Desde la Revolución Islámica de 1979, la cultura que ha abordado la realidad iraní ha operado en tres planos. El primero, el de la producción interior que ha tenido que negociar con el sistema, aceptando ciertos límites para poder existir y buscando grietas expresivas. El segundo, el de la producción clandestina o informal, que se ha movido por debajo de la institucionalidad oficial. Y, el tercero, el de la diáspora, con de mayor libertad formal y temática, pero también con el riesgo de caer en la tentación de simplificar lo iraní para hacerlo más fácilmente consumible. Esa triple estructura permite evitar dos errores frecuentes: por un lado, pensar que la cultura producida en Irán carece de autenticidad por desarrollarse bajo censura y, por el otro, suponer que toda obra hecha en el exilio expresa una verdad más pura o más completa.
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