El título puede llevar a un engaño, pero Koljós (Anagrama) no trata del sistema agrario de la Unión Soviética, sino que es “un libro sobre la piedad filial”, según lo define su autor, Emmanuel Carrère (París, 1957), en una de sus páginas. Y claro está, en esta novela vuelve a darse cuenta de esa mezcla entre la historia que se cuenta, en este caso la apasionante biografía de su madre –una mujer en la que “había cierta grandeza” no exenta de “aspectos cómicos”– y el yo del narrador que caracteriza toda su obra.
piedad filial
“En el retrato hay cierta brutalidad, pero no hay resentimiento, tampoco devoción”
Hélène Carrère d’Encausse “se inclinaba por la tercera persona, objetiva y académica”, dice de su madre, mientras que usted escribe lo que ha dado en llamarse autoficción.
Es cierto que en mis libros estoy muy presente, pero en ellos abordo otros temas bastante extensamente, así que sigo un poco perplejo con ese término. Si consideramos El Reino Una reflexión sobre los inicios del cristianismo, podemos decir que el papel del narrador es muy importante, más de lo habitual, pero si lo consideramos una obra autobiográfica, el narrador es extremadamente discreto.
¿No te gusta ese concepto?
es Koljós no hay nada de ficción. El porcentaje de ficción es 0. Bueno, quizás 0,5. Hay casos en los que es del todo apropiado, pero son extremadamente raros, como el falso Philip Roth de Operación Shylock que convierte al autor en personaje ficticio. De lo contrario, nos encontramos con textos como los míos, donde el narrador desempeña un papel importante. Pero es una cuestión puramente terminológica. Para mí es insatisfactorio, quizás deberíamos acuñar otro. Pero no importa.
Esa mezcla de lo íntimo y lo social se da en el mismo título, porque “hacer koljós” es como llamaban usted y sus hermanas a pasar la noche, los días que su padre estaba ausente, en la habitación de su madre.
Sí, eso es lo que define la obra, ese entrelazamiento entre gran historia e historia personal.
También hay una tensión entre esa “piedad filial” y la crítica, con algunas dosis de humor, hacia el carácter de su madre, “una intelectual de derechas”.
Sí, pero no hay resentimiento. Es un libro escrito con gran admiración hacia ella después de su muerte. Pero estoy de acuerdo en que hay cierta brutalidad. Es una piedad que no es devota, digamos. Ahí lo tenemos.
De hecho, se puede leer como una saga familiar, una novela sobre esas relaciones que usted define como verticales, de padres e hijos, en contraposición a las horizontales, que serían los coetáneos. ¿Cuáles pesan más?
Ambas. Pero creo que con la edad la dimensión vertical de la vida se vuelve más importante durante mucho más tiempo, que somos más sensibles al vínculo entre generaciones.
es Koljós Aparece también su trastorno bipolar. ¿Está relacionado ese aspecto con la búsqueda de espiritualidad, de la fe, que se ve en algunos libros suyos como Yoga o El reino ?
Trato de transmitir esa aspiración a cierta serenidad, a cierto equilibrio. es Yoga comparto con toda franqueza una estancia en un hospital psiquiátrico. Y repito: no es autoficción, es autobiográfico. En cuanto a El Reino cabe decir que la figura de san Pablo es un santo patrón de las personas bipolares, hasta tiene un toque de paranoia.
Y después de vivir esas experiencias tan intensas, ¿cómo se define ahora: ateo, agnóstico…?
Agnóstico. Sí, sí, no soy ni de lejos lo suficientemente creyentes como para ser ateo.
Perplejidad
“Mi madre creía que Putin era un autócrata con el que, aún así, se podía negociar”
En las páginas centrales de Koljós se muestra muy crítico con el Mayo del 68 francés, a cuyos líderes acusan de acumular “el prestigio de la rebelión y las ventajas del poder”, en contraposición a la primavera de Praga, tras la que “había que tener muchas ganas para seguir siendo comunista” como Sartre, que miraba para otro lado.
Sí, pero bueno… Creo que en cierto modo exageré un poco al decir que el odio de las generaciones jóvenes a los boomers está justificado, porque en realidad no lo está tanto. Sobre este tema leí una frase extraordinaria: “Es la única generación que mató tanto a los padres como a los hijos” (aparece en La piel dura de Vanessa Schneider). Es violento, pero muy impactante. Pero sí, la primavera de Praga implicó más coraje, aunque el Mayo del 68 fue, no solo en Francia, algo inmenso.
¿Se siente de algún modo responsable de este crimen?
Un poco sí, un poco. Aunque yo soy un boomer tardío. Pero hay una realidad objetiva: los jóvenes de hoy viven peor.
Koljós También retrata la ambivalencia entre lo ruso, que los emigrados de su familia sienten como algo propio, y lo soviético, que ven como el enemigo.
Mi madre nació en una familia de emigrantes rusos y georgianos que por definición era radicalmente antisoviética. Sin embargo, en sus años de formación, en la posguerra, el mundo intelectual, en general, era muy favorable a la URSS, al comunismo, y al mismo tiempo se convirtió en una especialista en la Unión Soviética, porque le fascinaba… Es un tema extraño.
Y luego, con el derrumbe de la URSS, se hizo experta en Rusia, pero no vio venir la deriva de Vladímir Putin…
En esencia, creía que la tiranía había terminado con la caída del Muro y que en Rusia empezaba el reino de la libertad. Ahí se equivocó, por su ilusión. Ella lo deseaba, tenía fe en Rusia, quería que se acercara a Europa.
Y al final llegó la invasión de Ucrania, en el 2022.
No consideraba a Putin un estadista simpático ni un demócrata, sino un autócrata con el que se podía negociar. Por eso entonces se derrumbó diciendo: “Ya no entiendo nada”. Sin duda le afectó mucho.

