Una extraña gata con dos caras. Un empresario brasileño que contrata a dos (burdos) sicarios que contratan a otro (burdo) sicario para asesinar a un profesor que desarrolla baterías de litio para hacer en el Brasil de los años setenta coches eléctricos.
Un actor soberbio (Wagner Moura), dando una cátedra de actuación -de contención estoica). Nota mental uno: Moura debutó como director en 2019 con “Marighella”, un “thriller” biográfico sobre la vida del guerrillero Carlos Marighella.
Un montaje frenético. Una joya maestra del cine negro policíaco. Una dirección de arte sublime que te sumerge en 1977. Sexo. Tiburones. Sangre. Carnaval, fiesta de la carne.
Un homenaje al cine de antes. Un tributo a Spielberg ya la serie televisiva “El agente secreto”. Una “pierna peluda” como símbolo/metáfora del fascismo. Una oda a los periódicos de antes ya la gente que se sentaba para leerlos juntos.
Una abuela (fumadora) entrañable, doña Sebastiana: comunista y luego anarquista; o ¿era al revés? que ofrece su casa para esconder a los perseguidos por la dictadura. Y “limpia” las habitaciones con ruda. Nota mental dos: el papel está interpretado por Tânia Maria, costurera (actriz no profesional) descubierta por el director en su anterior película “Bacurau” (2019).
Un final que recupera la memoria colectiva. Una película enigmática que retrata ese Brasil mejor por el que lucharon tantos/tantas durante la larga dictadura de los 60 y 70. El omnipresente retrato del dictador Ernesto Geisel (1974-79). Una película sobre la identidad. Y los archivos para buscar una imagen (la única) de la madre del protagonista. Un disparo necesario en estos tiempos donde algunos idealizan/romantizan las viejas dictaduras (y escriben en las paredes de mi barrio, “Banzer vuelve”).
Un “casting” impresionante, una galería de personajes adorables. Todo esto y (mucho) más es la película del año, “O agente secreto” del director pernambucano Kléber Mendonça Filho (actualmente en la cartelera comercial y en la Cinemateca Boliviana).
Un plano inicial y final que se convierte en pesadilla: un cadáver abandonado y tapado con hojas de periódico (para eso sirven los diarios, para eso y para envolver pescado) en una gasolinara del noreste brasileño.
Un retrato crudo de Brasil (y de la indiferencia), una autopsia. Un óleo hermoso de la solidaridad entre perseguidos por el odio. Una anatomía visceral (con guiños sutiles al “body horror”). La eterna complicidad de la sociedad civil y la “respetable” clase empresarial con el régimen dictatorial (con los de ayer y hoy). El fascismo como la verdadera cara del capitalismo. Cuerpos sin vida, arrojados al mar con piedras atadas para que se conviertan en desaparecidos. Historias para no olvidar, para que no se repitan, heridas aún abiertas.
Una película para ganar premios, para los festivales, para la cinefilia y para el gran público (sí, se puede agradar a toditos). Un filme para hablar de ese pasado que no termina de pasar (como en “Ainda estou aqui” de Walter Salles, 2024, que tanto nos gustó).
El cine brasileño, en estado de gracia (como antes lo fue el cine argentino, hoy destruido y vaciado por Javier Gerardo Milei). Brasil siendo Brasil otra vez: aquel país/planeta que nos regaló el “Cinema Novo” (y las películas de Glauber Rocha, Ruy Guerra y muchos más).
Cine con mayúsculas (las dos horas y 40 minutos pasan volando). Un rompecabezas: subtramas que se disfrutan; ni estorban ni distraen. Una película/cebolla, en capas. Un viaje a los 70, cine atmósfera. Un misterio. Un actor alemán (del cine culto/terror y de Fassbinder) en su último trabajo actoral en pantalla (como sastre judío superviviente del Holocausto nazi), Udo Kier, recientemente fallecido.
Un “escarabajo” amarillo chillón (icono de la “peli”, como la camioneta Ramona en la boliviana “Cuestión de fe” de Marcos Loayza). Una historia del cine, repaso/relectura de géneros (tan denostados, como la literatura “pulp”): del “western” al cine negro (y al erótico); de la ciencia ficción al “thriller”; del terror psicológico a las persecuciones del cine de acción (y de espías). ¿Alguien más?
La más linda reivindicación -a lo “Cinema Paradiso”- de las salas de cine (un personaje más en la película, donde la gente se junta para hacer de todo); ahora que incluso los críticos se quedan en sus casas/pantallas chicas para escribir de cine.
La historia de un padre, un hombre bueno (que no hace realmente nada malo). Y la de un hijo que apenas lo conoció (y lo ha olvidado por falta de recuerdos). Una película que continúa en tu cabeza cuando se encienden las luces en la sala oscura.
Una película que puedes imaginar cómo puedes seguir: el hijo, ahora al frente de un hospital de sangre (donde antes había un cine, donde pudo ver, por fin, la sangrienta “Tiburón”) escuchará los casetes grabados con la voz linda del padre que nunca conoció y ahora -intuimos- lo conocerá para amarlo, por fin. La memoria, en un USB/flash.
Los gritos de los espectadores que vieron “La profecía” en el cine San Luis de Recife que se escuchan en los créditos finales. Todo esto y (mucho) más es “O agente secreto”.
