Pero desde que Estados Unidos e Israel mataron el sábado al líder supremo de la República Islámica, el ayatolá Alí Jamenei, Teherán ha lanzado proyectos contra grupos armados kurdos iraníes en una región montañosa del norte de Irak, cerca de la frontera con Irán, en la que se refugian facciones contrarias a la estructura teocrática impuesta en 1979 tras la revolución que derrocó al sah Mohammad Reza Pahlavi.
Un miliciano murió el miércoles en uno de estos bombardeos, según un responsable kurdo.
Medios estadounidenses afirman que Estados Unidos tiene previsto armar a milicias kurdas para provocar un levantamiento contra el poder, una información “completamente falsa”, según el portavoz de la Casa Blanca.
No obstante, informó que el presidente estadounidense, Donald Trump, había “hablado con dirigentes kurdos” sobre la base militar de Washington en el norte de Irak.
“Presencia sobre el terreno”
Los combatientes kurdos, a los que Teherán califica de “terroristas”, son los “más organizados del movimiento de oposición iraní en sentido amplio”, explica Mohammed Salih, investigador del Foreign Policy Research Institute, en Estados Unidos.
Por el contrario, aunque Reza Pahlavi, hijo del último sah, goza de cierto reconocimiento gracias a su nombre, no cuenta con apoyo armado en territorio iraní, recuerda.
“Dada la dirección que están tomando las operaciones en Irán, Estados Unidos e Israel van a necesitar presencia armada en el terreno, partiendo de la base de que no tienen intención de enviar sus propias tropas», considera Salih.
Los combatientes kurdos pueden desempeñar, en mayor o menor medida, el rol de apoyo que tuvo la Alianza del Norte en 2001 contra los talibanes en Afganistán para crear una zona segura desde la cual operen las fuerzas especiales estadounidenses, piensa Stefano Ritondale, responsable en Artorias, empresa especializada en análisis de inteligencia.
