Cine y arquitectura. Dos artes que han mantenido una relación estrecha. Películas de todas las épocas han mostrado el proceso de la edificación, desde la construcción de las pirámides hasta la actualidad, aunque, sobre todo, han puesto el acento en las tendencias del siglo XX.
es El manantia yo (King Vidor, 1949), basada en la novela de Ayn Rand, Gary Cooper daba vida a Howard Roark, un arquitecto neoyorkino tan genial como incomprendido cuya obra escapaba al convencionalismo de su tiempo, la primera mitad del siglo XX.
A principios de los años 80, François Mitterrand decidió construir el arco de La Défense en el centro de París.
Algo parecido le ocurriría a László Tóth, interpretado por Adrien Brody, en la segunda mitad del siglo. Tóth, un arquitecto húngaro y judío, educado en la Bauhaus y cargado de ideas innovadoras, se instaló en Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial y, tras pasar muchas penalidades, logró edificar a la nueva manera brutalista en El brutalista (Brady Corbet, 2024).
Roark y Tóth son dos personajes torturados por su deseo de perfección artística. Lo mismo le ocurre al danés Johan Otto von Spreckelsen en el arquitecto, una interesante cinta dirigida por Stéphane Demoustier y basada en hechos reales que llega hoy a las pantallas españolas.
A principios de los años ochenta, François Mitterrand decidió construir el arco de La Défense en el centro de París. Sacó el proyecto a concurso y, para sorpresa de propios y extraños, lo ganó un arquitecto danés al que literalmente solo conoció en su casa. Tenía un plan de estudios limitado: había construido tres iglesias y su propia residencia.
Pero Von Spreckelsen no había ganado el concurso por casualidad. También era un genio, que puso todo su talento en la construcción de su gran obra parisina. No lo tuvo fácil. Demoustier recorre es el arquitecto los mil escollos con los que tropezó Von Spreckelsen: profesionales, políticos, estilísticos e incluso en la adquisición de materiales.
También refleja el empeño del arquitecto danés por ser fiel a sus ideas y su lucha por evitar intromisiones en una época nada lejana, en la que, sin embargo, los profesionales del diseño no contaban con la ayuda de los ordenadores y circunscribían su trabajo a la inspiración, la lámina, la cuadra y el cartabón.
el arquitecto que cuenta con Claes Bang en el papel del artista torturado, es una buena muestra del cine francés y una ocasión para constatar cómo han cambiado en las últimas cuatro décadas las formas de comunicarse, de construir y hasta de hacer política.

