La reacción de la prensa ante ‘Lapönia’ está siendo muy positiva. Imagino que deben de estar contentos…
Claro, y explícito por qué. Cuando rodamos la película teníamos ciertas dudas: es una película con escenas muy largas y mucho texto; en el teatro todo empieza y acaba en un mismo lugar, pero en el cine puedes rodar cosas descolocadas, en otro orden, y eso a veces desconcierta. Aun así, siempre confías en el texto y en el director. Cuando vimos la película juntos hace unos meses, todo el equipo, fue cuando dijimos: “Vale, esta película puede llegar y puede funcionar muy bien”. Ahora en Málaga estamos comprobando que cala, que hace reflexionar, que provoca conversación cuando sales del cine. Y eso es muy bonito.
En España hay muchísimos actores y actrices que empezaron en la comedia y luego han encontrado su lugar en el drama o en un cine más contemporáneo. Me da la sensación de que, después de ‘Los destellos’, usted también buscaba ese espacio y que con esta película lo ha encontrado.
Poco a poco… Muchas gracias por decirlo. Yo seguiré haciendo comedia; De hecho, los proyecto que tengo ahora lo son, uno muy de gags, muy físico. Pero creo que con los años vas cambiando, tienes más miedos, más inseguridaddes, más drama porque te han pasado más cosas… Todo eso hace que tengas otras cosas que quieras ofrecer. Con la comedia también se pueden contar esas cosas, yo lo he hecho, pero ahora estoy cogiendo con muchas ganas estos papeles diferentes, que tienen que ver con esa forma de contemplar la vida al pasar los años.
¿Cree que a partir de ahora más directores o directores pueden acercarse a usted con propuestas diferentes?
Ojalá. Ahora, por ejemplo, voy a hacer con Cesc Gay una obra de teatro que ya se hizo en catalán y ahora se adaptará al castellano. Tiene algo parecido a ‘Lapönia’: empieza como comedia, pero si rascas aparecen conflictos familiares y un trasfondo más dramático. Me gustaría pensar que se están moviendo las placas tectónicas, que la gente va confiando. Al final todo tiene que ver con la confianza: la del público, que acepta verte en registros distintos, y también la de la industria —directores, productores, periodistas— que te dan oportunidades y se arriesgan. Y yo estoy dispuesto a eso.
Al terminar ‘Lapönia’ me preguntaba si es una película generacional, por esa falta de ilusión que a veces sentimos, o si más bien habla del miedo a envejecer. A medida que los personajes son más conscientes de la realidad, parece que la magia se pierde.
Es un buen punto de vista. En la película los personajes protegen a los niños, pero ellos mismos han sido niños. Todos pasamos por esas etapas: infancia, adultez y, con suerte, vejez. En cada una cambia nuestra perspectiva. Cosas que antes eran ilusión o magia dejaban de parecerlo tanto. Cuando eres adulto aparecen las responsabilidades y la realidad te supera. Entonces te preguntas: “¿Qué puedo hacer para mantener la ilusión?”. Y muchas veces la respuesta es la ficción: hacer películas, escribir libros… Yo soy muy amante de la ficción precisamente por eso, porque sé lo crudo que puede ser la realidad y necesito esa evasión.
Si una persona en el trabajo te falla, puedes apartarte de ella. Pero, ¿qué haces si es tu hermano el que te falla?
También hay varios subtextos en la película. Uno de ellos parece desmitificar la cultura nórdica y, de algún modo, reivindicar lo nuestro, lo castizo.
El español tiene algo curioso: a veces denostamos lo propio, pero en cuanto salimos fuera lo defendemos a muerte. Nos cansamos de lo de aquí, pero cuando pones un pie fuera dices: “Oye, como lo nuestro no hay nada”. Tampoco es exactamente así, porque hay cosas buenas en todas partes, pero es verdad que nuestra cultura, nuestro folclore y nuestras costumbres hay muchas ligadas a la ilusión, a la magia, a lo evocador… Piensa, por ejemplo, en los Reyes Magos.
Pero en la película también se ve cómo esas tradiciones pueden tapar lo que realmente ocurre dentro de la familia.
Totalmente. La familia es un ecosistema muy particular, casi un artefacto. Nos viene dada: tienes hermanos, padres… y se supone que con esa gente no deberías discutir o que deberíais pensar igual. Pero cuando creces descubres que puedes tener puntos de vista opuestos. Y eso cuesta mucho gestionarlo. Si una persona en el trabajo te falla, puedes apartarte de ella. Pero, ¿qué haces si es tu hermano el que te falla? Siempre aparece alguien —la madre, por ejemplo— diciendo: “Es tu hermano, arregladlo”. Y a veces es muy difícil. En la película pasa eso: hay verdades y hay verdades que se callan. Y cuando salen, todo salta por los aires. Pero también hay algo bonito: los personajes hablan, se escuchan y al final entienden que el punto de vista del otro también puede ser válido.
