúa se merece sus cinco cabezones, entre los que se contaban los más importantes de la noche –mejor película y dirección, amén de una deslumbrante Patricia López Arnaiz–, sino que la extraordinaria cosecha cinematográfica del 2025 es el resultado de un esfuerzo colectivo que incluye una serie de entidades remando en la misma dirección.
Más allá de los propios artistas, productores, distribuidores y exhibidores, hay que aplaudir las ayudas del ICAA, reformuladas para una más diversa repartición, la implicación de las televisiones y plataformas –ha sido un año muy Movistar–, los grandes, pequeños y medianos festivales de cine, los laboratorios de creación, la labor formadora de las escuelas de cine –como la Escac o la ECAM– y, por supuesto, un público que, aún en el siempre preocupante marco de la crisis. de las salas de cine, también ha respondido.
Es un cine con voluntad de riesgo y de romper moldes.
los domingos, una película paradigmática de este nuevo modelo, va camino de superar los 700.000 espectadores en sala. Sirât, de Oliver Laxe, y Romería, de Carla Simón, por más que la primera fuese la que más cabezones acumuló, con seis premios técnicos, y la segunda se fuese de vacío, son otras dos grandes muestras de este nuevo modelo que han estado en el top 10 de las películas españolas más taquilleras de la temporada. Es un cine con voluntad de riesgo y de romper moldes que exporta nuestra cultura otorgándole un prestigio que antes se concentraba en muy pocos nombres, como el de Pedro Almodóvar, y ahora ofrece un abanico amplio de cine joven, regenerado, y con voluntad de seguir creciendo.
Además de los citados, encajan en la descripción Ciudad sin sueño, de Guillermo Galoé; Estrany riu, de Jaume Claret Muxart; las tortugas, de Belén Funes; Una quinta portuguesa, de Avelina Prat; Muda lluny, de Gerard Oms, o La buena letra, de Celia Rico. Pero, volviendo a la gran triunfadora de la noche, los domingos es una película que deja al respetable espacio para sacar sus propias conclusiones, sin discursos precocinados que lo llevan de la mano, y la prueba es la multiplicidad de interpretaciones que se han dado de ella. Cada personaje, perfectamente definido, tiene sus razones, y se muestra coherente con ellas. Este cronista vio una tan desgarradora como demoledora crítica a la burguesía (bilbaína) a través de la historia de un padre que vende a su hija. Pero seguro que ustedes vieron otra película…
La misma voluntad de artefacto poliédrico que puede ser observada y entendida desde los más diversos puntos de vista la tiene. Tardes de soledad, de Albert Serra, cineasta que, a pesar de tener otros seis largos anteriores, premiados en grandes festivales internacionales como Cannes o Locarno –donde historia de mi muerte (2013) logró el Leopardo de Oro– nunca había sido nominado en los Goya, aunque parezca mentira. Que haya ganado con su primera nominación es otra muestra inequívoca de que, como cantaba aquel, los tiempos están cambiando. Y para bien.
