En esta primavera no zarpará la gabarra, el fabuloso barco que surca el Nervión cada vez que el Athletic, su Athletic, se apropia de un título.
(Los mitómanos recordarán escenas muy recientes, escenas del 2024, fecha del último arreón de los leones ).
Si la gabarra no suelta los amarres en el Nervión será porque se lo impide la Real Sociedad, el conjunto de Materazzo que este miércoles, en Anoeta, le cortaba definitivamente el paso a los rojiblancos. Han bastado el gol de Turrientes en la ida en San Mamés (0-1) y el despliegue técnico y el acierto desde el punto de penalti del estupendo Oyarzabal para cortarle definitivamente las alas al Athletic de Valverde, una montaña rusa en este curso, enfrascado en un quiero pero no puedo.
Muy poco juego ha desplegado el Athletic, enmarañado sin Nico Williams (con pubalgia), Sannadi, Beñat Prados ni Ruiz de Galarreta, que se había dislocado un hombro el fin de semana en Vallecas, y espoleada por el bueno de Oyarzabal, la Real ha gestionado de maravilla el maravilloso gol de la ida en San Mamés.
Contemplar el fútbol de Oyarzabal es un regalo: surte de matices un partido de jornaleros
Contemplar el fútbol de Oyarzabal es un regalo para los sentidos.
El zurdo recorta, contemporiza, ordena y desordena. Practica un juego intuitivo, repleto de matices, eleva el espectáculo. Y como si moviera la batuta, la Real baila a su compás.
La armonía de Oyarzabal, pura luz en un encuentro atiborrado de jornaleros, ha ido desactivando los achuchones del Athletic, muy intenso en el inicio del partido y también en la apertura del segundo periodo.
Desaparecido Iñaki Williams, acorralado e invisible en el carril durante los primeros cincuenta minutos, eran Sancet y Yuri quienes le buscaban las cosquillas a la zaga de la Real.
Sin embargo, también todos ellos se iban desfigurando conforme pasaban los minutos, aburridos por el temple y la cautela de la Real, magnífica telaraña en el centro del campo y también muy sólida en la retaguardia, empeñada como está en revivir aquellos días en que se había apropiado de la extraña Copa del 2020, la que iba a resolverse en el 2021, consecuencias de la pandemia (entonces también aturdió al Athletic, por 1-0).
La reaparición de Yangel Herrera, buen fondo de armario para Materazzo, ha desconfigurado al Athletic, al forzar un penalti que anotaba Oyarzabal, ¿quién si no?, y cerrar la ronda en el minuto 87.
Igual que en aquel 2021, La Cartuja de Sevilla acogerá la final del 18 de abril (La Cartuja es sede fija desde hace siete años), y entonada lo hará esta Real que ilusiona a la parroquia donostiarra (37.000 espectadores anoche, casi un pleno en un estadio topado en 40.000) e incluso se plantea la posibilidad de auparse a Europa.
No será un regalo.
En La Cartuja espera el experimentado Atlético de Simeone, verdugo del Barça y eterno outsider que no gana la Copa desde hace trece años.
