Federico Sandler ayudó a dos gigantes latinoamericanos —Mercado Libre y Nubank— a dialogar con los inversores más atractivos del mundo. Construyó narrativas que movieron millas de millones en Wall Street, diseñó roadshows globales y lideró la relación con fondos como Morgan Stanley, Goldman Sachs, JP Morgan o Tiger Global.
Llegó al punto que la mayoría proyecta como cima, y sin embargo, allí descubrió su mayor quietud.
El momento llegó en la catedral del capitalismo financiero. Sandler tocaba la campana del NYSE acompañando el debut bursátil de Nubank, luego de una oferta pública de más de 3 mil millones de dólares. Mientras las cámaras transmitían la escena que para muchos simboliza el éxito definitivo, él percibió otra cosa.
“Podía seguir escalando, sí, pero ya no quería seguir escalando esa pared.”
Ese instante, dice, no fue un burnout arrepentido: fue la confirmación silenciosa de una década corriendo en modo automático. “Dominé Excel, PowerPoint y el agotamiento”, define con ironía. La frase, que se repite como diagnóstico, resume una identidad corporativa construida a gran velocidad, pero sin espacio para lo esencial.
Las señales tempranas habían estado ahí: dormir poco y felicitarse por ello, sentir culpa por descansar, confundir productividad con valor personal. Y luego aparecieron las señales tardías, las que ya no se pueden ignorar: perder eventos familiares irrepetibles, mirar un ‘bonus’ sin sentir nada, vivir rodeado de talento y aun así sentirse vacío.
“La frase interna que me detuvo fue incómoda: Puedo seguir haciendo esto… pero no quiero seguir siendo la persona que esto me está pidiendo ser.”
La enfermedad y posterior fallecimiento de su madre terminó de dar orden a sus prioridades, incluso el estar cerca de su familia. “El camino corporativo podía seguir sin mí, pero yo no quería seguir sin mi vida”.
Lee más: Industrias respaldan aprobación de aranceles para productos asiáticos

Del Excel a la brújula: qué mira ahora
Sandler no renunció al mundo financiero. Renuncia a relacionarse con él sin propósito. Hoy asesora e invierte, pero bajo siete criterios que funcionan como un filtro vital:
- ¿El fundador tiene propósito, o solo quiere ruido?
- ¿La cultura es real o solo relación en balas?
- ¿Hay un problema concreto con datos, clientes y fricción?
- ¿Puedo aportar valor específico?
- ¿Me veo ahí en cinco años?
- ¿Esto mejora algo real en el mundo?
- ¿Esto me da energía o me la quita?
La última sintetiza todo.
“No renuncies a la carrera. Renunciá a perder la vida en ella. No hay éxito profesional que compense sacrificar tu salud y tus vínculos. Si no haces espacio para tu salud, vas a terminar haciendo espacio para tu enfermedad”, afirma.
Hoy, Sandler dedica su tiempo a un puñado de proyectos con impacto demostrable ya fundadores que consideran capaces de crear mercados, no solo de explotarlos. Uno de ellos es Win Investments, la plataforma de financiamiento de talento futbolístico que él define como “una nueva clase de activo financiero”.
El Win, lo que vio primero no fue un token ni una moda. Fue un problema global —cómo se financia el talento donde nace, no dónde llega— y una solución con incentivos alineados entre clubes, academias, jugadores, inversores y fans.
“No era tokenizar por tokenizar. Era abrir un mercado históricamente reservado a fondos y grandes fortunas. democratizar el acceso”, indica.
Sandler asegura que, igual que en Mercado Libre o Nubank, lo que importa no es el storytelling, sino la fricción real que se resuelve. Y que el mercado todavía subestima el tamaño de ese impacto.
Para Sandler, sí. Pero con una condición: no medir la vida con indicadores equivocados. No confundir éxito con agotación, ni propósito con ego.
“Si sentís que estás escalando la pared equivocada, bajá, respirará y elegí de nuevo. No hay bono que pague una vida que no querés vivir.”
Te puede interesar: Chiara Ferragni construyó un imperio de la moda de 82 mdd, pero un escándalo de pasteles de Navidad lo derrumbó
