Poliana Lima ha venido al mundo de la danza a recordar que el cuerpo es un lugar de saber, de conocimiento y de inteligencia, tanto como lo puede ser la mente articulada, la palabra o la razón. Que no hay jerarquías. Que la expresión sexual no hace inferior a una expresión artística. Este es uno de los empeños que, desde su mirada de socióloga, ha puesto en su trabajo la creadora brasileña afincada en Madrid desde hace tres lustros.
El Mercat de les Flors propone una tríada de espectáculos suyos que comparten, como toda su obra, un nexo de unión: la cuestión de la identidad. Y en los últimos años, se ha centrado este enfoque en la cuestión cultural. Por dos razones fundamentales. Por ser migrada en España desde el 2010 y por el hecho de haber nacido y vivido en Brasil hasta los 27 años. “Un país que, por haber sido colonia, no está conformado por un único linaje: la diáspora africana está muy presente, pero sin ser nombrada”, advierte. Las preguntas antropológicas que se hace respecto a la danza tienen que ver con un mundo en el cual no se siente plenamente encajada.
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“Desde siempre he tratado la danza y mi relación con el cuerpo y el cuerpo en escena como una escritura. Para mí, las culturas son escrituras, escrituras en el sentido de que marcan tu tono muscular, el tono de tu voz, si te mueves con movimientos grandes y amplios, si te mueves con movimientos chiquititos, los tipos de danza que se articulan en unas culturas y otras, si se mueve más o se mueve menos la columna, si te mueves más en el espacio, si solo se mueven las piernas o los brazos… Todo esto son escrituras que pasan por el filtro de una cultura”. Y es justamente ese el paraguas conceptual sobre el cual todas esas tres piezas se asientan: el cuerpo y la cultura. Y cada una lo trata desde un lugar específico.
En Brasil no se reconocen las culturas de matrices africanas, y eso está presente en el cuerpo de todas las personas, las blancas y las negras: es cultural, no racial”
Este miércoles, antes incluso de que se diera por iniciado el festival Dansa Metropolitana -que hasta el día 22 de marzo despliega noventa espectáculos por doce ciudades del cinturón barcelonés- se vio en el Mercat de les Flors Oro Negro. Ahí Lima siente el peso de la cultura brasileña en su cuerpo, elementos a admirar y atesorar, pero “que han sido muy maltratados en Brasil, pues no se acreditan ni reconocen las culturas de matrices africanas, y yo siento que eso está presente en el cuerpo de todas las personas, las blancas, las negras, o sea que es cultural, no es una cuestión racial”.
Estas ideas las desarrolla en terreno común, Segunda parte de lo que será una trilogía. Ahí Lima extrapola un personaje e invita a una pequeña pandilla para formular las preguntas sobre la comunidad y la diversidad. “Común y diverso parecen dos cosas diferentes, pero no es posible tener una comunidad si no hay diversidad. Cualquier ecosistema, como una célula, necesitan de la diversidad para que haya un buen funcionamiento”. De manera que un sexteto jugará a transmitir al otro sus pasos y sus maneras de moverse, como si fuera una comunidad que va poco a poco compartiendo código, “y que inicialmente está enfrentada al público, ¿no?, el que observa al migrante, al que es diferente”.
“Cuánto más miras una persona, cuánto más tiempo pasas con ella, sus hábitos y su forma de ser, menos lejano te parece y mejor percibes lo común. Esa es la verdad sobre El terreno común”. advierte la coreógrafa.

Yinka Esi Graves y Poliana Lima emprenden una creación conjunta en ‘A Place to Dance’
Un lugar para bailare, la tercera de las piezas que muestra el Mercat, no es parte de la trilogía pero bebe de ella. Nace como una colaboración con la bailaora inglesa de flamenco Yinka Esi Graves, de padres llegados de Ghana y Jamaica, por lo que parte de una visión muy prismática de la diversidad cultural. Graves se ha formulado preguntas respecto a la escritura cultural en el cuerpo. Desde el momento en que tomó la primera clase de flamenco y sintió que había una memoria que la vinculaba a aquella expresión.
“Juntas hemos ampliado nuestras formas de hacer para abrazar la manera de hacer de la otra. Es una pieza sobre la escucha y sobre la fuerza de la danza, sobre el cuerpo como colectividad, porque es una pieza fiesta, con el público sumergido también en un ritmo, participante. Es muy bonito llegar a una a una fiesta en el cual se está disponiendo toda una cultura a través de la música. Porque Yinka y yo no vemos la danza como un lugar solamente decorativo, sino que es más bien un lugar de filosofía, pensamiento, un lugar también de sanación, religión, arte, ciencia Que yo siento que es algo que se ha perdido en los últimos siglos de capitalismo radical”.
Para una niña de una localidad cercana a Sao Paulo, en la que había un solo cine y se pasaba la misma película durante seis meses, ir a clases de ballet era mirar a Europa desde la periferia
El cuerpo, añade, registra malestares culturales que no necesariamente han sido percibidos de manera cognitiva. Ni verbalizados. En su caso, como niña educada en una localidad cercana a São Paulo en la que únicamente había un cine y se pasaba la misma película durante seis meses, acudir a clases de danza clásica significaba observar a Europa desde la periferia. “Es un constante medirse, ver cómo querríamos ser”, recuerda.
“Yo bailé ballet, pero es parte de mi formación como lo es el carnaval de Brasil y todas las danzas que bailé en la calle, porque Brasil es un país en el cual se baila muchísimo, el país con la mayor diáspora africana fuera de África. Es algo que vives de manera cotidiana. Sin ser consciente de por qué te mueves de esta forma, ni por qué tienes esta relación con tu cuerpo, con tu sexualidad. No sabes de dónde viene. Parece que cae del cielo”. Sus preguntas eran urgentes, dice, porque no entendía muy bien ni de venía dónde ni qué era aquello. Lo vivía con muchísima confusión. Porque la danza es experimental, se vive a través del propio cuerpo.
Si está la sensualidad, si hay una sexualidad en el movimiento, entonces no puede ser inteligente. Y, por tanto, es inferior”
El tabú del cuerpo, la sensualidad de la danza, no se lee del mismo modo en Brasil que en Europa. A veces se observa desde el Viejo continente con fascinación. Pero a veces con prejuicio, apunta a Lima. “Aquí el culo de una latina bailando despierta muchos prejuicios. Si está la sensualidad, si hay una sexualidad, entonces no puede ser inteligente. Y, por tanto, es inferior. “Ahí están todos los juicios de valor que se hacen respecto al mundo latino y la sexualidad. Desde el feminismo se ve como algo machista, como que las mujeres se están rebajando moviéndose así”.
En Oro Negro, Poliana Lima se entretiene a presentar las partes blandas de su cuerpo, que se mueven. Presenta el vientre, presenta el culo. “Vemos formas diferentes de vivir y organizar la vida. Y que, cuanto más cuerpo eres, menos inteligente se te considera: no entras en el patrón occidental de lo que es lo bueno, lo verdadero. Y eso no tiene que ver con ser blanca o no ser blanca”. “A mí me han llegado a preguntar por qué erotizo el cuerpo -prosigue-. Bueno, es que en ningún momento pasa por nuestra cabeza que a lo mejor yo como mujer también puedo desear. No soy solo objeto de deseo. En ningún momento puedo querer… No sé, creo que hay temas que hay que debatir y que hay que problematizar”.
