Harry Feversham es un oficial británico a finales del siglo XIX. Feversham solicita la licencia al iniciar su compromiso matrimonial y también por no estar de acuerdo con las guerras coloniales que impulsaba su país en aquella época. Su decisión no es comprendida ni por … su prometida ni por sus amigos militares. Cada uno de ellos le envía una pluma blanca como símbolo de lo que consideran una cobardía. Al día siguiente, Feversham observa con tristeza y envidia cómo el ejército marcha hacia el frente mientras él se queda atrás, convertido en civil.
Este es el inicio de Las cuatro plumas, una de las novelas más famosas del género de aventuras coloniales, que además ha contado con varias adaptaciones cinematográficas. En la versión de 2002 hay una escena especialmente conmovedora en la que Feversham contempla, con esa mezcla de tristeza y envidia, la marcha del ejército mientras él permanece al margen.
La imagen de la mirada perdida del oficial británico me vino a la mente cuando pude hablar con una doctora a propósito del artículo que escribí hace dos semanas en este medio, en el que abordaba la desconsideración que sufre el médico personal en la situación actual de la sanidad, especialmente en atención primaria. Esta doctora me contaba que había tenido que abandonar su puesto en el centro de salud por los problemas que le causaba el estrés derivado de no poder hacer frente a la carga de trabajo habitual, a la que se sumaban reprogramaciones constantes de citas que, por arte de magia, incrementaban el número de pacientes que debía atender cada día.
Que el sistema público de salud está saturado no es ninguna novedad. Para evitar aumentar los tiempos de espera de quienes solicitan cita, se ha optado por la decisión más sencilla: aumentar las agendas diarias de muchos médicos de atención primaria. Estos comprueban cómo cada vez pueden dedicar menos tiempo a sus pacientes y, además, deben emplear buena parte de su jornada a un sinfín de tareas burocráticas que podrían desempeñar perfectamente otros perfiles profesionales. El Colegio de Médicos de Alicante apuntaba recientemente la necesidad de implantar una gestión compartida con personal administrativo o de enfermería que, preservando la seguridad clínica del paciente, permitiera gestionar de forma más eficaz la demanda no programada o urgente. También sería necesario dotar de más medios a los puntos de atención continuada (PAC) para que se puedan hacer cargo de esas citas sobrevenidas. Sin embargo, parece que los responsables políticos siguen como si oyeran llover.
También resulta llamativo el escaso aprovechamiento de los datos disponibles y de las nuevas herramientas tecnológicas para prever con cierta exactitud la demanda asistencial en los distintos periodos del año, evitando así reprogramaciones de agendas tan agresivas como ineficaces, que no solo desgastan a los profesionales, sino que empeoran la atención al paciente al reducir el tiempo de consulta.
Como consecuencia, muchos médicos ya han tomado, o tomarán, la decisión de abandonar el sistema sanitario español para incorporarse al de otros países que, conocedores de la calidad de su formación, les pagan lo que realmente valen. Ignoro si los políticos envían plumas blancas a los médicos que se marchan mientras los tachan de insolidarios. Lo que sí parece claro es que los médicos que se quedan han decidido luchar por mejorar la situación en nuestro país. Muchos les critican por defender sus derechos, y probablemente sea cierto que lo hacen, pero creo que, de forma indudable, también están luchando por los derechos de todos.
Como paciente, soy de los que piensa que la mejor atención primaria es aquella que recibes cuando te atiende siempre el mismo médico y dispone del tiempo suficiente para hacerlo bien. Esa doctora de la que hablaba al principio es consciente de la importancia de ese vínculo y llora al pensar que ha fallado a sus pacientes. No creo que sea así. Como el oficial Feversham, el más valiente de todos es quien sabe mejor que nadie cuándo luchar y cuándo no. Por eso, el oficial al final es el que salva a sus compañeros en la guerra y les devuelve sus plumas blancas.
coda. La ministra de Sanidad, Mónica García, continúa su cruzada contra los médicos y su última hazaña ha sido generar tal desbarajuste en las pruebas MIR que las dudas sobre si quienes han obtenido las mejores calificaciones son realmente los más preparados no hacen sino crecer. Descuidar las pruebas que seleccionan a quienes van a elegir especialidad médica tras seis años de formación es un error grave. Lo extraño es que, esta vez, no se haya culpado a Isabel Díaz Ayuso oa la ultraderecha.
