Lapatilla
NORLYS PÉREZ (REUTERS)
La escasez de combustible sigue haciendo mella en una Cuba al límite que, con cada día que pasa, acumula razones para el descontento. Los habitantes de la capital, con más impotencia que determinación porque no le ven el final a la precariedad, han vuelto a agarrar sus calderos para protestar por las prolongadas horas sin electricidad. La última semana, los apagones se han cebado con los barrios de La Habana ?en el resto de provincias del país ya las afectaciones superan las 24 horas desde hace tiempo?, alternando unas cuatro horas de electricidad con unas 15 horas de apagón. “Así no hay quien trabaje, ni estudie, ni sea feliz”, dice Leandro Fernández, un joven estudiante de la Universidad de La Habana que reside en la barriada del Cerro. Conversa, cazuela en mano, fiel a una costumbre que puso en práctica desde hace una semana, junto con otros vecinos, sobre las nueve y media de la noche, cuando ya es habitual que lleve unas 13 horas sin electricidad.
Por: El País
Al igual que en la calle de Leonardo, otros barrios de La Habana han tomado la misma determinación y los cacerolazos se escuchan en zonas de Centro Habana, San Miguel del Padrón, La Lisa y otras localidades de la ciudad, casi como un grito, un desahogo, una llamada de atención en medio de la debacle de un país a oscuras. Más de un mes después de iniciado el cerco petrolero estadounidense contra la isla y ante la imposibilidad de las autoridades cubanas de mantener ciertos servicios, como el transporte y las universidades abiertas, que garantizan el flujo normal de la vida, la gente busca la manera de exigir soluciones y ser escuchada, ya sea reflexionando en un post crítico en Facebook, haciendo sonar las cazuelas, o montando una asamblea universitaria, organizada de manera independiente, para intentar destrabar el precario funcionamiento de la universidad cubana, sobre todo, en el último mes, cuyas clases se han impartido a través de grupos de Whatsapp y en plataformas online.
Se trata de un debate abierto para “buscar reformas estructurales en la educación superior”, promovida de manera autónoma por un grupo de estudiantes que se han hecho llamar Sentada Universitaria y que la jornada anterior protagonizaron un hecho inusual, tratándose de formas de organización colectiva, al margen del control de las autoridades cubanas, para exponer problemas en la comunidad universitaria.
A la manifestación acudió casi una treintena de estudiantes, pertenecientes a distintas facultades, que finalmente fueron escuchadas por los funcionarios a cargo, en medio de un despliegue de agentes de la Seguridad del Estado, el aparato represivo del gobierno cubano.
Un mes después de instaurada la semipresencialidad a la que se han visto obligados alumnos y profesores, con las aulas cerradas, y con el recuerdo latente de las protestas estudiantiles frente al tarifazo de Etecsa, la única empresa de telecomunicaciones del país, que elevó los precios de la conectividad en junio pasado, el desgaste colectivo es evidente. Pero la gota que colmó el vaso fue la semana pasada una convocatoria masiva de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU) para que los alumnos, imposibilitados de acudir a clases, asumieran trabajos necesarios para las autoridades locales, en sus municipios de residencia, como la recogida de basura, la limpieza de hospitales o impartir clases en escuelas primarias. El descontento fue generalizado y las respuestas de los representantes de la FEU, insuficientes.
“Esto nos motivó a dar el paso”, afirma una estudiante de Comunicación Social que participó en la sentada pacífica en la escalinata universitaria y ha preferido no identificarse. Cuando ella llegó allí, en la mañana del lunes, había unos 15 estudiantes ya dispuestos en la base del lugar. Desde ese momento, cuenta la joven, ya había varios profesores conversando con el grupo sobre sus exigencias y tratando de “disuadirnos para que nos moviéramos a un lugar menos público”, lejos de la prensa extranjera presente en el lugar. Cuando el número de estudiantes aumentó, “el ambiente comenzó a cambiar”. Iban apareciendo más funcionarios institucionales y agentes vestidos de civil que impedían el paso de nuevos manifestantes, mientras el grupo ya se presentaba en la escalinata dialogaba con las autoridades académicas. “Fui consciente de que estábamos rodeados por la seguridad del Estado. Fue intimidante”, recuerda.
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