El dinero en efectivo no desaparecerá a largo plazo, por lo menos en Suiza. En un momento en el que Europa avanza a pasos agigantados hacia su marginalidad, los ciudadanos del país helvético han decidido reforzar lo que muchos consideran una «garante de libertad y … privacidad en los pagos». En un referéndum celebrado este domingo, la población aprobada garantizará constitucionalmente la disponibilidad de billetes y monedas con el 73,4% de los votos.
La consulta planteaba en realidad dos textos distintos. Por un lado, la iniciativa popular «El efectivo es libertad», que proponía suficiente obligar al Estado a mantener el dinero físico en circulación y someter cualquier sustitución del franco a votación popular, fue rechazada con el 54,4% de los votos. En cambio, los ciudadanos respaldaron el contraproyecto del Gobierno, que también protege el efectivo aunque con una redacción más moderada. La participación en la votación, dentro del sistema de democracia directa suiza, se situó en torno al 55% del electorado.
El efectivo, garantía de libertad
Para los promotores de la iniciativa, vinculados al movimiento cívico Free Switzerland Movement, el dinero físico representa «una garantía de libertad individual, anonimato en los pagos e independencia frente a sistemas digitales o grandes plataformas tecnológicas».
Este debate tiene un peso especialmente relevante en Suiza, que es una de las economías avanzadas con mayor uso del efectivo, con un valor de los billetes en circulación superior al 8% del PIB, según el Banco Nacional del país. Esto se explica en parte por la fuerte tradición suiza de privacidad financiera y la creciente desconfianza de parte de la población hacia un sistema de pagos completamente digitalizado.
Europa y el euro digital
La iniciativa llega en un momento en el que Europa acelera la transición hacia los pagos electrónicos. El peso del efectivo en las transacciones presenciales no ha dejado de caer en los últimos años, a medida que tarjetas, móviles y aplicaciones ganan terreno en comercios y servicios.
Aunque las instituciones europeas aseguran que el efectivo seguirá existiendo, y de hecho existen algunas propuestas para reforzarlo, lo cierto es que esa defensa formal convive con una batería de decisiones que lo arrinconan gradualmente. Los límites al pago en metálico, la desaparición del billete de 500 euros y la pérdida de poder adquisitivo de las denominaciones más usadas (5, 10, 20 y 50 euros) sin compensarlo con una mayor emisión de billetes de 100 o 200, dibujados un escenario en el que se empuja al dinero físico hacia una posición cada vez más residual.
En paralelo, las instituciones europeas trabajan ya en el desarrollo del llamado euro digital, una moneda digital de banco central (CBDC) que funcionaría de forma similar al efectivo, pero en formato electrónico. El BCE lo presenta como un complemento del dinero físico y como una forma de reducir la dependencia de las grandes empresas privadas de pagos, aunque el proyecto también ha despertado críticas entre quienes temen que pueda convertirse en una herramienta de mayor control sobre las transacciones.
Sin ir más lejos, el Supervisor Europeo de Protección de Datos ha advertido en varias ocasiones de que la arquitectura de estos sistemas podría facilitar un mayor nivel de supervisión sobre los pagos de los ciudadanos. Algunos analistas apuntan incluso a escenarios de dinero programables, en los que el saldo podría incorporar restricciones de uso, fechas de caducidad o incentivos para dirigir el gasto hacia determinados sectores.