Feliza Bursztyn siempre supo lo que quería; solo le llevó un tiempo conseguirlo. Cuando Falleció en 1982 a los 48 años.en circunstancias difíciles de entender, su mamá escribió una carta que describe su anhelo por encontrar una voz propia en un contexto en el que había que tener mucho coraje para rechazar los estándares encorsetados de una sociedad ultra tradicional.
“Mi hija Feliza nació en la clínica Marly de Bogotá, a las ocho de la mañana, el ocho de septiembre del año 1933. Al dar a luz pude escuchar la exclamación de los médicos que me atendieron, ¡qué niña tan grande! Esa niña siguió grande en todo el sentido de la palabra”. Así comienza este obituario personal. Unas pocas líneas que el escritor Juan Gabriel Vásquez rescata en su libro Los nombres de Feliza.
Bursztyn tuvo muchas vidas encapsuladas en una sola. Fue la hija menor de dos inmigrantes polacos judíos que llegaron a Colombia en el momento en el que Hitler asumía el poder y comprendió que no había vuelta atrás. Su abuelo, un rabino respetado, fue asesinado en un campo de concentración, por lo que en el imaginario de Feliza, esa figura solo tendría forma de fotografía.
El nuevo hogar de la familia podría haber sido cualquier otro país, al igual que las circunstancias que los llevaron a esas tierras lejanas y prometedoras, con el potencial suficiente para empezar de nuevo. Por eso, décadas más tarde, cuando sufrió una violenta redada en su casa y fue detenida y acusada por el gobierno sin explicación, al dudar de su nacionalidad, Feliza dejó declarado que era más colombiana que cualquiera de ellos.
Ensangrentada y dividida
Con el paso del tiempo los Bursztyn empezaron a sentir que Colombia estaba cada vez más ensangrentada y dividida, por lo que se instalaron por un tiempo en Nueva York, donde empezó a estudiar arte y descubrió la libertad. Sin embargo, en lugar de abrazar esa nueva independencia, decidió casarse con un novio norteamericano que apenas conocía.
Para cuando cumplió 23 años, ya era mamá de tres niñas y se había instalado de nuevo en su país, con ese marido que no se la vio venir cuando empezó a moverse por una incipiente escena artística, donde conoció a una gente que pensaba como ella y consolidó su pasión con la ilusión de que podía equilibrar ambos universos. Pero cuanto más tiempo pasaba fuera de casa y dejaba de lado el rol que se le había asignado, más tensión se generaba.
Como explica Vásquez en el libro –una biografía donde la realidad y las licencias de la imaginación se fusionan– el final de su matrimonio la dejó muy mal parada en esa sociedad ultra conservadora. Es difícil leer esta parte sin sentir el dolor de Feliza, que si bien logró divorciarse y sembrar un camino hacia la conformación de su profesión, perdió la potestad de sus hijas, aunque nunca se extinguió el amor entre las cuatro. Además, el entorno de sus padres la condenó a tal punto que organizaron un velatorio donde anunciaban “la muerte” de su hija. Un destierro simbólico que eventualmente supo perdonar.
Vásquez describe con precisión el primer exilio de Bursztyn a París –el que hizo por elección– donde formó parte del taller de Ossip Zadkine, quien le enseñó las exigencias de la escultura y le presentó al artista César, con quien aprendió a soldar y trabajar con materiales poco convencionales. Chatarra, chapas, pedazos de autos, es decir la materia prima del resto de su carrera. Se alejó de formatos más tímidos hasta transformarse en una de las artistas más relevantes de su generación, aunque todavía no lo sabía.
No había llegado sola a Francia sino de la mano del poeta, escritor y periodista Jorge Gaitán Durán.con quien tenía una intensa relación que había comenzado en Bogotá, donde ambos dejaron atrás hijos, familias y compromisos, aunque del otro lado del Atlántico encontraron nuevas oportunidades.
Sin embargo, había algo que Feliza no lograba sanar, por lo que un año más tarde sintió que tenía que volver. Fue entonces cuando las cosas se complicaron. En pocas semanas perdió a Gaitán en un accidente aéreo en Guadalupe (en París también lo lloraría Alejandra Pizarnik, con quien tuvo un vínculo amoroso paralelo) y después a su papá.
Las personas que la conocieron
Vásquez descubrió a Bursztyn 28 años antes de publicar Los nombres de Felizapero necesitó mucho tiempo para calar en su vida de la manera en la que lo hizo, a través de las personas que mejor la conocieron, especialmente su marido Pablo Leyva con quien realizó un extenso ida y vuelta de cartas, llamadas y encuentros, recorriendo los rincones de París que amaba y la casa taller de Feliza en Bogotá, donde vivían, escarbando en los recuerdos como nadie lo había hecho hasta ahora.
