No es la primera vez que nos montamos en el tiovivo del final de 67 años de dictadura castrista. Hace veinte años, estuve en el restaurante cubano más famoso del mundo –el Versailles de Miami– cuando se anunció la renuncia temporal de Fidel Castro por … motivos de salud. Dos años después, se produjo su retirada definitiva. Y en 2016, lo enterraron. En todas esas ocasiones, muchos celebraron lo que pensaban que era un inminente desenlace.
Esta vez sí que parece que el régimen se enfrenta a un colofón oscurecido. Sin electricidad, no hay distribución de alimentos, recogida de basuras, transporte público ni comunicaciones. Tampoco pueden funcionar ni los hospitales ni la distribución de agua potable. El bloqueo petrolero impuesto por Estados Unidos ha forzado hasta el cambio de nombre del presidente de Cuba, el patético Díaz-Canel es desde hace semanas conocido como «Días-Contados».
Desde el 3 de enero, tras la forzada mudanza de Maduro a Brooklyn, el esclerótico régimen comunista no ha levantado cabeza. Ni tan siquiera se han molestado en disimular su decadencia. Las imágenes que nos han llegado muestran una gerontocracia con evidente sobrepeso y en su mayor parte blancos. Mientras la mayoría de la gente es negra y con pinta de estar muy necesitados de un buen plato de lentejas. Quién nos iba a decir que el castrismo se ha convertido en el mejor Ozempic, al ignorar algo de primero de autocracia: nada de libertad no se puede mezclar con toda miseria.
Mientras tanto, en su delirio acentuado, el presidente Trump va diciendo que pronto tomará la isla y que podrá hacer «lo que quiera con ella». Lo que se puede interpretar como una reedición de la conocida como Enmienda Platt, que en 1901 limitó severamente la soberanía de la teóricamente independiente república de Cuba. En cualquier caso, la vileza de Trump no resta un ápice a la vileza del castrismo que ha terminado por convertir la consigna de «marxismo-leninismo o muerte» en una cruel redundancia para el pueblo cubano.