Yo soy bucólico”, dice uno de los personajes de Historias del buen valle, la nueva película de José Luis Guérin. Se trata de un payés que celebra la agricultura y la buena vida junto a su amigo, un anciano en duelo que habla con sus plantas. También disfrutan de la vida, mediante el baile, la cerveza, la recolección y el aprendizaje de idiomas vegetales otros vecinos del barrio de Vallbona, esa mezcla inverosímil de autopista y botánica, de rincones rurales y pisos de protección oficial, en la periferia norte de Barcelona, la que conecta con el río Besòs, en vibración constante por las obras del AVE. Mientras los partidos de derecha y Securitas Direct avivan el miedo a los pobres y los inmigrantes, Guerin ha firmado una docuficción utópica, protagonizada por locales y transcontinentales, un hermoso poema bucólico y documental.
Veinticinco años exactos después de En construcción, nos muestra a dónde están yendo a vivir los expulsados del Raval y el resto de barrios del centro. Algunos lo hacen con amargura por los privilegios perdidos, otros con agradecimiento por el entorno ecológico o la belleza de la montaña, a la espera de que llegue también hasta allí la especulación que no se detiene. Los que hemos paseado por aquellas calles o hemos seguido el curso del Rec Comtal, esos metros cuadrados de obra y agua por los que fluye la historia metropolitana hasta la edad media, con los dos libros bajo el brazo que sobre esa infraestructura hidráulica ha escrito el sabio Enric H. March, hemos sentido lo mismo que en el Carmelo o La Clota: estar pisando un bello anacronismo, un espacio único y amenazado. Ya desapareció la Colonia Castells y las Casas Baratas son un museo. En la época de la diversidad, es cada vez más homogéneo el Modelo Barcelona.
Primero fueron los más pobres del Raval y el Barri Gòtic, les están siguiendo profesionales de la cultura.
Después de El 47, una película que nos lleva desde la archiconocida plaza Catalunya hasta la construcción de Torre Baró, Guerin nos muestra ahora lo que ocurrió y ocurre en el barrio vecino. En esos movimientos no solo se percibe un cierto hartazgo de la vieja Ciudad Condal, que se traduce en la exploración de sus orillas no representadas, también se advierte un fenómeno histórico. El de los expulsados de Barcelona. Primero fueron los más pobres del Raval y el Barri Gòtic, los vagabundos de la chatarra, los trabajadores informales, los mileuristas; les están siguiendo muchísimos profesionales de la cultura. La desaparición hace cinco años del casi centenario restaurante Can Lluís, que ha inspirado la serie Ravalear de Pol Rodríguez, cuando un fondo de inversión israelí adquirió el edificio, nos recuerda que nadie está a salvo. Allí iba a comer Guerin mientras rodaba En construcción. Ahora lo han reabierto, con voluntad casi arqueológica, los rusos Denis Minkin y Olga Minkina, que llegaron a Cataluña hace diez años, ya habían reformado un edificio del barrio para convertirlo en apartamentos turísticos y han comprado el local.