También encontré información valiosa entre los hijos de sus entrañables amigos, los que quedaban y la familia. Juan Gabriel vivió en las ciudades de Feliza y aprendió a recorrerlas con sus ojos.. Se paró frente al pequeño departamento francés en el que se instaló después del exilio forzado, que les llevó mucho tiempo conseguir y que quedaba enfrente de la residencia del entonces presidente François Mitterrand.
Feliza Burztyn y el artista argentino Rogelio Polesello. Archivo Clarín.Un lugar chico, con un mural que detestaban pero no podían tapar y donde –en palabras de Vásquez– Feliza ya no era la mujer que hablaba y se reía fuertedaba opiniones sinceras, le ponía el cuerpo a su trabajo y gozaba de la vida.
Gracias a él también descubrimos que tuvo que vivir aún más momentos trágicos, como el accidente de auto que sufrió junto a la artista Beatriz Daza durante un viaje a Cali, en el que no solo perdió a su amiga, sino que quedó en coma, con los huesos y la cara destrozadas.
Después de someterse a varias operaciones, Logré recuperarse con la ayuda de los amigos como Gabriel García Márquez. la crítica y –hoy diríamos– gestora argentina Marta Traba, Alejandro Obregón, a quien Feliza llamaba “la madre de arte colombiano” y que él se lo dejaba pasar por atrevida. “Salió así de fábrica y ya no hay quien la eduque”, así como Patricia Ariza y Santiago García, con quienes trabajaban haciendo escenografías de teatro, y la lista sigue.
La amistad lo era todo en su vida.. El gran sostén, en especial cuando la familia estaba lejos (sus hijas seguían en Estados Unidos y su hermana y mamá se habían instalado en Tel Aviv y luego en California). De esa salió fuerte y vivió años de próspera producción, ganando un merecido reconocimiento. Sin embargo, de lo que no pudo recuperarse fue del último gran golpe con el que Vásquez empieza y termina la trama, mientras decodifica el misterio detrás de la leyenda que dice que Feliza murió de tristeza en París, por culpa de esa detención y exilio forzoso al que fue sometida.
La Revolución y un collar de perlas
Al igual que muchos artistas e intelectuales de su generación, B.ursztyn había expresado interés y simpatía por la Revolución Cubana.algo que manifestó en entrevistas donde desafiaba a los periodistas, algo que Vásquez resalta en varias ocasiones. Le gustaba ponerse un collar de perlas y que la fotografiaran soldando metales pesados, mientras preguntaba si “así estaba más mujer”, cansada de que dijeran que su trabajo era masculino.
Feliza disparaba con frases como “En un país de machistas, ¡hágase la loca!”, aunque de loca no tenía un pelo, sino que siempre estaba remando en contra de una marea que no la entendía. A esos se sumó un viaje para exponer en La Casa de las Américas, donde vio de cerca la realidad de la isla, muy diferente a la de Colombia, cada vez más afectada por las diferencias políticas.
De ahí volvió con cartas y fotos que le habían dado para que no se cortara la comunicación con Cuba. Feliza se dedicó a contactar a esas personas porque sentía que era su misión, aunque la estaban espiando. y Pablo lo sabía. “Invitalos a tomar un café, no hables de estas cosas por teléfono”, le advertía, pero ya era tarde.
El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, hablando durante una entrevista con EFE, en Ciudad de México (México). EFE/José MéndezUna madrugada, entraron de manera forzada a su casa y se la llevaron. Le preguntaron si tenía miedo a ser violada y la acusaron por portacion de armas y de ser mensajera del gobierno de Castro.
La versión breve de esta compleja historia es que Pablo movió cielo y tierra hasta conseguir asilo en la Embajada de México, donde fue recibida por García Márquez durante dos meses en los que, según narró el escritor, no paraba de hablar de manera compulsiva sobre lo que había vivido, en un eterno estado de shock.
Después de eso, la única solución que encontraron fue París, donde ambos habían vivido antes, pensando que iban a establecerse y encontrar trabajo. Dejaron todo atrás. Amigos, recuerdos, documentos, pero por sobre todo. Feliza dejó su obra y su corazón en Colombia y por eso murió una fría noche de invierno de 1982, mientras cenaba con Pablo, los García Márquez y otros dos amigos.
Los nombres de Feliza presenta una historia fascinante de un artista que protagonizó una vida repleta de avatares, intensidad y aventuras.. Bursztyn se vinculó de cerca con el amor, el erotismo, el pensamiento crítico, la destrucción y la creación.
Para aquellos que conocen su obra, esta trama agrega matices y abre puertas, mientras que para los que no saben quién era, es una oportunidad para descubrir a una de los artistas latinoamericanos más importantes del siglo XX, a través de la mirada de Juan Gabriel Vásquez, que se convirtió en su gran interlocutor, guiado por Pablo Leyva, el guardián de su legado.
