En la actualidad conviven millas de historias, ficticias y reales, que compiten por definir nuestra percepción del mundo. La autora británica Jeanette Winterson (Manchester, 1959) decide cuestionar quién tiene el poder de contarlas. En su nuevo libro, ‘Un Aladino y dos lámparas.‘ (Lumen/Periscopi), vuelve a un territorio que le es propio: el de la imaginación como fuerza transformadora y la literatura como acto político. Durante su visita a Barcelona, donde fue investida doctora honoris causa por la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), insistió en que “leer no es un lujo cultural” sino una práctica que entrena la mente para detectar discursos manipuladores y narradores poco confiables. “La imaginación -defendió- constituye el superpoder humano: la capacidad de preguntarse ‘¿y si no?’” cuando una versión de la realidad se presenta como inamovible. “La imaginación ayudará a los jóvenes a mover el mundo en la dirección que nos interesa a todos”.
No es una novela convencional, sino un texto híbrido que entrelaza memoria personal, ensayo cultural y relectura contemporánea de ‘Las mil y una noches’. Winterson se disfraza de Aladino para volver a la niña que fue. Entonces en una biblioteca pública del norte de Inglaterra descubrió que la imaginación podía ser una forma de fuga. Pero su Aladino no frota una lámpara para pedir deseos, sino que utiliza el lenguaje. Interroga la historia que heredó y abre la posibilidad de escribirla de nuevo.
“En ‘Las mil y una noches’ todo depende de los encuentros de los personajes, nunca sabes como acabará cada historia, porque lo importante es con quien te cruza en el camino y cómo lo trata”, precisó. En el corazón del libro no está únicamente Aladino, sino Sherezade, la joven que se ofrece al rey sabiendo que será ejecutada al amanecer. Frente al poder absoluto de un monarca, Sherezade no empuña armas ni encabeza rebeliones. Habla. Cuenta historias. Y cada noche interrumpe el relato antes del final, dejando la narración suspendida y aplazando así su ejecución.
Ese gesto es fundamental para Winterson ya que Sherezade no solo salva su vida gracias a la narración, sino que transforma al propio rey a través del diálogo.
De la biblioteca al mito
La autora, reconocida internacionalmente desde la publicación en 1985 de ‘Las naranjas no son la única fruta’, ha construido una trayectoria literaria atravesada por la exploración de la identidad, el género y los límites entre ficción y autobiografía. En obras como ‘Escrito en el cuerpo’, ‘Por qué ser feliz cuando puedes ser normal’ o ‘Frankissstein’, ha defendido que la literatura no solo describe el mundo: lo reimagina.
En ‘Un Aladino y dos lámparas’, esa idea adquiere un carácter específicamente político. El libro parte de un recuerdo de infancia: la visita escolar a una representación de Aladino y el descubrimiento posterior, en una biblioteca pública, de la versión completa de ‘Las mil y una noches’. Aquella experiencia le reveló que “las historias pudieron abrir otras vidas posibles. No cambian los hechos, pero sí transforman la relación con ellos”.
El poder de narrar
El libro funciona como una defensa de la imaginación en un contexto de crisis cultural, y aborda temas tan diversos como la misoginia, el capitalismo contemporáneo o la censura.
En esa línea, el libro se conecta con la actualidad política global. Winterson ha alertado que la batalla contemporánea “no se libra únicamente en el territorio físico, sino en el simbólico: en quién define qué es real y qué no”.
Uno de los momentos más contundentes de su intervención fue su reflexión sobre la inteligencia artificial. Lejos del alarmismo, la escritora defendió un punto de vista positivo ya la vez contradictorio: “Yo todavía creo que esta es la mejor oportunidad para la humanidad. Pero también creo que está en las manos de las personas equivocadas. Y esa es la peor oportunidad para la humanidad”.
Este planteamiento enlaza con su concepción de la literatura como proceso y no como producto. Frente a una cultura que tiende a monetizar y fijar la identidad, Winterson reivindica el flujo y la posibilidad de imaginar alternativas: “El arte no es un objeto estático, sino un diálogo en movimiento entre creador y lector”.
Un libro para el presente
Winterson afirma que “todo lo que vivimos, cualquier cosa que creamos, un libro que escribimos, un lugar al que vamos, una ciudad, una ley que aprobamos, todo empieza en la mente de alguien, sin esta responsabilidad no podemos tener imaginación, no puede haber una explicación, todo proviene de una situación, de una ausencia, de un reto”. Para ella, la imaginación “no es un pensamiento mágico, no es una fantasía, implica coger la existencia, las situaciones reales y plantearse ¿qué pasaría si sucediera otra cosa?”.
En un mundo que tiende a ofrecer respuestas cerradas y narrativas simplificadas, ella insiste en la potencia del “¿por qué no?”. Si la historia es, en parte, la forma en que la contamos, entonces aún no está escrita del todo. Y mientras no lo esté, la imaginación seguirá siendo una forma de resistencia.
