La receta es de libro, casi infalible, y encima gratis: no hace falta ni pagar curso online. Paso uno: el público pide la oreja con ganas. Paso dos: el palco hace lo que mejor sabe hacer, lo contrario de lo que pide la plaza. … Fue lo que sucedió varias tardes de la Feria de Fallas, donde el aficionado salió con un mosqueo general. Especialmente clamoroso por el ninguneo para Tomás Rufo: para sus tres toros pidieron la oreja, pero el palco solo la concedió en el último, donde por cierto pidieron dos. Pero vale, la segunda es decisión del usía; la primera, si nos atenemos al reglamento, es del público.
La señora presidenta se calzó las gafas de soldador para no ver los pañuelos y se colocó tapones de corcho en los oídos para amortiguar los decibelios de indignación.
La señora presidenta se calzó las gafas de soldador para no ver los pañuelos, se colocó tapones de corcho en los oídos para amortiguar los decibelios de indignación y se dedicó a contemplar impeterrita el horizonte como quien espera un AVE. Podrá decir misa la señora, pero la realidad es que había moqueros y otros telas ondeando en los tendidos, que gritaban con altos decibelios. No nos engañemos: ya pocos son los que llevan un pañuelo en la solapa o en el bolsillo. Y ahora la costumbre es dar voces, pero se da la circunstancia de que también había pañuelos que desde el tendido se veían mayoría. La bronca a la presidenta se oyó hasta en el Mercado Central y por un momento ni se escuchaba el sonido de la mascletá. El petardo, con todos los respetos, lo había pegado la autoridad.
Ojo, que el manual de cabreo tenía otro paso añadido, el de la indignación del que se pone delante. El torero, tremendamente mosqueado, arrojó la peluda a la arena y se negó a pasearla. Rufo prefirió dar una vuelta al ruedo (hasta cinco recorrió) sin nada en las manos que apretaron una solitaria oreja a modo de limosna. Y eso que la oreja fue de ley. Porque el de Pepino se ganó la salida a hombros al conjunto de su tarde, pero el palco se la mangó.
El colmo de los colmos es que, concluido el festejo, en la propia plaza de toros, vestido por tanto de luces, lo metieron en un cuarto para decirle que había provocado un altercado público. Como si fuese un delincuente. Cuando el altercado quien lo provocó fue la que decidió ir contra la voluntad del pueblo que ocupaba los tendidos. «El mundo al revés, la autoridad llamada a defensor el orden acaba alterándolo», escribe certeramente José Luis Benlloch en ‘Las Provincias’.
El colmo fue que vestido de luces lo metieron en un cuarto para decirle que había provocado un altercado público. Como si fuese un delincuente. Cuando quien alteró el orden fue la autoridad
Resultado final: plaza cabreada, torero mosqueado y presidencia encantada de haber conocido. Lo que quizás Rufo no sabía en ese momento es que a él le acabaría beneficiando la mala decisión presidencial: no hubo salida a hombros, pero el nombre de Tomás y su oreja de ley ha dado la vuelta a la afición.
