A lo largo de sus más de 50 años en la guerra contra las drogas, Estados Unidos ha buscado fórmulas, en algunos casos creativas e incluso extremas, para cortar de raíz el flagelo. Un reportaje reciente del diario. El Correo de Washington puso la lupa en uno de esos momentos al revelar que, Durante más de una década, la CIA ejecutó un programa secreto en Afganistán destinado a sabotear el mercado de la heroína desde su origen.
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La operación, activa entre 2004 y mediados de la década de 2010, consistió en arrojar desde el aire semillas de una variedad de amapola diseñada para producir flores con un contenido mínimo de morfina.
El objetivo, según el Post, era que esas plantas se mezclaran con las existentes y redujeran gradualmente la potencia del opio afgano, con el fin de minar la economía de los talibanes, grupo con el que se encontraban en guerra y que controlaba vastos territorios en este país.
Afganistán. Foto:Jaward Jalali / EFE
En palabras de exfuncionarios citados por el diario, fue un ejemplo de cómo usar una mentalidad de “pensar fuera de la caja” para buscar soluciones biológicas o tecnológicas al narcotráfico.
El informe también menciona que ideas similares -como el uso de hongos o herbicidas especiales para destruir cultivos ilícitos- fueron evaluadas para otras regiones, incluido México y, décadas antes, América del Sur.
¿Cómo funcionó en Colombia la erradicación auspiciada por Estados Unidos?
Entre los casos más registrados, Colombia aparece como laboratorio emblemático de las estrategias de erradicación auspiciadas por Estados Unidos.
Durante los años 90 y comienzos de los 2000, el país se convirtió en epicentro de la guerra antidrogas. Bajo el paraguas del PColombia, el gobierno estadounidense financió y asesoró campañas de fumigación aérea con glifosato sobre extensas áreas de cultivo de coca.
La práctica, ejecutada principalmente por contratistas privados y aeronaves supervisadas por la DEA, se convirtió en un símbolo del esfuerzo bilateral, pero también en fuente de fuerte controversia por sus impactos medioambientales y sociales.
Menos conocida es otra iniciativa que llegó a discutirse en los pasillos del Congreso estadounidense y en informes diplomáticos de la época: el uso del fusarium oxysporum, un hongo capaz de marchitar las hojas de coca hasta matarla.
La idea no nació en Washington. En los 80, brotes naturales de fusarium destruyeron plantaciones de coca en el Alto Huallaga peruano, lo que despertó el interés científico en reproducir ese efecto de manera controlada.
oto de Archivo de fumigación aérea sobre narcocultivos en el sur de Colombia. Foto:EFE
A mediados de los 90, agencias estadounidenses empezaron a financiar investigaciones para desarrollar un “mycoherbicida”, una especie de fungicida biológico, dirigido exclusivamente contra la coca y en el Congreso de Estados Unidos algunos legisladores impulsaron su uso. Entre ellos, el congresista republicano Mark Souder, entonces presidente del subcomité de política antidrogas de la Cámara de Representantes.
Souder presentó en 2000 y nuevamente en 2005 iniciativas para exigir que el Departamento de Estado y la Agencia Antidrogas (DEA) adoptaran el fusarium oxysporum como parte de las estrategias de erradicación en Colombia y Perú.
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El congresista argumentaba que el hongo era “una solución biológica, más barata y efectiva que las fumigaciones químicas”.
Las advertencias de una guerra biológica en lucha contra el narcotráfico
Pero otros, como el entonces senador Bernie Sanders, exigieron informes sobre los riesgos de liberar organismos biológicos en otro paísadvirtiendo que podía interpretarse como una forma de guerra biológica.
En la época, el tema fue revisado por el Consejo Nacional de Investigación de EE. UU. para determinar su viabilidad. Esta agencia, que es parte del Gobierno, concluyó que el hongo podía mutar y atacar otros cultivos, como el maíz.
Paralelamente, científicos de la Academia Nacional de Ciencias y expertos en bioseguridad advirtieron que la liberación del patógeno podía violar tratados internacionales sobre armas biológicas.
Bernie Sanders exigió informes sobre los riesgos de liberar organismos biológicos en otro país. Foto:AFP
Incluso la Agencia de Protección Ambiental (EPA) expresó reservas técnicas, señalando que no existían pruebas suficientes de que el Fusarium no atacaría otros cultivos tropicales.
