Llueve en Guadalajara a modo de despedida. El ruido de la autopista llega hasta la habitación, abierta la ventana, ese trozo permitido, apto solo para el suicidio si tiene uno del tamaño de Mickey Mouse. Tengo desperdigados por la cama libros de autores mexicanos de los que aún no había oído que existieran, y que quizás me enamoran, me fidelicen, ávido por conocer qué ven sus ojos, cómo explican su vida, esta ciudad, este país. Los encuentros como estos no solo sirven como complemento en vanidad a escritores, músicos, actores y dramaturgos.
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