Un día, hace como dos décadas, un joven emprendedor nicaragüense Llegó a mi casa, en San Francisco de Guadalupe, para instalar un alambre galvanizado. Mientras lo hacía, me contó su historia: a mediados de los 70, llevaba una vida normal, pronto a obtener su bachillerato de segunda enseñanza, abundante de amigos de barrio y colegio, en una familia de clase media, en Managua.
Al recrudecer la guerra, la situación económica familiar cambió enormemente y, ante el riesgo de ser llevado por la fuerza por cualquiera de los bandos en pugna, abortó su proyecto de vida y emigró a Costa Rica para trabajar y apoyar a sus padres, que continuaban allá. El fin de la guerra (1979) no implicó mejoras en la situación familiar, por lo que debió alargar su estadía en nuestro país.
Las cosas empeoraron con la contrarrevolución (1981), que revivió el conflicto y, con ello, tornó incierto el reencauce de su plan de vida. Para ese tiempo, emigró a Miami, donde continuó trabajando y enviando dinero a los seres queridos.
Después de firmarse los tratados de paz en Centroamérica (1987) y de celebrarse elecciones (1990), abrazó la ilusión del regreso, de sus estudios, de que todo sería como antes. No fue así.
Ya no había casa ni familia. De los amigos de barrio y estudio, muchos habían fallecido o migrado, o su destino era incierto. Numerosos lugares que antes frecuentaba y donde su vida transcurrió feliz no existían o eran esqueletos de lo que fueron.
Más allá de montañas y lago, todo había cambiado; como si su país hubiera desaparecido y, en el mismo lugar, instalaron otro, con otras caras, reglas, aspiraciones, rutinas y prioridades. Todo eso, en apenas tres lustros que estuvo fuera.
Por más que lo intenté, no logró asentarseo emprender algo en aquel extraño entorno de su país, ni recuperar algo del pequeño patrimonio familiar.
Entonces, me confesó algo que aún me cimbra por dentro: “Lo más curioso”, me dijo, “es que Me siento un apátrida. Porque en Miami, es imposible sentirme en mi país; no me identifico cultural ni afectivamente. Estoy en Costa Rica, y por más cercano que esté de Nicaragua y compartimos historia y cultura, tampoco me veo en casa. Pero lo más trágico es que voy a Nicaragua y tampoco encuentro el país que dejé, a la gente que amé o conocí, ni mis lugares queridos. A pesar de lo que diga mi carne de identificación, soy extranjero en mi propio país”.
Ignoro que fue de aquel muchacho, pero hoy grabé esa conversación. Es normal que la cultura, las instituciones, la sociedad o los países como un todo experimenten transformaciones. Nosotros mismos somos seres antropológicos que evolucionamos junto con la realidad material, cultural y sensorial de la que formamos parte. Somos producto de las modificaciones sociales que nos rodean. pero en la medida en que permanecemos en el país, ese cambio ocurre natural y gradualmente; Lo vamos adaptando sin enterrnos.
Situación diferente es la de aquellos que son obligados a desarraigarse por supervivencia o, peor aún, por coacción. La vieja cédula de identidad, o el pasaporte, con la silueta de aquel escudo amado, reposa en el cajón de los recuerdos imposibles, que de vez en cuando se abre para revivir épocas doradas de pueblo, escuela y familia; Llorar o morir de añoranza.
Cada minuto lejos de la patria es también una dilución del vínculo, pues el migrante, en el extranjero, también vive una transformación.al tener que adaptarse a una cultura ajena. Y, en paralelo, allá lejos, el país que lo vio nacer también surca nuevos rumbos y evoluciones. Por eso, al cabo de los años, al volver, aflora ese sentimiento de extrañeza como si al país entero lo hubieran sustituido maquiavélicamente.
Todos tenemos familiares o conocidos que han debido a emprender el penoso viaje migratorio. No me refiero a quienes lo hacen voluntariamente por realización profesional, sino a quienes son obligados violentamente, o por sobrevivencia. Aun así, comparados con otros países, no hemos vivido la amargura de la migración forzada masiva, ni la de tener que caminar millas de kilómetros bajo el sol o la lluvia, por selvas o ciudades, bajo miradas y expresiones de desprecio.
Ciertamente enfrentamos problemas y retos, pero a diferencia de muchos países de nuestra América, hasta hoy, los valores de la libertad, la paz, la democracia, la educación, la cultura, el Estado de derecho, la solidaridad y el respeto, han sido nuestro escudo. Hasta hoy.
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Víctor Chacón Rodríguez es director del Instituto de Gobierno Corporativo.
