La diseñadora y ceramista Mako Artigas (Tokio, 1937) siempre ha desarrollado su trabajo desde una profunda humildad. Ni tan solo en los momentos álgidos de su carrera, cuando sus diseños eran utilizados por firmas de la talla de Paco Rabanne, Nina Ricci o Dior, exigieron reconocimiento. “Con frecuencia, Mako Artigas se ha definido como dibujante textil, huyendo de la etiqueta de artista. Ponía belleza a la vida trabajando desde el silencio”, explicó Ricard Bru durante la presentación de la muestra que el Palau Robert y Casa Àsia dedican a esta talentosa mujer y que él mismo ha comisariado. “Pero su trabajo siempre ha ido más allá de la industria. Sin buscarlo, tenía un comportamiento muy artístico”.
La exposición mako Rinde homenaje a la diseñadora japonesa con una selección de dibujos, obras textiles y piezas de cerámica y porcelana que ha confeccionado a lo largo de más de cinco décadas. “Hubo un tiempo en que podía llegar a hacer dos diseños al día”, afirmó modestamente en el mismo acto esta prolífica artista, que con 89 años sigue creando en su estudio de Gallifa, en el Vallès Occidental. “Pero toda la vida he dibujado lo que quería, no lo que me mandaban”.
“Toda la vida he hecho los dibujos que quería hacer, no lo que me mandaban”, asegura la diseñadora y ceramista
Antes de que se la conociera como Mako, cuando respondía al nombre de Masako Ishikawa, su hambre de libertad ya se dejaba ver. Se crio en Tokio a pocos metros del hogar de Yoko Ono, con quien compartió muchas horas de juego. Su familia se dirigió a dos importantes empresas de tejidos, por lo que desde joven se familiarizó con el diseño y la estampación. Cuando creció, se matriculó en la Universidad Nacional de Bellas Artes de Tokio y, al terminar, tuvo claro su sueño: viajar a París y acabar su formación en Europa.
No lo tuvo fácil. La Segunda Guerra Mundial había terminado unos años antes y el Gobierno de Japón no permitía a sus ciudadanos salir del país sin una buena justificación. Mako burló aquel control aludiendo que una escuela cristiana en España que mantenía relaciones con el colegio de su infancia en Japón, también religioso, la había invitada a pasar unos días en el país mediterráneo. Cogió un barco de Yokohama a Marsella, y el resto de trayecto hacia Madrid lo hizo en tren.
El artista vendió sus diseños a grandes firmas de la alta costura como Paco Rabanne, Nina Ricci o Dior.
En la capital la industria textil era escasa, por lo que se trasladó a Barcelona, donde hizo algunos cursos en la escuela Massana. Aquello le permitió relacionarse con artistas de la época como Eudald Serra, quien a su vez le presentó al escultor y ceramista Joan Gardy Artigas, hijo de Josep Llorens i Artigas, con el que se casó al poco tiempo. Tras las nupcias, ya en los sesenta, viajaron a París para sumergirse en las vanguardias artísticas. “Mako pudo regodearse con Miró, Kandinski o Tàpies”, señaló Bru.

Inspirándose en pintores como Matisse u Olga Sacharoff, crearon patrones que acabarían vendiendo a grandes de la alta costura ya fabricantes más masivos. Se topaba con sus diseños en El Corte Inglés. “Tenía que anticiparme: sabía que una época de dibujo suave iba seguida de gustos más fuertes”, reveló la diseñadora, que con la muerte de su sueño y su traslado posterior a Catalunya para impulsar junto a su marido la Fundación Artigas, comenzó a realizar piezas con cerámica y porcelana, algunas recogidas en la muestra. Un archivo fotográfico y un documental producido por Casa Asia completan esta heterogénea exposición presentada previamente en la Universidad de Salamanca y la Fábrica de Tapices de Madrid, y cuyo acceso es libre y gratuito.

