Cuando la carrera para los Oscar parecía sentenciada, con Paul Thomas Anderson y Una batalla tras otra arrasando en todos y cada uno de los premios, el Sindicato de Actores —el gremio más numeroso de académicos de Hollywood— dio un golpe en la mesa al entregar sus galardones. El premio al mejor reparto fue para los pecadoresy el de Mejor actor para Michael B. Jordan para la película de Ryan Coogler.
Ponía en el foco algo que se venía rumiando desde que el filme sobre vampiros y racismo en la ley seca reventó el récord de nominaciones de los Oscar con 16 (superando a filmes como La La Tierra oh Titánico): quizás la gran favorita para la crítica, la libérrima adaptación de PTA de la novela de Thomas Pynchon, tenía un rival con el que pocos contaban.
