Branko Milanovic (Belgrado, 1953) es uno de los economistas más influyentes del mundo en el estudio de la desigualdad global. Antiguo economista jefe del Banco Mundial y profesor en varias universidades internacionales, su trabajo ha contribuido a entender cómo la globalización ha redistribuido la … riqueza entre países y clases sociales. Su famoso «gráfico del elefante» mostró con claridad quién ganó y quién perdió en las últimas décadas de integración económica. Su último libro -‘The Great Global Transformation: National Market Liberalism in a Multipolar World’-, aún no traducido en España, fue elegido libro del año por ‘Financial Times’ y plantea que un nuevo sistema económico está sustituyendo al de la globalización, tema que ha sido motivo de una conferencia suya en la Fundación Rafael del Pino.
Usted nació en la Yugoslavia de Tito, un país central en el Movimiento de Países No Alineados. ¿Puede ese movimiento ofrecer lecciones para el mundo actual?
Sí, creo que sí. El movimiento tuvo su momento de mayor relevancia entre los años 60 y 70. Nació con la conferencia de Bandung y se institucionalizó en 1961 con la cumbre de Belgrado. Después de celebrar encuentros importantes, como el de Argel o el de La Habana en 1979. Tras el final de la Guerra Fría y el momento unipolar dominado por Estados Unidos, el movimiento perdió prácticamente todo su peso político. Pero hoy el contexto es distinto. Tenemos una rivalidad creciente entre grandes potencias -EE.UU. y China, pero también Rusia- y el ascenso de países grandes que no son superpotencias, como India, Brasil o Sudáfrica. En ese escenario, los países más pequeños necesitan coordinarse. Para ellos el respeto del derecho internacional es esencial, porque sin él pueden ser atacados o presionados por cualquiera. Si estos países lograran actuar conjuntamente —por ejemplo dentro de Naciones Unidas— podrían tener una voz más fuerte.
Pero Europa no tiene tradición de no alineamiento.
Es cierto. Europa no tiene esa tradición, salvo Yugoslavia. Hubo países neutrales, como Suiza o Finlandia, pero no es lo mismo. Además, Europa está compuesta en gran parte por antiguas potencias imperiales: España, Francia, Reino Unido, Países Bajos… Por eso el proyecto europeo parece más bien orientado a convertirse en un gran actor. Si la Unión Europea actuara realmente como una unidad -con casi 500 millones de habitantes y cerca del 18 o 19 % del PIB mundial- sería una potencia enorme. El problema es que sigue siendo una unión de 27 países y las decisiones políticas son muy difíciles.
¿Esa división se ve también en los grandes conflictos actuales?
Claramente. Europa no habla con una sola voz en cuestiones como la guerra entre Rusia y Ucrania o el conflicto de Oriente Medio. Las percepciones son muy distintas según el país. La postura frente a Rusia, por ejemplo, está muy marcada por la historia de Europa del Este. Esa preocupación se transmite luego a las instituciones europeas. Pero en lugares como España o incluso en Francia la percepción es diferente. Con esas divergencias, construir una política común resulta extremadamente complicado.
Usted sostiene que hoy el capitalismo es el único sistema económico. ¿Es una victoria histórica o una señal de que no existen alternativas?
Es ambas cosas. Es una victoria histórica porque durante gran parte del siglo XX no era nada evidente que el capitalismo fuera a imponerse. Si uno mira los años 30, con la Gran Depresión en Occidente y la rápida industrialización soviética, no estaba claro cuál de los sistemas iba a prevalecer. Incluso en los años 60 todavía existía esa duda. El fracaso del socialismo comenzó a hacerse evidente en los 70, sobre todo por su incapacidad para ponerse al día tecnológicamente. Hoy no hay alternativas sistémicas. Incluso China, que sigue gobernada por un partido comunista, tiene una estructura económica muy similar a la de los países capitalistas: el sector privado representa alrededor del 80% del empleo y cerca del 70% del PIB.
¿La globalización está en retirada o simplemente cambia de forma?
Diría que está retrocediendo y transformándose. Estamos entrando en una fase más conflictiva, con políticas de tipo mercantilista. Lo vemos claramente con las políticas comerciales de EE.UU., pero también con las respuestas de Europa. Además está creciendo el uso de la coerción económica: congelamiento de activos, sanciones financieras, confiscación de propiedades. Eso es profundamente contrario al espíritu de la globalización. Estamos regresando a prácticas que recuerdan a una época anterior a la integración económica global.
Desigualdad
«El lugar donde nace una persona sigue siendo el factor decisivo para determinar ingresos y oportunidades»
Durante décadas se pensó que la globalización se beneficiaría sobre todo Occidente. Sin embargo, muchos de los grandes ganadores han sido asiáticos.¿Cómo ocurrió?
En realidad, los países occidentales no anticiparon ese resultado. La globalización fue impulsada en gran parte por las políticas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Su objetivo era impulsar el crecimiento de sus propias economías. No esperaban que la globalización debilitara a las clases medias occidentales ni que China se beneficiara tanto. Además, hay un elemento político clave: la normalización de las relaciones entre EE.UU. y China en los años 70. Washington buscaba contrarrestar a la Unión Soviética. Esa decisión permitió a China acceder a tecnología, inversión y mercados internacionales. Sin ese cambio geopolítico, el desarrollo chino habría sido mucho más difícil.