Pese a ello, el tema avanzó. Un cable diplomático divulgado años después reveló que la propuesta llegó a ser discutida formalmente con el gobierno colombiano, pero que Bogotá rechazó su implementación. ante las advertencias de ambientalistas, científicos y juristas internacionales.
Eventualmente, ante la negativa colombiana y cuestionamientos internos en EE.UU. UU., el Departamento de Estado archivó la idea tras considerar que el costo político y ecológico habría sido inmenso, según reveló un informe de la revista Wired publicado en 2004.
La conclusión fue que el uso de un hongo para eliminar la coca era técnicamente incierto, jurídicamente problemático y diplomáticamente tóxico.
En su lugar, se continuó con las fumigaciones hasta 2015, cuando la Corte Constitucional colombiana ordenó suspenderlas por los potenciales riesgos cancerígenos del químico.
La liberación del patógeno podía violar tratados internacionales sobre armas biológicas. Foto:EL CAFÉ DE HOY – IA
El precedente afgano y la nueva línea dura contra las drogas de Trump
El programa revelado por el Washington Post en Afganistán retoma, en cierta forma, esa vieja obsesión estadounidense por encontrar una “bala mágica” contra las drogas.
En lugar de hongos, cuya idea también fue rechazada por el gobierno afgano de la época, la CIA optó por manipular la propia planta de amapolaintentando alterar su genética a través de la polinización cruzada.
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El plan, según el reportaje, costó cientos de millones de dólares y sus resultados fueron ambiguos. Si bien se reduce temporalmente la calidad del opio en ciertas zonas, los agricultores aprendieron a reemplazar rápidamente las plantas afectadas.
El artículo menciona que, en las discusiones internas, también se exploró la posibilidad de aplicar ese tipo de experimentos en México, donde la amapola también alimenta el mercado de heroína hacia Estados Unidos. Pero no se terminó utilizando dadas las dificultades para asperjar las semillas en zonas montañosas donde se cultiva la amapola en este país.
Colombia y la lucha antidrogas vuelven al radar de Trump
En ese contexto, Colombia vuelve a ser referencia inevitable al ser el país donde Estados Unidos más experimentó con métodos de erradicación a gran escala -desde los herbicidas químicos hasta las propuestas de hongos o cultivos “autodestructivos”- que luego inspiraron operaciones en otros escenarios del mundo.
La publicación del Washington Post coincide con un nuevo giro de la política antidrogas tras el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y su discurso de “mano dura” en el que la frontera entre seguridad nacional y narcotráfico se está volviendo a dibujar.
En meses recientes, el presidente republicano ha autorizado bombardeos contra embarcaciones sospechosas en el Caribe y ha sugerido atacar directamente a los carteles de la droga en territorio extranjero.
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Exasesores de Trump, consultados por EL TIEMPO, recuerdan cómo durante su primera administración Trump preguntó en varias ocasiones porqué EE.UU. UU. No podía simplemente bombardear los laboratorios en Colombia o destruir los cultivos ilícitos.
Aunque el republicano desistió de la idea, la retórica actual recuerda aquella mentalidad de guerra total que inspiró programas como el del fusarium o el de las semillas afganas.
Trump preguntó en varias ocasiones porqué EE.UU. UU. no podía bombardear los laboratorios en Colombia. Foto:Jim Watson/AFP
Si bien ninguna de estas alternativas se ha ventilado públicamente, la atención de Trump por los cultivos ilícitos sí ha venido creciendo.
Hace poco, el mandatario republicano afirmó que Colombia era un “nido del narcotráfico” y amenazó al gobierno de Gustavo Petro con tomar medidas unilaterales si el país no controlaba los cultivos.
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Washington, además, viene presionando para que se reanuden los programas de fumigación con glifosato o productos químicos similares como estrategia para frenar el crecimiento exponencial de las plantaciones de coca en los últimos años.
En palabras de un exfuncionario de la CIA citado por el Post, el objetivo en esa época era dejar de pensar como “burócratas” y considerar otras alternativas, así estas se salieran de los patrones regulares de cooperación.
Y aunque nada indica que eso esté sucediendo en la actualidad, si algo ha demostrado la administración Trump es que, desde su perspectiva, todas las opciones deben estar sobre la mesa.
Sergio Gómez Maseri – Corresponsal de EL TIEMPO – Washington
