03/03/2026
Actualizado a las 21:44h.
Dicen que no se mojaba, que se movía en una equidistancia irritante y que nunca tuvo una opinión rotunda. Pero la realidad es diferente: Ónega simplemente guardaba las distancias. Y lo hacía con celo, con un respeto reverencial por la democracia y un compromiso. … firme con la ironía gallega, esa que, de tanto poner distancia, acaba por acercarnos. En este oficio tan importante es encontrar un buen ángulo como que ese lugar esté lo suficientemente lejos; la cercanía excesiva distorsiona la percepción y la confianza. Y de ahí al activismo o al folklore. Así que la contención y el desapasionamiento son las bases sobre la que trabajan los maestros, que, en su caso, era algo así como levantar un cordón sanitario a la realidad para, minutos después, tirarlo abajo con los afectos. Todos los que le han tratado coinciden en que Ónega era cercano, afectuoso y especialmente dispuesto a ayudar a los que comenzaban. Yo he compartido con él muchos cierres de ‘La Brújula’ –sus famosas cartas– y he sido testigo del efecto que provocaban en el público. Y, sinceramente, resulta difícil de explicar, porque la fórmula era sencilla: un ensalzamiento, dos recuerdos, tres párrafos. Pero el público enloquecía y reaccionaba a sus palabras como si las hubiera pronunciado alguien que fuera mitad sacerdote, mitad bardo. En el restaurante Ezequiel, en la calle Ancha de León, se levantó para ir al cuarto de baño y los presentes se levantaron para aplaudirle, como si quien llorara fuera la Prima Donna del Liceo y no la vejiga de un periodista.
Pero vaya periodista. Ónega trabajó en ‘Arriba’, dirigió el diario ‘Ya’ y colaboró en ‘La Vanguardia’, entre otros. También hizo televisión, presentando los informativos de Telecinco y de Antena 3. Pero, ante todo, Ónega fue un hombre de radio, siendo pieza fundamental en Ser, en Cope y en Onda Cero, cadena de la que fue director general en dos ocasiones. No parece mal currículum: hacerlo todo, hacerlo bien y hacerlo dejando siempre un halo de grandeza y prestigio. Porque nadie hablaba mal de Ónega, era imposible criticar esa media sonrisa y esa bonhomía al cuadrado. Posiblemente todo ello viniera de su estatus como referente de la Transición. Porque antes de que existieran los ‘spin doctores’, los asesores en semántica performativa y otros fraudes posmodernos, ya había quien escribía para un país entero. Él lo hizo para Suárez –«puedo prometer y prometer»–, fórmula que dejó de ser electoral para convertirse en una manera de entender la política: la palabra a la vez como compromiso público y como contrato moral. Así que detrás de aquella cadencia solemne y casi litúrgica de Suárez estaba la inteligencia de Ónega, que entendió antes que nadie que la democracia no se construye solo con leyes: hace falta lenguaje.
alivio simbólico
Con su muerte se apaga algo más que un periodista: se apaga una voz que fue testigo y artesano de esa España que aprendió a hablar sin gritar. Es decir, la España de los que creemos en España. Ejerció el periodismo como si supiera que, para construir la democracia, no era suficiente con los políticos y que era necesario el valor pedagógico de la palabra. Oh mar, de la prensa. Ahora que se va, su figura adquirirá un alivio simbólico. En tiempos de hipérbole y de frases proyectiles la memoria de Ónega funcionará como anticuerpo para los que intentan hacernos creer que la Transición fue un desastre. Pero uno no puede evitar preguntarse qué queda de aquella España que dialogaba sin bronca permanente, es decir, la España de Ónega. Con él se va un modo de entender la palabra pública y una voz que no necesitó gritar para marcar el tono de una época. Y en estos tiempos de ruido, quizás esa sea su lección más urgente. Descanse en paz.