China ya es la primera economía del mundo en términos de poder adquisitivo. ¿Es inevitable que acabe superando también a Estados Unidos?
No creo que haya nada inevitable en la historia económica. Es cierto que, por su tamaño, China tiene un enorme potencial. Si creciera durante veinte años a tasas cercanas al 4% anual, podría superar claramente a Estados Unidos. Pero ya estamos viendo una desaceleración importante. Hace dos décadas China creció al 8% anual y hoy lo hace aproximadamente al 4%. Además, existen incertidumbres políticas y demográficas que pueden afectar a su evolución. Por tanto, China es sin duda una potencia enorme, pero hablar de un liderazgo inevitable sería exagerado.
Su famoso «gráfico del elefante» mostró quién ganó y quién perdió con la globalización. Si lo actualizamos hoy, ¿qué veríamos?
El gráfico ha cambiado porque el mundo ha cambiado. China, que en aquel momento apareció en la parte media de la distribución global de ingresos, se ha desplazado hacia niveles más altos. Sin embargo, hay dos tendencias que se mantienen. Primero, el crecimiento de China sigue siendo más rápido que el de las clases medias occidentales. Segundo, esas clases medias siguen avanzando muy lentamente. La gran diferencia es que el crecimiento del 1% más rico del mundo ya no es tan espectacular como antes de la crisis financiera de 2008.
En sus investigaciones insisten en que la nacionalidad es uno de los factores más determinantes de los ingresos. ¿Por qué sigue siendo tan importante el país en el que se nace?
Porque las diferencias económicas entre países siguen siendo enormes. El lugar donde nace una persona determinada en gran medida sus oportunidades económicas. Pensemos en un ejemplo sencillo: alguien que está en el percentil 80 de ingresos en Marruecos puede emigrar a España y situarse en el percentil 20 de la distribución española. Sin embargo, incluso así su nivel de vida puede mejorar considerablemente. Eso demuestra hasta qué punto las fronteras económicas entre países siguen siendo decisivas.
En su último libro habla de tres grandes transformaciones globales. ¿Cuál hijo?
La primera es el ascenso de China como potencia nacional, que ha generado una rivalidad estructural con EE.UU. por la hegemonía global. La segunda es el aumento del ingreso de cientos de millones de personas en Asia. Ese crecimiento ha hecho que muchos asiáticos superen en ingresos a sectores de la población occidental. Y la tercera es el malestar político en las clases medias de Occidente. Cuando esas clases perciben que otros grupos en el mundo están mejorando más rápido que ellas, se produce una reacción política muy fuerte.
¿Las democracias liberales están preparadas para gestionar esa tensión?
Mi argumento es que no. En lugar de adaptarse, muchos países están desmontando la globalización. Están adoptando lo que llama «liberalismo nacional de mercado»: políticas neoliberales dentro de las fronteras, pero proteccionismo y rivalidad económica en el exterior.
Usted también ha desarrollado el concepto de «homoplutía». ¿Qué significa?
Es un fenómeno relativamente reciente. Cada vez más personas pertenecen simultáneamente al 10% más rico por ingresos laborales y al 10% más rico por ingresos de capital. Es decir, se está formando una élite que combina salarios muy altos con grandes patrimonios. No son necesariamente los grandes magnates tecnológicos, sino profesionales muy cualificados que acumulan riqueza a lo largo de su carrera.
capitalismo
«La inteligencia artificial y la rivalidad geopolítica pueden producir un capitalismo más desigual, fragmentado y menos regulado»
Si la nacionalidad es uno de los principales determinantes del nivel de ingresos, ¿la migración podría reducir la desigualdad global?
Sí, sin duda. Si existiera libertad total de movimiento, la desigualdad global disminuiría significativamente. Pero el problema es si eso es políticamente sostenible. Europa, por ejemplo, necesita trabajadores porque su población está envejeciendo y disminuyendo. Pero al mismo tiempo hay una fuerte resistencia política a la inmigración. Encontrar un equilibrio entre esas dos realidades será uno de los grandes desafíos.
Mirando al futuro: ¿el capitalismo será más desigual, más regulado o más fragmentado?
Probablemente será más desigual, menos regulado y más fragmentado. Más desigual porque la inteligencia artificial puede sustituir trabajo por capital. Menos regulado porque muchos gobiernos están reduciendo la regulación económica. Y más fragmentado porque habrá varios centros de poder: Estados Unidos, China, India, Rusia, Brasil…
¿Qué escenario le preocupa más: una desigualdad extrema o una larga etapa de estancamiento económico?
Me preocupa más el estancamiento prolongado. La desigualdad es grave, pero un mundo sin crecimiento sería aún peor. El crecimiento económico es esencial para mejorar las condiciones de vida.
¿Cuál es la idea central que quiere transmitir con su nuevo libro?
La idea principal es que hemos entrado en un mundo diferente. Mucha gente cree que cuando desaparezcan ciertos líderes -por ejemplo Trump- todo volverá a ser como antes. Yo creo que eso es un error. Aunque cambien los líderes, el mundo no volverá al sistema anterior. Las tensiones geopolíticas, el declive de la globalización y la fragmentación del poder han llegado para quedarse. Este es un mundo nuevo y el peligro es intentar enfrentarlo con las ideas del pasado.
