En el área de Talento Humano, Silvia Nájera lleva más de dos décadas sosteniendo una rutina de trabajo hecha de tareas manuales, horarios y vínculos cotidianos con quienes la rodean. En el marco del Día Mundial del Síndrome de Down, su historia habla menos de inclusión como consigna y más de algo concreto: permanencia, trabajo digno y pertenencia.
Llega por la mañana acompañada por su hermana y con el uniforme puesto. Le gusta. “Me gusta el chaleco azul, la camisa y el pantalón”, dice con una sonrisa tímida. En esa secuencia diaria hay algo más que costumbre: hay una vida organizada alrededor del trabajo.
Silvia forma parte del Grupo Financiero G&T Continental desde hace más de 20 años. En su área realiza tareas manuales y administrativas que acompañan el ritmo diario de la oficina. Entre papeles y materiales, ella misma resume su parte favorita con una frase simple: “cortar el papel”. En esas palabras cabe una tarea concreta, una responsabilidad conocida y una rutina que el tiempo se volvió estable.
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“Me encanta estar aquí”, agrega, mientras la timidez empieza a ceder y las sonrisas se vuelven más frecuentes. La frase alcanza para entender el vínculo. Silvia no está ahí como un símbolo, sino como colaboradora. Tiene un espacio propio, un horario, tareas asignadas y una trayectoria larga dentro de una institución donde su presencia ya forma parte de la cotidianidad.
Fotografía: Diego Cabrera / República.
En la oficina la conocen como “Silvita”. Llamarla así tiene el tono del afecto ganado con el tiempo. Ella responde a ese entorno de una manera muy suya: saluda, se acerca, reconoce a la gente y habla de sus compañeros como “amigos”.
Durante la entrevista realizada en las oficinas, varias personas pasaban a saludarla; todos la llamaban “Silvita”, algo que evidencia el gran aprecio que recibe y también el que transmite. Es claro que si alguien disfruta de llegar a su trabajo, es ella, y sus gestos constantes, como esa expresión sonriente tan suya, acompañan cada interacción.
Fuera de ese espacio también aparece una mujer de gustos y costumbres claras. Le gusta escribir, caminar, nadar “poquito”, ver televisión, dormir temprano, estar con su hermana e ir a misa. “Hamburguesas con papas y ketchup”, agrega, para detallar tu comida favorita.
Fotografía: Diego Cabrera / República.
Son detalles pequeños, pero importantes. Detrás del uniforme, del puesto y del programa de inclusión hay una persona con hábitos, afectos y preferencias propias.
Otra parte de su historia aparece cuando habla de su sueldo. No como cifra, sino como destino. Silvia empieza a enumerar algunas de las cosas que compra con ese dinero: “Pan, café, jugo, huevos”. La lista es doméstica, concreta e inmediata.
Cuando se le preguntó sobre su salario, respondió con una sonrisa, la misma que mantuvo durante toda la conversación: una expresión amplia, tan sincera, la que se repite también mientras conversa.
Ahí el trabajo deja de ser una idea abstracta y se vuelve algo tangible. El salario no significa solo pago a fin de mes. También significa autonomía, aporte y una forma de colaborar en casa. En esa enumeración breve hay una dimensión silenciosa, pero poderosa, de la dignidad laboral.
Fotografía: Diego Cabrera / República.
Dentro del grupo financiero, el programa de inclusión laboral integra a unas 40 personas con distintas discapacidades. En el marco del Día Mundial del Síndrome de Down, la historia de Silvia recuerda algo que a veces se pierde: la inclusión no se mide solo por abrir espacios, sino por volverlos parte de la vida cotidiana.
En ella eso se ve con claridad. Está en el saludo de cada mañana, en su alegría al compartir con otros, en el gusto con que se pone el uniforme y en la sonrisa amplia con la que permitió las fotografías que le tomaron durante esta conversación.
Silvia demuestra que todas las personas, independientemente de las limitaciones físicas, pueden desarrollarse, aportar en actividades productivas y llevar luz a su entorno. Su presencia diaria y su forma de relacionarse con quienes la rodean son testimonio de ello.
Al final, quizás ahí esté la mejor imagen para recordarla: Silvia frente a la cámara, posando con seguridad y feliz de verso en pantalla. Como si, por un instante, todo quedaría dicho sin necesidad de explicarlo demasiado. Está ahí, sonriente. Y eso, por sí solo, ya cuenta una historia.
