Muchos pensaban que el entusiasmo por la automatización no dejaría de crecer, pero lo cierto es que el ciudadano de a pie parece haber llegado a su límite. Una reciente encuesta realizada a mil personas por la cadena NBC revela que la inteligencia artificial despierta un enorme rechazoacumulando hoy muchos más detractores que defensores entre los usuarios.
De acuerdo con los datos que recoge este sondeo, solo un veintiséis por ciento de los consultados tiene una opinión positiva del invento. La realidad para las grandes tecnológicas es que un cuarenta y seis por ciento la detestadejando una puntuación de popularidad que se sitúa ahora mismo bajo mínimos.
El desplome de la confianza: los motivos reales detrás del rechazo
Para entender este bajón en la reputación basta con mirar a quién ha logrado superar la IA en términos de impopularidad. La tecnología cae por debajo de las agencias de inmigración e incluso puntúa peor que el propio Donald Trump. Los únicos que logran estar por debajo en la lista negra son los países bombardeados actualmente.
Este sentimiento de hartazgo tiene motivos muy palpables que van más allá del simple miedo a lo desconocido. El rechazo se dispara conforme aumenta el conocimiento sobre sus riesgos, algo que encaja con ese perfil de usuario que desconfía del sistema al entender mejor cómo funcionan estas herramientas. Al final, lo que más duele es que la broma nos está saliendo cara.
Uno de los factores que más está castigando la imagen del sector es el fuerte aumento del recibo eléctrico. El hambre de energía de los centros de datos está inflando los precios de la luz de los vecinos cercanos, quienes además deben soportar un ruido constante de turbinas para refrigerar los procesadores durante todo el día.
A esto hay que sumar el uso militar que se le está dando a la tecnología en conflictos recientes y que ya ha tenido sus consecuencias en la industria. Se ha sabido que el Pentágono está usando algoritmos para seleccionar objetivos de bombardeolo que ha provocado que incluso empresas del sector denuncien al gobierno. Es una aplicación bélica que horroriza a una sociedad que se siente vigilada.
La brecha entre los directivos de Silicon Valley y los empleados de a pie es cada vez más profunda. Mientras las empresas inyectan unos cien mil millones de euros en infraestructurasel ciudadano actual percibe que este despliegue solo sirve para justificar despidos masivos y para entrarmeterse en su privacidad diaria sin permiso alguno.
Incluso dentro de las juntas directivas la situación es bastante contradictoria. No es raro encontrar a ejecutivos que inviertan millones mientras dudan de la rentabilidad real del negocio. Sabe que hay una burbuja alimentada por el miedo a quedarse fuera, pero los beneficios reales siguen sin aparecer por ninguna parte en sus saldos.
La realidad es que la inteligencia artificial se ha vuelto molesta para muchos por ser, simplemente, ineludible. Se ha convertido en una imposición laboral que pone en peligro empleosprovocando incluso protestas organizadas contra OpenAI. Los seguidores del sector creen que es el futuro, pero para la gran mayoría es una molestia excesivamente cara.
Si lo que buscaban las compañías era una adopción amable por parte del público, los resultados de este sonido deben hacerles replantearse su ritmo. El entusiasmo de los inversores no se traduce en cariño ciudadano; más bien al contrario, el rechazo popular sigue creciendo al mismo ritmo que se levantan sus centros de datos.
