La vida de Maeve Brennan podría haber sido el argumento de un melodrama de Douglas Sirk: de singular belleza y talento, la joven escritora irlandesa que llega a la Gran Manzana, deslumbrando en las redacciones así como entre la alta sociedad. Tras un corto y malogrado matrimonio comienza una vida de errancia, que con los años y el alcoholismo, horadará su frágil salud mental.
Hacia el final de su vida, deambulará por las calles de la ciudad, vivirá en hoteles o viajará sola en la playa con su perro y gatos, y ya casi nadie recordará sus días de esplendor. Habría que esperar años, y el azar de que alguien se cruzara con algunas de las muchas crónicas o los cuentos publicados en el. neoyorquinopárrafo recuperar esta exquisita voz literaria dueña de un agudísimo sentido de la observación.
La figura de Brennan recuerda, de algún modo, el misterio de Vivian Maier.: en ambas, se da una mirada oblicua sobre lo cotidiano, que no busca intervenir ni es centro de las escenas, y en las que el anonimato parece ser, en buena medida, condición de la mirada.
la editorial Eterna Cadencia acaba de publicar El Jardín de las Rosas, una antología de sus cuentos con traducción y prólogo de Jorge Fonderbrider. La edición resulta una oportunidad para ingresar al universo de Brennan, a través de quince relatos que recorren tres zonas o momentos de su literatura: el mundo del “Herbert’s Retreat” –la representación literaria de un condominio suburbano en las afueras de Nueva York donde vivió Brennan–, los cuentos inspirados en recuerdos de su infancia en Dublin, y los últimos (y solitarios) años en una casa de la playa.
De Dublín a la Gran Manzana
La joven Maeve Llegó con diecisiete años desde Irlanda a los Estados Unidos, donde se formaría en artes y bibliotecología. Era hija del periodista, editor y político nacionalista irlandés Robert Brennan quien, entre 1938 y 1947, fue designado como representante de Irlanda en los Estados Unidos.
Tras sus estudios en Washington, Brennan decidió quedarse en el país y comenzar su propia carrera en el periodismo.primero, en torno al mundo de la moda, en el bazar de los harpistas, hasta que le llegó la propuesta de El neoyorquino: ser la firma (anónima) detrás de “The talk of the town” (lo que se dice en la ciudad), la columna de crónicas urbanas que publicaría durante casi treinta añosy en las que plasmaría su mirada literaria sobre la sociedad que la recibía, caminando sus calles, persiguiendo a sus personajes, capturando escenas, como si las describiera una mañana cualquiera a vuelo de pájaro.
Por esos tiempos, Maeve tuvo una vida glamorosa, entre redacciones y eventos de la sociedad.. De una sofisticada belleza, se dice que en ella se inspiró Truman Capote –quien fue su amigo– para el personaje de Desayuno en tiffany y que la elección de Audrey Hepburn también tuvo por modelo a la irlandesa.
Estuvo casada con St. Clair McKelway, escritor y editor en jefe de El neoyorquino, y tuvo el aprecio e impulso de sus editores para que incursionara en la publicación de ficción, con relatos de impronta autobiográfica que resultan también un contrapunto de esas crónicas urbanas escritas bajo seudónimo.
La vista desde la cocina
“Herbert’s Reatreat es una hospitalaria comunidad de unas cuarenta casas agrupadas en la orilla este del Hudson, a algo más de cuarenta y ocho kilómetros al norte de Nueva York”. Con esta descripción de contexto, el primer cuento de la antología. nos presentamos en la geografía de este barrio cerrado, para las clases acomodadasversión libre del barrio en el que vivió durante su breve matrimonio con McKelway.
La escritora irlandesa Maeve Brennan. Foto: archivo Clarín.En los cuentos de “El retiro de Herbert”, Brennan se acerca a la tradición de escritores que disecciona el ocio burgués.: vidas lujosas, pero superficiales detrás de y una escenografía de roles que describen en detalle y con sutil ironía, como quien ha visto de cerca –o participado– de cada una de estas escenas, tomando nota de sus costumbres, sus gestos y movimientos, y hasta sus palabras favoritas. “La de Liza era ‘inmaculada’. Y la que menos le gustaba era ‘apetito'”.
Detrás de lujos y placeres del grupo selecto de habitantes, la narradora expone sus falsedades y vulnerabilidades a través de las cuales se leen el tedio y la insatisfacción. Así el personaje del crítico teatral y literario Charles Runyon, presentado como un “Dios” adorado por Leona, una de las propietarias del condominio, está desnudo en otro relato en la triste intimidad de su cuarto de hotel sin sol, realidad que oculta a su propia amiga.
