Jordi Teixidor es un pintor filosófico. Esta afirmación puede sonar exagerada o, de forma errónea, llevar a la deducción apresurada de que su pintura necesitara un ‘argumentario’ retórico o una letanía citacionista. Cuando califico a este gran pintor abstracto de esa forma es porque en … sus obras tardías la máxima tensión meditativa, en una voluntad de pensar tanto el origen como el límite del arte.
Sin duda, en su estética subyace, sin pedantería ni academicismo, un tono inequívocamente ‘heideggeriano’, una preocupación o, mejor, una urgencia por el ser que se revela como un acontecimiento en el abismo de la experiencia de la nada.
Desde sus años formativos a finales de los cincuenta, en la escuela de Bellas Artes de San Carlos en la que tan sólo pudo tener sintonía con Alfons Roig y Joaquín Michavila, se decantó por la opción abstracta en clara confrontación con el ‘sorollismo’ y las propuestas figurativas.
La verdadera escuela en la que comenzó a entrever su camino creativo la encontró en Cuenca, donde pudo conversar intensamente con Gustavo Torner y, por supuesto, con los miembros de El Paso, especialmente con Saura o Millares. Recordemos esa mítica fotografía en la que el joven Teixidor está, junto a Yturralde, en primera línea junto a todos los que participaron en la inauguración del Museo de Arte Abstracto en las Casas Colgadas.
Con unos planteamientos admirablemente rigurosos, Teixidor ha sido capaz desde hace seis décadas de intensificar su concepción de la abstracción que no tiene, a pesar de las apariencias, nada de minimalista.
Según San Juan de la Cruz
El mantra de franco estela de «lo que ves es lo que ves» está en las antípodas de Jordi Teixidor, que ha insistido en que lo fundamental es adentrarse en lo invisible o, en términos poéticos, en lo que no puede ser dicho. Esta es una estricta paradoja: «No tienes que pintar –declara en el diálogo con Rafael Herrera Guillén que se ha publicado como libro con el título de ‘Las cenizas del Ángel’ (Ed. Tecnos, 2025)– lo que ves. Tienes que pintar a partir de lo que no ves». No puede entonces extrañar que retome la fórmula de Juan de la Cruz según la cual «hemos venido a no ver».
En las imágenes, detalles de ‘Brindisi’ (2021), ‘Cuaderno’ (1992) y ‘Sin título’ (1991).
(ABECEDARIO)
Lo que vemos en la Sala Alcalá 31 Es, en verdad, una imponente manifestación de coraje y madurez creativa, con una búsqueda apasionada, sin miedo al fracaso, de lo esencial. El montaje espléndido evita la tendencia al ‘panelado’ habitual en ese espacio para invitar a la contemplación pausada. Desde el ‘Triángulo con puerta rectangular’ (1967) encontramos un umbral que va rítmicamente llevándonos de cuadro en cuadro, revelando que la tarea artística no busca un final, salvo que su anhelo sea la fosilización.
Dialogando, sin angustia de las influencias, con Malevitch, Rothko, Newman o Reinhardt, Teixidor va jugando una partida que es, en última instancia, un desafío consigo mismo. En el canal de la UNED está colgada una conversación iluminada en la que expresa su admiración por Beckett y también la importancia que le concede al vaciamiento en clave existencial. Sus ‘bodegones vacíos’, herederos radicales del espacio pictórico cartujano de Sánchez Cotán, consiguen que la mirada encuentre en la geometría y la abstracción algo hermosamente ‘concreto’.
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‘Sin resolución’

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Lugar:
Sala Alcalá 31 -
Ciudad:
Madrid -
Dirección:
C/ Alcalá, 31 -
Comisario:
Ángel Calvo Ulloa -
Clausura:
Hasta el 19 de abril -
Valoración:
tres estrellas
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El ‘no-res’ de Teixidor es, insisto en el pensamiento heideggeriano, la condición de posibilidad de la que la cosa sea. En la conversación con Ángel Calvo Ulloa con la que concluye el catálogo, menciona incluso que la «muerte de Dios» enunciada por Nietzsche no es una hecatombe sino, al contrario, la posibilidad de ser, la instancia que todavía permite crear algo.
Lo que podríamos calificar como su ‘ontología pictórica del límite’ nos emplazan a atravesar el nihilismo para empezar a ver lo imprevisto. En sus últimas y fascinantes pinturas modula, sin literalismos, la profunda relectura que ha realizado de las ‘Elegías de Duino’ rilkeanas. Comprender que la belleza no es sino el comienzo de lo terrible no lleva inevitablemente a la desesperación: a veces, como en esta exposición, sucede algo feliz.
