Llevábamos un tiempo esperando a Martín Landaluce (20), el talento español que apuntaba maneras hace unos años, por ejemplo en el 2022, pero que no ha explotado desde entonces.
Entonces se había adjudicado el US Open junior y también había disputado las semifinales de Wimbledon en la misma categoría, y tantos parabienes le hacían figurar entre los grandes nombres de su generación, y los sabios del tenis nos decían:
-Ojo a este nombre, hablaremos de él.
Pero luego, el silencio.
Pues crecer entre titanes no es algo tan simple como un espera y verásno es solo cuestión de números o inercias: en este mismo 2026, y antes de aparecer en Miami, tenía un balance de 7-8 en victorias-derrotas.
Mensik, Tien o Fonseca, contemporáneos suyos, ya están aquí, ya aparecen en las cabezas de las listas y avanzan rondas e incluso suman títulos (Mensik, sin ir más lejos, se había adjudicado el Masters 1.000 de Miami en el 2025). Sin embargo, Landaluce es de combustión lenta, y por eso, el episodio de esta noche le presenta al fin en la gran esfera internacional: a las 20h disputará los cuartos de final del Masters 1.000 de Miami, donde le espera Jiri Lehecka.
La noticia es importante. En el tenis español hay vida más allá de Rafael Nadal y Carlos Alcaraz. Sin embargo, a los expertos les pilla a contrapié. A efectos de ranking, y según la clasificación actualizada, Landaluce es el 105º del circuito y el séptimo español, a la altura de Rafael Jódar, otro joven que empuja (tiene 19 años, es el 86º: en Miami, partiendo del cuadro pequeño, Jódar había pasado cinco rondas antes de perder frente a Etcheverry).
Un Landaluce así, de combustión lenta, es como lo han querido siempre en la Rafa Nadal Academy, en Manacor, la escuela en la que se ha formado y de cuyas paredes cuelga su retrato.
Landaluce y la filipina Alex Eala son los estandartes de la escuela de Manacor, por cuyas aulas y pistas circulan tenistas de medio mundo, muchachos esperanzados que en ocasiones, a la hora de comer o de entrenarse en el gimnasio, coinciden con el mito Nadal, con su tío Toni o con el otro tío, Miquel Àngel, que fue futbolista del Barça, la primera celebridad del clan.
Landaluce, madrileño (sus dos hermanos se forman como tenistas en universidades estadounidenses), es rubio, largo (1,91m) y afilado, y sus tenis se maneja en las lindas de Sinner, poco tiene que ver con Nadal y mucho menos, con Alcaraz.
Landaluce no es un tenista de reflejos. No le veremos ascender de una forma vertiginosa. Es más bien un tenista académico, de oficio, juega de fondo, regala golpes profundos, y eso han podido comprobarlo los aficionados estadounidenses en estos días en Miami, y en especial en su duelo de cuartos ante Sebastian Korda, otro tenista larguirucho que en la ronda previa había tumbado a Carlos Alcaraz, provocando en el murciano un cuadro de ansiedad.
-¡Me quiero ir a casa! -voceaba el número 1 mundial durante su duelo ante Korda, desencajado, y esa escena ha abierto debates amplios en el imaginario popular.
-Carlitos no tiene que agobiarse, debe analizar el calendario -le decía Àlex Corretja en estos últimos días.
Con el tenis español sumergido en el nubarrón mental de Alcaraz, la irrupción de Landaluce alumbra nuevas posibilidades. Hay vida más allá.