Otro contrapunto que suelen ofrecer las empleadas domésticas, por lo general irlandesas, personajes extrovertidos, protagonistas de extensas escenas, diálogos y reflexiones.s, y en boca de quienes la narradora suele poner bromas y ridiculizar a sus jefes. “Era raro que una de las casas de Herbert’s Retreat no estuviera alborotada porque algún miembro del personal doméstico que estuviera a punto de o acabara de irse, y que la anfitriona de la cena programada no estuviese llamada frenéticamente a sus vecinas para averiguar cuál de las mucamas que les quedaría disponible para ayudar esa noche. Todo esto, claro, les daba a las mucamas una gran sensación de poder”.
Entre cocteles y caminatas por los jardines, Brennan también expone los malestares familiares de la alta sociedad: en “El anacronismo”, la madre de Liza se rebela de su hija haciendo migas con la mucama alrededor del fuego de la cocina); o el caso de las “almas perdidas” –“gente que se había quedado afuera porque en el tren no había lugar para ellos”– invitadas caritativamente por Isabel en las Navidades del cuento “El bromista”, gesto del que la anfitriona se arrepiente muy pronto al encontrar insoportables.
Los años dublineses
Vuelta hacia su infancia en Irlandalos relatos de Brennan se vuelven costumbristas para desgranar la vida de personajes enjutos marcados por enfermedades y desgracias, otros presos de sus cuerpos, o simplemente, con limitaciones económicas.
Más allá de las tramas, la escritura de Brennan siempre es rica en detalles: “El teléfono había sido desenchufado, la heladera desconectada, todas las ventanas habían sido cerradas, y todas las camas, salvo la suya, estaban sin sábanas por el verano” (La novia). “Las escaleras se abrían paso, torcidas y duras, a través de la casa, y algunos de sus escalones eran tan estrechos que era difícil encontrar un punto de apoyo” (El jardín de rosas).
La escritora irlandesa Maeve Brennan. Foto: archivo Clarín.Se percibe la tensión entre la distancia –el tiempo, la experiencia– con esas escenas, y cierta piedad o afecto por los personajes: lo vemos en “El Terror sagrado”: Mary Ramsay, odiosa cuidadora del baño de damas del Royal Hotel de Dublín, hace de su lugar de trabajo “su teatro y su reino”, y nadie puede escapar de ella; o en la amarga vida de Mary Lambert, comerciante viuda, víctima del desamor paterno, atorada por la obesidad y los complejos, quien espera cada junio para dar rienda a su único deseo: la visita al jardín de rosas de las monjas de la Santa Pasión.
En la ciudad de su infancia, también importa el qué dirán: “Era muy importante mantener las apariencias de un lugar, especialmente ahí, en Dublin, donde la gente solo busca una excusa para menospreciarte”, sostiene la madre de “El principio de una larga historia”, quien, aunque ya es parte de la clase media, por haber llegado del campo, siente que todavía debe “demostrar quién era”.
En definitiva, ¿cómo no sentir compasión ante el señor y la señora Briscoe, los protagonistas de “Los bohemios”, quienes tenían “la mirada brillante e inquisidora de la gente que nunca aprendió a controlar sus sueños”?
Un velo de melancolía
La melancolía de Brennan trascendió los límites de una época y las geografías: con el paso de los años, volvería a aparecer en su mirada sobre la vejez (“Las hijas”) o, paradigmáticamente, en los huéspedes permanentes de los hoteles: ese espacio inestable entre lo privado y lo público, entre la propiedad y lo transitorio (en donde viviría la propia Brennan tras separarse).
En el cuento “Una noche nevada en la calle Cuarenta y Nueve Oeste” se observa a través de la bilis gris a la propia ciudad de Nueva York “como una convaleciente”desde una callejuela a la sombra del mundo, con aire de penurias, un lugar “donde nadie vive, ya, realmente”.
En sus últimos años, Brennan abandonó la ciudad con frecuencia, para pasar temporadas en soledad a la playa con su perra Bluebell y sus gatos.. En los relatos de esta época, paulatinamente va cediendo el protagonismo a los animales, y en buena medida, miramos el mundo a través de sus ojos, sus movimientos, sus instintos. Mientras la narradora humana observa todo en estado de ensoñación.
El Jardín de las Rosasde Maeve Brennan (Eterna Cadencia).
