El fin de semana pasada se reunió en París el secretario del Tesoro estadounidense Scott Bessent y el viceprimer ministro chino Él vivepara tratar los últimos aspectos del encuentro histórico que tendría lugar entre Donald Trump y Xi Jinping en principio el 31 de marzo de este año en Beijing, pero que acaba de ser postergado debido a las exigencias que tiene para EE.UU la guerra contra Irán.
Trump y Xi Jinping quieren recortar por la mitad el fenomenal superávit comercial de China (1,6 billones de dólares) y al mismo tiempo multiplicar por tres las exportaciones norteamericanas.
De esa manera, ambos líderes prevén resolver el déficit de cuenta corriente de EE.UU. de US$ 1,6 billones, surgió de la combinación entre una brecha fiscal de -3%/-6% del producto y de un déficit comercial de US$ 1,2 billones.
Ese déficit a su vez es la causa del crecimiento de la mayor deuda pública del mundo de 38 billones de dólaresUS$ 10 billones más que el PBI nominal.
Las dos superpotencias, en suma, han acordado resolver en forma conjunta sus respectivas crisis estructurales de alcance global. Y ese camino las obliga a transformar el mundo.
De esto se trata la reunión que mantendrían, en Beijing, Donald Trump y Xi Jinping.
EE.UU. y China son las únicas dos superpotencias del mundo que disponen y compiten en todos los términos del poder global; y que por eso tienen en sus manos en forma excluyente el destino del sistema mundial.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) advirtió que China invierte todos los años entre 4 y 6 puntos del producto en la fenomenal expansión de su asombrosa máquina fabricante exportadora, cuya brutal y aparentemente imparable pujanza está virtualmente arrasando con el resto de las industrias del planeta.
El resultado es que su superior competitividad y menores precios ha desatado un proceso de “desindustrialización” en el resto del mundo, que comenzó en EE.UU. en 2007 (y que fue el origen del “fenómeno Trump”) y ahora se ha extendido al resto del sistema global.
Lo notable de esta súper-competitividad fabricante de China es que tiene como contrapartida necesaria un agudo proceso de depresión doméstica de características deflacionarias; y mientras presenta un superávit comercial de casi 2 billones de dólares al añosu nivel de consumo doméstico es de apenas 38% del PBI, el más bajo entre las grandes economías de la época (en EE.UU es 78% del PBI).
La economía china (US$ 18,6 billones/19% del PBI global) está dotada de un extraordinario impulso de creatividad e innovación que le permite competir con EE.UU. por el dominio de las tecnologías más avanzadas de la 4° Revolución Industrial, ante toda la Inteligencia artificial.
Pero ocurre que los intereses creados alrededor de su máquina exportadora se han convertido en un status quo prácticamente imposible de quebrar; y que le impide a la República Popular desplegar su inmenso potencial de innovación y creatividad.
Por eso necesita Xi Jinping el acuerdo con EE.UU., para que a través de sus transnacionales de alta tecnología, encabezadas por Nvidia, le permita reducir a la mitad sus inmensas e inútiles inversiones en el sector externo y así incrementar por 3 las importaciones estadounidenses en los próximos 10 años.
En breve síntesis, China necesita las grandes compañías alta tecnología de EE.UU. para resolver su crisis doméstica y de esa manera aumentar el consumo interno por 2 o por 3 en ese período.
La historia, aun la más compleja y ardua de descifrar, se escribe con trazos simples; y por eso la realidad – que es la verdad – es siempre lo que está a la vista y desprecia los subterfugios de las pequeñeces y las oscuridades.
Lo que da sentido de urgencia a este encuentro crucial entre Trump y Xi Jinping, que ahora se ha postergado por un mes a contar del 31 de marzo, es que el impacto de las aplastantes exportaciones chinas, que alcanzaron el año pasado a US$ 3,41 billones, el mayor nivel de lejos de la historia mundial, está provocando ahora un daño ruinoso en las otras industrias fabricantes del sistema global, con la consiguiente ola de rechazo y de sentimiento anti-chino.
Este es un recurso primitivo pero inevitable, cuyo acento paradójico es que coincide con una recesión doméstica cada vez más deflacionaria.
Febrero/marzo fue el 38° mes consecutivo de contracción inflacionaria en la República Popular y en ese período el IPC sólo alcanzó un 0,7%. Esa mínima alza provino del precio de los alimentos y no de los productos manufacturados.
China compra, en suma, cada vez menos al mundo, y le vende cada vez más; y el bajísimo consumo doméstico refleja la escasa productividad de su fuerza de trabajo y su reducido nivel salarial.
Todo esto puede revertirse en un plazo histórico breve de 5/10 años y el acuerdo entre Xi Jinping y Trump tiene en su acción conjunta este objetivo deliberado.
“Siempre he creído que el desarrollo de China debe ir de la mano con su visión MAGA de EE.UU.”, le dijo Xi Jinping a Trump en el encuentro de Busan, Corea del Sur.
Se acerca el momento de ese acto crucial para la historia del mundo.
