De ‘Rooster’ me gusta todo excepto tener que esperar una semana para ver el siguiente capítulo. Yo ya me había acostumbrado, como si fuese hija de este siglo y no del pasado, a tener a mi disposición las temporadas enteras de cada serie y … administrame yo la gestión de su visionado. Pero de pronto, cuando ya había olvidado lo que era eso, me sorprendo a mí misma de nuevo esperando siete días, ansiosa por disfrutar un nuevo episodio. Creo que la última vez que me ocurrió algo parecido fue con ‘Perdido‘, y no sé si ‘disfrutar’ sería la palabra. ‘Rooster’ me gusta y eso que, de ser por el título, nunca la hubiera visto. Yo soy más de ver cualquier cosa con la palabra ‘crimen’ y el nombre de alguna ciudad nórdica o isla lejana desconocidas por mí. Pero ‘Rooster’ no se desarrolla en ningún lugar frío y desolado ni muere nadie en el primer cuarto de hora (ni en los primeros tres capítulos siquiera). Es una comedia amable y entretenida en la que caen bien hasta los personajes más desquiciantes.. Es decir, que es la serie que yo no vería jamás pero es la que estoy viendo. Y me está encantando.
El protagonista es Greg Russo, al que encarna Steve Carell (esto siempre es bueno), un reconocido escritor, autor de una saga de novelas cuyo protagonista da nombre a la serie, divorciado de larga duración y con una hija recién separada tras una infidelidad. No es espóiler, de esto se enterarán ustedes en los primeros minutos y es esa circunstancia, precisamente, la que facilita que Russo acabe dando clases en el mismo campus donde da clases su hija, donde su exesposa tiene un aula con su nombre a modo de reconocimiento y donde va a tener que lidiar con todo un catálogo de estrafalarios pero entrañables personajes que desfilarán con sus ocurrencias ante nuestros ojos.
Aquí, al contrario que en la vida real, todo el mundo cae bien. Hasta el más impertinente o despreciable: de la niñata militante en todas las causas justas al exyerno infiel, del déspota y deslenguado rector a la alumna repelente, pasando por la profesora hipermotivada, la hija neurótica o la desmotivada secretaria. aquí todos los personajes son contemplados con benevolencia y ternuratodos tienen la ocurrencia ingeniosa en la punta de la lengua en el momento preciso y hasta la más vergonzosa de las metidas de pata les deja en buen lugar.
No sé qué me pasa, si será que me estoy haciendo mayor, pero él pasó de ver una detrás de otra todas las series de crímenesquitándolas indignada si nadie muere violentamente durante los primeros cinco minutos, a querer vivir en ese campus y pasearme en bicicleta con vestido floreado, saludando con la mano. Que todos sean mis vecinos, mis compañeros de trabajo, los hijos de mis amigas. Invitarles a una barbacoa, reírles los chistes, leerme sus libros (o sus poemas, o sus trabajos universitarios, o su diario personal) y comentarlos después, sentados en el porche de casa (de la suya) viendo el atardecer.
Lo único que me parece mal es que los capítulos sean cortos y esperar siete días para poder ver otros treinta minutos de comedia afable fácilmente digerible. Y no sé si ver el cuarto este lunes o esperar a que estén todos en HBO y, entonces, darme un atracón de palomitas, cerveza, ingenio y buen rollo hasta que solo me queden ya ganas de volver a los asesinatos de puro empacho de bondad. A ‘Una historia de crímenes‘, por ejemplo, la serie documental de Manu Marlasca en Prime Vídeo. Saltándome, por supuesto, los trozos en los que sale miguel lorente. Que una cosa es que me guste el ‘true crime’ y las historias de gente abyecta y otra muy diferente que mi estómago pueda con todo.
