Jorge Molist (Barcelona, 1951) acaricia con la palma de su mano las paredes exteriores del castillo de Miravet, en Tarragona. Pocas cosas le motivan más que la historia y, por eso, aunque de forma inconsciente, la palpa, quien sabe si para tratar de encontrar algún portal que tenga conexión directa con el pasado.
Si por lo que sea no lo encontrase, no pasaría nada. Imaginación tiene de sobras. Tanta que, una vez terminados sus estudios de ingeniería, aparcó la profesión para dedicarse por completo a la escritura. No le ha ido nada mal, pues a lo largo de su carrera ha sido reconocido con galardones como el premio de Novela Histórica Alfonso X El Sabio o el Fernando Lara de Novela. Pero, aunque no hubiera obtenido ninguno, admite que hubiera seguido en este camino de letras, que le lleva ahora a publicar una nueva novela, la duodécima, Daré el cielo por ti (Grijalbo/Rosa dels Vents).
San Juan de Acre generaba en su momento generaba más dinero que todo el reino de Inglaterra”
Que Molist haya querido traer a La Vanguardia al castillo mencionó ya da una pista del protagonismo que tienen los templarios en su nueva trama. Y es que la de Miravet fue una de las fortalezas más importantes en la Corona de Aragón de la Orden del Temple, una de los grupos más poderosos de la cristiandad. La novela, sin embargo, empieza en San Juan de Acre, el último bastión cruzado en Tierra Santa, “una ciudad que en su momento generaba más dinero que todo el reino de Inglaterra”.
Y no se ambienta en un año cualquiera, sino en 1291, cuando está a punto de caer en manos de los musulmanes. Allí está Artal, quien con tan solo dieciséis años desea morir defendiéndolo, por su fe y para ganarse el cielo. Un discurso “obsoleto” y “medieval” para Molist, pese a que admite que todavía hoy se emplea en “sectores radicalizados de algunas religiones”. Sin embargo, el gran maestre del Temple, en su agonía, le da a conocer una carta de su madre en la que le pide ayuda y le ordena abandonar la lucha para regresar a su hogar, a orillas del Ebro.
“El episodio de San Juan de Acre me atrajo porque marca el fin de una época y de un mundo. Uno puede pensar en la muerte en la hoguera de Jacques de Molay, el último gran maestre, pues es una escena paradigmática. Pero el temple en sí, por falta de liderazgo y de un objetivo concreto, en realidad desapareció con la caída de este lugar”, explica el autor mientras contempla el río Ebro, que siglos atrás fue testigo precisamente de otro gran conflicto de los templarios, esta vez con la familia Entença y del que Artal también será testigo.
Molist explica que encontró un documento en internet, Entences y Templers en les montanyes de Prades (1279-1300)del historiador Carreras i Candi, donde se atestiguan estos hechos acontecidos en Catalunya, “desconocidos para gran parte de la población”, que se centraron en el control territorial, los derechos de dominio y la jurisdicción sobre tierras en la zona de la Ribera d’Ebre, donde ambas partes tenían intereses contrapuestos.
Los templarios no podían luchar contra los cristianos. Esa era su creencia y su práctica, pero aquí sucedió”
A raíz del citado documento y de los acontecimientos aquí sucedidos, Molist reflexiona sobre algo a lo que le dio vueltas mientras escribía. Y es que “los templarios no podían luchar contra los cristianos. Esa era su creencia y su práctica. Pero aquí sucedió. Los Entença los fueron machacando y, al final, la excusa fue el pago de tasas para pasar el río Ebro, que se lo ban ambas partes. Hubo un litigio y, al final, el Rey establece que quien tenía la razón eran los templarios. Los Entença no lo aceptaron y empezaron a atacar. Fue una guerra privada entre nobles, porque la familia consideró que los templarios eran nobles como ellos”.
La novela combina historia y ficción pero en esta mezcla se cuelan personajes reales que dejaron huella en el territorio, como Guillaume de Beaujeu, el caballero más admirado de la cristiandad, de quien Artal, el protagonista, es escudero; o Berenguer de Entença VI, alias Berengueró, líder del clan familiar, que tomó posteriormente el mando de la Compañía almogávar después del asesinato a traición de Roger de Flor.

A este último, a quien considera “fascinante”, también le dedica espacio, concretamente cuando está a punto de colgar el hábito del Temple. No es la primera vez que le dedica una novela, pues en El latido del mar ya narró su infancia y primera juventud. Su final fue terrible, pues fue asesinado por orden de Miguel IX Paleólogo, hijo del emperador Andrónico II, durante un banquete. “Consecuencia de ello, sucedió lo que se bautizó como ‘la venganza catalana’. Todavía persiste en la actualidad el recuerdo de estas acciones”, señala Molist mientras muestra una imagen de un guerrero sediente de sangre llamado Katalan, que todavía hoy se usa para asustar a los niños en algunos países balcánicos.
Molist lleva por tanto años documentándose sobre los templarios y el fin de estos, por eso no duda en afirmar que, pese a la fascinación que a él le generan, “eran tipos de lo más aburrido. No podía mirar a una mujer, ni jugar al ajedrez, ni escuchar música, ni tampoco cazar. Bueno, solo leones, pero aquí no habían. Lo que ocurre es que estar en el templo te aseguraba algo tan básico como poder comer cada día, nada fácil. Había gente que daba todas sus posesiones para vestir el hábito y morir en Tierra Santa. Era un tipo de suicidio que te permitiría comprar una parcela en el cielo”. Pero el final no fue el mejor. La propia portada del libro da pistas al lector: una joven contemplando una nave de templarios que está a punto de estrellarse contra un acantilado.

